Liz Taylor / ELLA DORMÍA EN SURQUILLO

liz

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

1.

Sí, la madre –no la de Gorki sino la mía– era dueña de un salón de belleza, un embellódromo, una clínica de cabezas. Y fue conocida, mas no popular, a siete cuadras a la redonda. De ella dependía en gran parte la estética céfala del barrio. Barrio de Lima en los sesentas; geografía de la vanguardia del chillido, la cursilería –el peinado “bombe”– y el escupitajo. Surquillo, el barrio, sagrado territorio del cine, la mala maña y las revistas con fotones.

En el lobby, en las bancas de pino oregón, en la antesala del pelicidio y el saloncito, los sábados por la tarde, una ruma de estrellas aguardan ser vistas, visadas y revisadas. Las Vanidades, las Bohemias, los Ecran y los Life, se mostraban desnudas, en sepia, a las clientas y cobradores. Entonces uno, infame e infante lector, bizco por el sexo sentido y resentido y a punto de estar henchido, descubrió -aquel Colón naufragando en la redondez de las nalgas del otro mundo, el círculo vicioso- que en las estiradas piernas femeninas se encontraba el eslabón perdido y no el anillo de cuero del que tanto hablara aquel maquinista-alquimista del tiempo H.G. Wells en 1895.

Piernas o pechos, qué más da. La carne cruda era lo que contaba entonces. Antropófago de figuras planas, astrónomo en busca de una estrella (del celuloide). Y en algún momento de la vida uno descubre por qué cuando una mujer pasaba -y había algunas que no terminaban de pasar- los hombres volteaban el cuello, enfocaban a punto de escopeta de la cintura para abajo, pegaban la lengua a los labios y lanzaban una especie de eructo salvaje. En algún momento de la vida fue cuando hojeé la revista internacional de cine Ecran, hecha en Chile, un número especial -muy especial, disculpen la melancolía- con un sello: “Por avión”. Entonces conocí a Liz, casi despierta.

 

2.

Dudo que ella se enterara. Y aunque mi madre me alentó a escribirle a los estudios de Hollywood y luego a su sagrada mansión y después a su representante, apenas intenté un garabato en mi cuaderno del Niño y la Salud. La escritura del amor es asunto de gigantes. Yo era un enano petrificado, un gnomo bajo el pórtico erótico, casi un ratón debajo del altar del bolero. Dudo incluso que Liz, treintona Liz de ojos violeta, conteste a un babiecas tercermundista de ojos turbios. Pero ese era mi problema y no el suyo estimado e hipócrita lector.

Y en la página 8, Liz o Elizabeth o Lizbeth, se mostraba de perfil -aquella nariz se elevaba hasta el cielo para caer, cual ángel en picada, en los labios del pavor y ahogarse en el infierno de su lengua, púrpura imagino- con las cejas negras en guardia -las cejas son el paréntesis del sexo- con los párpados como sábanas de seda cubriendo lo prohibido, Liz, osculoza irremediable, repito, besando a uno, y a otro y a otro más. Sus labios, clavados en las fauces de Montgomery Clift, de Fernando Lamas, de Dana -era un hombre comprobado- Andrews, de Vittorio Gassman, de Van Johnson, de Rock Hudson -era un hombre incomprobado- de Rex Harrison y en los labios apestando a bourbon de Richard Burton.

Yo sabia que la española cuando besa es que besa de verdad, como decía un pasodoble a la vuelta de Silverio Pérez. Pero Liz, abusiva, golosa y chupa gente, besaba de mentira: eso decía mamá, piadosa y ecléctica aunque nunca le creí. No importa cómo me enamoré -a esa edad uno se enamora como un chancho de cualquier cojudez, mi prima María por ejemplo, la que después se hizo conocida en la universidad de la vida como la “mete y saca” o la “baja pasión”– y no interesa el grado de ardor de mi molleja, pero es válido que se consigne que Liz aparecía en la revista con este epígrafe: “El cine la hizo reina del amor”. Así que lo mío fue amor con dolor, pero, al fin y al cabo, amor a primera revista.

 

3.

Que qué cosa tenía Liz. Todo, aunque sin sostén como aparecía en la portada de la bendita Ecran, tenía “eso”, la sustancia de la sensualidad, la summa teológica/ escatológica/ erotológica. No importa que tres años después -ya con Richard Burton zamaqueando su vida- haya declarado al redactor de Life, don Richard Merryman en Puerto Vallarta, México: “Tengo las piernas demasiado cortas, los brazos algo largos, una papada demás, pies y manos grandes y soy muy gorda. Mi mejor atractivo son los cabellos que se me están poniendo canos. Todas mis canas tienen un nombre: Burton”.

Me importaba un rábano -púber, acólito entre diosas tetonas tutelares- su papada y los enormes dedos gordos de los pies. Era ella, completa, por kilos, la interesante ante cámaras y flashes enormes, ora posando nalguda a los 15 años chapaleando en una alberca en su primera “pin up”, ora explicando su anatomía (la geografía del ardor): “Tengo mente de niña en un cuerpo de mujer”. Y más allá, en otra fotografía, compartiendo el estrellato con la perra Lassie (a otro hueso con ese perro) y luego otra, con un caballo anónimo y Mickey Rooney. Entonces venía lo mejor, los nada oscuros ósculos –chapadora impenitente dirían ahora los caimanes de mi barrio– los besos a diestra y siniestra. Qué tenían sus labios. Nada, la comezón de las insaciables, el escudriñar la música de las entrañas. Entonces me enamoré de Liz, casi dormida. Y sin red -abnegados lectores- la hice mía (la revista, no la carne, porque para eso, uno era el vegetariano del sexo). Tan mía que dormía en la brasas abrazado a la mujer de papel –que aguanta todo, el papel no la mujer– y soñaba que soñaba que dormía despierto de cara a su regazo, de espaldas a mi edad –no es fácil tener 12 años y no tener bigotes, arriba y abajo– de cabeza y despertaba ojeroso y sediento y más delgado y en pindinga y con mis manitas como las de Orlac.

Mi segundo matrimonio con Liz ocurrió en medio de la oscuridad cómplice del cine Primavera. Mi hermano mayor, titulado en títulos del cine norteamericano, me la presentó cuando ella se dejó ver -amar sería lo apropiado impropio- en el filme Gigante. Yo seguía siendo un enano, aventajado pero enano al fin. Fue un deslumbramiento. Liz animada coqueteando con el fino finado James Dean. Liz era la cónyuge de rock Hudson -un macho petrolero texano- Dean su empleado. La justa era injusta, éramos tres tras el mismo lomo. Mi hermano no participaba, él estaba de novio con Brigitte Bardot. No diré que vencí, Hudson era bello, Dean un simpático salvaje, yo un antipático mirón, pero esa noche, la noche de Surquillo, la rapté reptando para mí solo.

Fue cuando mi madre impuso el corte Cleopatra y el río Nilo pasaba a la vera de mi casa. Que fue infiel, que era la robahombres, que se dedicaba a la caza de maridos. Que era adúltera y pituca, que le decían “la señorita tetas”, aquello no me importaba. Fue cuando escribí mi primera carta de amor con un toque de G.A. Bécquer, algo de Vargas Vila y un chorro de Juan de Dios Peza: “Amada Liz: ante los dos el cielo ha parido otro cielo para dormir sin pijamas (borrón). Y espero que mañana no me saque usted la muela, porque me dicen que anoche la vieron, en un tremendo vacilón (más borrones). ¿Vendrás a casa? Avísame porque tengo perro bravo. ¿Es verdad que te gusta los dientes en la nuca? tuyo: Cañita de la laguna. ¡Buenas noches, Liz!”

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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