Charlie Parker / EL JAZZ CALLADO DEL GOZO

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Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

1.

Conocí al sonoro Charlie Parker de vista. El poeta Guillermo Mercado me hizo leerlo casi de memoria. Mercado era un viejo genio que vivía en una alta casa añosa en la cuadra tres del jirón Camaná. Sí, al frente donde después funcionaría el diario La República desde 1984. Charlie Parker ya había muerto un 12 de marzo de 1955 pero seguía vivo en las páginas del relato “El perseguidor”. El terrible cuento del escritor argentino Julio Cortázar, un melómano y gran amante del jazz y el tango. Mercado conocía a Cortázar desde que este estuvo en Lima en 1971. Hablaron de “El perseguidor” durante casi toda una noche en el bar América de La Colmena en el Centro limeño. Ahí Cortázar le contaría cómo se inspiró en un momento de la vida de Charlie Parker para escribir su famoso cuento. El resto es leyenda. Mercado está muerto. Yo lo oigo cada vez que escucho a Charlie Parker, de noche, a oscuras, saboreando el ron que me tomaba un día sí y el otro también, con el maestro.

De Charlie Parker se dice que es un innovador del género. Yo creo que es más, un insurgente. Un sedicioso, como todos, como siempre, un incomprendido. Era “Demasiado frágil para durar”, como lo definió su amigo, el trompetista Dizzy Gillespie, cuando llegó para actuar en el “Satchmo” de Miraflores en el invierno de 1985. A Parker le decían “Bird”. Pájaro en español. Siempre los pájaros son tristes y solo algunos trinan. Incluso, los de Hitchcock de 1964, que atacaban a la gente en los ojos -inolvidable rubia Tippi Hedren de aquella cinta-. Parker era un ser con el alma resquebrajada. Pero fue un maestro de la improvisación sonora y revolucionario del saxo. Su estilo a todo pulmón impulsó el llamado “bebop”, ese tinte jazzero que sucede al swing y precede al cool o west coast jazz y al hard bob. A partir de la década de los cuarenta, el jazz tuvo en segundo aire gracias al “bebop” de Parker, Gillespie, Max Roach, Bud Powell y sobre todo, del piano de Thelonious Monk.

Charlie Parker apenas vivió 34 años. Su última actuación en público fue en el famoso club de jazz de Nueva York, el “Birdland”, siete días antes de su inesperada muerte sonora, jamás musical, en 1955 en casa de su amiga, la baronesa Paronnica de Koenigswarter. Pocos tienen amigas con semejante nombre, salvo Parker. A pesar de su breve y acribillada vida, Parker sí gozó de la admiración, fama y reconocimiento del público antes de cadáver. Era el mito el que actuaba, decía su público, cada vez que lo iba a escuchar. Los mitos no tienen fórmulas ni pentagrama. Cada actuación de Parker era una innovación. Hay grabaciones del mismo tema que “Bird” las hace sonar distinto. Era el talentoso de la espontaneidad e invención. Exacto como un bolígrafo Parker. Son famosas las estilográficas de la Parker Pen Company. Aquellas del: “escribe al instante, seca en el acto”. Charlie Parker era húmedo, al contrario. Y no como los instrumentos de escrituras fundada en 1891 por George Safford Parker en Janesville, Wisconsin, EE. UU.

 

2.

Con el jazz canónico ocurre un drama. Solo podía interpretarse con las llamadas ‘Big bands’ -grandes orquestas hasta de 26 maestros- que se veían obligadas a desintegrarse ya que los circuitos comerciales se hundieron tras la primera gran guerra y la recesión. Así resulta difícil mantener las formaciones de tan gran tamaño que fueron superadas de sus limitaciones y estilos. A la conocida era del swing, desarrollada en Estados Unidos durante la década de los treinta. Es decir, la época de las grandes bandas, de las melodías que se silbaban camino al trabajo, de las superestrellas como Artie Shaw o Glenn Miller y de la conquista blanca del jazz, género afroamericano por excelencia junto al blues, le apareció el sello de Charlie Parker quien rompió todo ese empaquetado, hizo trizas las convicciones artísticas imperantes, poniendo dinamita sonora allí donde había un muro de rigidez rítmica, muy regular y de elaborados compases. De esta manera consolidó el jazz al servicio del individuo y lo devolvió a las salas de conciertos. Entonces, señores y señoras, si las hay, a Parker con su breve existencia le bastó para cambiar el itinerario del jazz tradicional y avanzarlo hacia la modernidad.

Como indican los críticos Case y Britt, los músicos se dispersan en una infinidad de pequeños grupos que, obviamente, no pueden continuar con una música que exige grandes formaciones y, en consecuencia, están dispuestos a asumir cualquier propuesta, por muy radical que pareciese en ese momento. Para Parker y Gillespie, la generación más joven del jazz, este contexto les propuso un reto. Ante la rutina del swing, ellos tocaron con otros compases y rítmica más furiosa para llenar aquellos breves “Solos” (ese privilegio corto de los solistas de las ‘big bands’) con otras ideas armónicas, repentinas que dejaban en el oyente una experiencia ácida incomparable, con una interpretación libre, en el caudal de notas abrasivas que prenden el corazón. Parker estaba por la pureza del jazz e iba en su búsqueda. “Como desvistiendo al maniquí de prendas plomizas que era el swing comercial, buscaba el nervio sonoro, el auténtico contacto con la melodía aunque solo fuera en un fragmento, como un roce ardiente e inesperado, frágil e inolvidable. Todo lo que se sobreentiende se deja fuera”, era la premisa de aquel ‘bop’ propuesto por Parker y que fue explicado en el libro “El jazz” de Joachim E. Berendt.

 

3.

El “Bird” dijo alguna vez en una breve entrevista sobre su vida: “No aguantaba las armonías estereotipadas que cualquiera tocaba entonces. No paraba de pensar que debía de haber algo diferente. A veces lo podía oír, pero no lo podía tocar. Por ello improvisé durante mucho tiempo sobre ‘Cherokee’ – standard del jazz. Y mientras lo hacía, me di cuenta de que, al utilizar los intervalos superiores de las armonías como línea melódica, colocando debajo armonías nuevas más o menos afines, podía tocar de repente aquello que por tanto tiempo había oído dentro de mí. Así, me llené de vida”.

Cierto, era una existencia que generaba una experiencia extraña en sus oyentes. Pero aquella música nueva no fue siempre bien acogida. Era demasiada tensión para los orquestas de los primeros años cuarenta. Tal y como señala el texto respetable “Historia del jazz”, de Ted Gioia, quien sostenía en un artículo de la época: “El ‘bebop’ no se puede cantar. No se puede bailar. Puede que ni siquiera se pueda soportar”. Tampoco las estrellas de vieja escuela, puntales del jazz tradicional lo admitieron. Louis Armstrong o Benny Goodman lo rechazaron por extraño. El cantante Cab Calloway llegó a definirlo como “música china”. Pero, en la calle 52 y en el Milton’s del Harlem de Nueva York, el ‘bebop’ no estaba pensado para el baile de salón, era un reflejo de los gritos del alma, y además era verdadera música negra.

A Parker, su intensa y atormentada vida artística, crisis existenciales provocadas en parte por el racismo, el abuso del alcohol y las drogas, así como un comportamiento errático en su vida personal y familiar, lo llevaron a un final prematuro. El médico que lo examinó y confirmó su fallecimiento causado por un ataque cardíaco, escribió en el certificado de defunción que Parker tenía unos 55 años de edad. Nunca se imaginó que el músico era 21 años más joven. Así, cuando Cortázar, lo describe un momento de crisis existencial en un pequeño cuarto de un hotel, en el que el personaje termina prendiéndole fuego a la habitación, no miente. Parker ardía por dentro En un juego de palabras muy propio del escritor, Cortázar llama a su personaje Johnny Carter, que suena como Charlie Parker, pero que, también, es la mezcla de los nombres y apellidos de otros dos saxofonistas altos de la época: Johnny Hodges y Benny Carter.

 

4.

El maestro Clint Eastwood, amante del cine y el jazz, inmortalizó la vida de Parker en la exitosa película “Bird”. El film narra la fama alcanzada por Parker a poco de llegar a Nueva York en la década de los 40, así como su posterior deterioro producto del alcohol y las drogas. Forest Whitaker ganó el premio al mejor actor por su interpretación de Parker, en el festival de Cannes. Y la película recibió el Oscar por el mejor sonido, en 1988. Eastwood tuvo la suerte de contar con una nueva tecnología digital que permitió a los ingenieros de sonido aislar exclusivamente los solos del saxo alto de Parker de sus grabaciones originales. Ese sonido del saxo alto se usó en el filme, al que Eastwood agregó músicos de verdad que tocaron la música e hicieron el papel de los contemporáneos de Parker.

A mí me gusta, como a Cortázar el lamento, el otro aspecto que nos llama la atención particularmente a los latinoamericanos. Es que tanto Parker como Dizzy Gillespie fueron los pioneros de la fusión entre el jazz y la música afro-cubana. Hoy, a esa amalgama se la llama el “jazz latino”, pero es más. Aunque no son muchas, las grabaciones de Parker con la orquesta del cubano Machito, su impronta de anexar los ritmos de raíces africanas en los EE.UU. con las de origen caribeño, también resulta legendarios. Amén de guardar en mis vinilos de los setentas, las recuperaciones que se hicieran de los materiales extraños que dejaron sus colaboraciones con las bandas de Chico O’Farrill, Mario Bauzá y el tristemente célebre Chano Pozo a fines de los años 40.

Además de Cortázar, otros autores como Jack Kerouac y Leroi Jones también se han inspirado en la vida y obra de Charlie Parker. Pero cuidado. Estoy escribiendo sobre un ser controvertido. “Estar cerca de “Bird” podía ser muy divertido, porque era un auténtico genio de la música y, al propio tiempo, más excéntrico que un hijo de puta, hablando con aquel acento británico que generalmente usaba; pero también era difícil tenerlo cerca porque constantemente intentaba sablearte, cuando no estafarte, para conseguir el dinero que necesitaba por culpa de su afición a las drogas”, escribió en su autobiografía Miles Davis, su alumno más aventajado.

Parker conoció los estupefacientes al mismo tiempo que la música. Según contaba él mismo, empezó a consumir heroína a los 15 años. Exagerado o no, la única verdad fue que simultáneamente, al tiempo que hacía volar a más gente con su jazz incendiario más caía al vacío de la autodestrucción. Nunca pudo librarse de su drogodependencia. Cada vez más desmejorado y abandonado, fue una lucha desigual que terminó por perder en 1955. “Bird” miraba la televisión en el apartamento neoyorquino de su amiga la baronesa Koenigswater cuando murió de un paro cardíaco. Como la música de su saxo, Charlie Parker había vivido frenéticamente, como a mordiscos, con una voluntad ciega por hallar la nota más bella pero también la más frágil. Un cronista de la época casi escribió su epitafio musical: “Demasiado frágil para durar, demasiado bella para olvidar”. Cierto, Guillermo Mercado hubiese dicho lo mismo.

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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