Lima 12.30 horas / BAR QUEIROLO, LA LIQUIDEZ DEL AFECTO

QUEIROLO 2014

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

Para Óscar Queirolo

 1.

La ruta de microbuses Lima-Callao tenía su último paradero (o el primero, con los ‘micros’ nunca se sabe) en la esquina de los jirones Camaná con Quilca en el Centro de Lima. Al regresar de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos al mediodía le pedía al conductor que me dejase en la mesa diez. Era un decir. El vehículo lo apeaba a uno en la misma puerta del bar Queirolo. Si era verano ansiaba una cerveza helada, si hacía frío, mi tripa mayor me pedía un ron cardinal inaplazable. Pero era el olor lo que me seducía de manera feroz. El olor del Queirolo tenía de madera, de olivas, de memorias. Su puerta batiente lo sacaba a uno de la ciudad y lo introducía en el ojal del mito. Y el mito urbano de los bares habla de hechos remotos, hazañosos y alegóricos. Y el Centro de Lima está apuntalado por sus quimeras y leyendas. El envés de la cultura oficial. Lo clandestino cómplice, el reverso de la otra vida urbana. El mito es así, lo colectivo soñado, lo entrañable del pecado, el tufo, el cigarro, los cuerpos excitados, la confesión y el anecdotario más íntimo.

El Bar Queirolo del Centro de Lima no tiene nada que ver con La Taberna Queirolo de Pueblo Libre. El origen del apellido es genovés. En algún momento Génova fue provincia del Perú y de allí llegaron, en diferentes tiempos y de diversos puntos. Y aún no inaugurada la Plaza San Martín, a una cuadra del antro, en 1914, don Victorio Mosto y su esposa Margarita Queirolo fundaban la Bodega La Florida entre Camaná y Quilca. La casa de dos pisos tenía cinco puertas. La parte principal y la trastienda. La familia vivía en los altos. Lima era, con su santurronería más insigne, villa de la media voz y el chisme maledicente. En principio fue una suerte de pulpería, tambo o estanco. En 1933 Carlos Queirolo compra el lugar y le cambia de nombre. En 1958, su hermano Ernesto toma las riendas del sitio y desde 1966 cede la administración a su hijo Óscar Queirolo Mandegari, quien es el responsable hasta la fecha.

 Con el Queirolo se cumplen los cinco requisitos de una cantina decorosa. Buen barman, excelentes piqueos, mozos silentes, un sabio como administrador y una barra con estribo. Yo me permití adicionar otras condiciones más como un par de senos implantados. La escenografía. Fotos de Jorge Verástegui al gran actor que fue Hudson Valdivia, otras al dirigente universitario Grover Gambarini y el mejor recuerdo del recordado Carlos Chino Domínguez. Se añadieron también pinturas del gran Carlos Ostolaza y una galería llamada “Salón Hora Zero” en homenaje al movimiento poético más importante del siglo XX. Es que desde los setenta y hasta hoy, los jóvenes poetas de Hora Zero frecuentan sus mesas ya sea para escribir sus versos, inflamar manifiestos o elaborar pancartas y afiches para cambiar el mundo y la vida. Hasta antes, el Queirolo había sido sitio de bancarios y empleados públicos que pasaban sus horas en el juego de los dados y hablando puerilidades. Gracias al aporte de los poetas, hoy el Queirolo luce su sala para los recitales y exposiciones, tiene una excelente barra, conserva lo mejor de la cocina criolla y es lugar para un justo homenaje y apurar un buen pisco por quítame estas pajas.

 

2.

Cuando se quiere tipificar al limeño se dice que es conversador. Esa tesis del citadino lengüilargo es falsa. Según la escenografía urbana, todos conversan pero el hecho que tenga la mano en la oreja a partir de los teléfonos móviles, es falaz. Solo se conversa mirándose a los ojos, cuán distinto es hablarle a un aparato. Los celulares, en definitiva le han restado al limeño dilección. Por eso los bares y algunos cafés resultan los bolsones de resistencia contra esa mudez de Babel que nos convierte en sordos de solemnidad. Repito, el bar es el reducto o burladero cálido contra la agresividad de la calle. Pero debo parafrasear a Savater, en aquello que los cafés son de esencia maternal hospitalario: vr. gr.: sus asistentes necesitan de un temperamento robusto para no ser abrigados y anulados por esa aterciopelada matriz.

En la vicaría nocturna limeña que habita en territorios sonoros coexisten temperamentos fuertes y rebeldes para no abatirse por la aterciopelada inseguridad cruenta. Es así que la posmodernidad es harto inestable, un rubor efímero los traspasa de rumor. Lima es megalópolis mudable y versátil. Asiste a su tradición criolla, a su orilla provincial, a su vacuna voluble de lo foráneo, el apego al canon templado del murmullo. Ya lo dije, los bares son aquellos campos electromagnéticos de las ciudades. Los hitos de la arquitectura que diseña los afectos. Así, el Queirolo se hace luminoso como un antro de las transfiguraciones. A veces, con el rito apoderado de los desolados. Otras con el magisterio de sus discursos de medianoche.

 Con la cocina de Félix Gómez y la señora Margarita Mandujano, con el recuerdo del gran “Pachín”, los hermanos Palomeque, García y Pedro, los mozos, aprendí filosofía, dados, timba y la poesía cruel. Los que copamos su gran barra alucinada con trasfondo de licores y cocteles de toda laya hacen que deje huellas con mis codos y mi cabeceo enamorado de la noche, los amores perdidos por flojo corazón y los amigos de venas trenzadas y la conversa del verso cómplice que hace del Queirolo la institución psicoanalítica opuesta a Freud.

 

3.

Lima es megalópolis mudable y versátil. Asiste a su tradición criolla, a su orilla provincial, a su vacuna voluble de lo foráneo, el apegó al canon templado del murmullo. Digo de Lima urbana no de la nueva ciudad de playas al sur de sus horizontes. En la travesía por los bares de Lima para construir un catastro con los hitos que forjan las edades, las amistades y las soledades desde la perspectiva de las copas y el tour de la memoria, debe restituirse la institución del bar. Cierto, es aquella que forja su propio mapa solo de acuerdo a las amistades, ese rol de los cariños sin BlackBerrys para los más entrañables amigos.

Ahora que observo el viejo edificio del Queirolo sé que con el hígado antes que con el corazón fui testigo de ese amor perdido. En el bar los parroquianos ilustres se conocen a través de la barra y la sabiduría del codo lo hace a uno distinto por ser militante del desprendimiento. Por ello el bar tiene el don de docilizar al indócil aun cuando el intolerante siga siendo intolerante. Entonces uno es observador y ácido comentarista del todo. De los cariños más fieros, de los diálogos o susurros que se hacen teoría y praxis en la otra familia, la que uno encuentra en esa civilización que puebla los bares. Lima escribe su destino en un bar. Esta, es parte de su geografía y me embriaga la emoción líquida de las ternuras.

 Fue el bar Queirolo el antro de la iniciación. Entonces el ron Cartavio era ese elixir del que hablaba el capital (de imágenes) de Groucho Marx. Vinces Davis, el poeta de Tumbes fue nuestro maestro del arte de la vida. Sus frases latigueaban rotundas. Ama a tu padre, detesta a los curas, cómprale un clavel a la vieja, nos decía. Amador Guimoye era el otro oráculo. Y cierto, uno aprendió filosofía, barrio y finta, y la poesía cruel de no pensar más en ella. Más allá, el bar Cordano era otra isla pero eso amerita otra historia.

Y en el Carbone conocimos a Vallejo, filudo y huesudo (Alejandro Romualdo dixit). Antes, en el bar Zela de la Plaza San Martín sentí el tufo arrecho de Sérvulo Gutiérrez y con Felipe Buendía entendí por qué Dvorak había animado a los arquitectos del bar del hotel Bolívar. En el Café de France, frente al cine Le Paris, conocí a Isabella. Por ella tengo un lunar funesto en mi costado izquierdo y, con César Calvo, en el Versailles, comprendí que todo es cuestión de tiempo. Ah, pero qué sería de mí sin las noches en el América, con jazz intramuscular, hierba para el cerebro y un verso que se quedó en la última servilleta azul. Ya lo dije, los bares son aquellos campos electromagnéticos de las ciudades. Los hitos de la arquitectura que diseña los afectos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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