La Parada / PARA QUE VALLEJO TE CUIDE

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Hace más de un año publiqué está crónica sobre LA PARADA. Yo hice un trabajo de campo y previne las horas difíciles que iban a ocurrir luego. Así está escrito (Octubre 2012).

 

La Parada

 

1.

Paolo Guerrero no es el verídico. Así le dicen a Paulo, el vendedor de libros de segunda mano aquí en La Cachina – Tacora. Y Tacora –la cumbre del mercadeo de lo usado en Lima y el cachivacherismo– está a tiro de piedra de La Parada, el mercado mayorista más grande del Perú, hasta ahora. A Paolo Guerrero le dicen así por los tatuajes y su peinado malcriado. “Llévate Vallejo pa’ que te cuide”, me dice mientras me ofrece un libro del poeta: “El arte y la revolución”. Mosca Azul Editores. Lima 1973. Vallejo jamás estará de oferta. Traficado ahora, es caro así para la lengua y rico para leer con la oreja. Entonces que me acompañe, digo. Pago y me lanzo a mi meta metafísica, La Parada. Que hay orden de desalojo. Que se tienen que trasladarse al complejo de Santa Anita. Pero todo sigue igual. Nadie se mueve. Yo he cambiado bastante La Parada casi nada.

La Parada aloja cerca de 1,400 macro comerciantes y sus familias. Trabajan aquí, cinco mil carretilleros y mil estibadores de espaldas moradas. Súmese los transportistas del camión, los de la basura, entonces tendrá un universo. La Parada amén de las tres toneladas de basura diaria asila un sistema asimétrico sin estadística ni demografía. No de ahora, de hace casi 70 años. En esta ladera se sobrevive entre la economía informal y delictiva y sin el mínimo rasgo de salubridad e higiene. Las aguas servidas corren por los pasillos y las verduras, legumbres y hortalizas –aquel pan del Señor que usted señora compra en Wong– literalmente flotan en este océano inmundo y sucio. Y es también aquí que tienen sus dominios los verdaderos reyes. Los reyes de la papa, de la cebolla. Las reinas del huacatay y el culantro. La  Municipalidad de Lima ya los expulsó. No obstante, todos, casi todos quieren inmolarse y no dejar ese terreno inhóspito que les da para vivir, para crecer y multiplicarse.

Aquella noche que llegamos a la casa de mi tío Severo Lazo de la Vega a finales de la década de los cincuenta descubrí el castillo de las transfiguraciones. El edificio quedaba en la esquina de las avenidas Aviación y 28 de Julio. Tenía nueve pisos y aunque cada departamento era reducido en él vivían familias enteras. No importa, esa vez, a los gritos de cantaban huaynos y yaravís arequipeños. Mi familia es del sur y los platos de comidas salían unos detrás de otros. Qué aromas y que fiesta. Sé era pobre pero se gozaba. En aquel gigantesco edificio multifamiliar vivía el Perú entero. La jarana duró tres días y La Parada que quedaba al frente fue parte de aquel jolgorio. La Parada y mis primas. Luego el tío se hizo dueño de una fabrica en el jirón Gamarra. Lo extraño de pobre.

 

2.

Pero La Parada tiene otros tantos contrastes. Simbólicamente y desde la década del cincuenta siempre fue una zona de conflictos. Como reflejara José Matos Mar es su ya legendario libro “Desborde popular y crisis del Estado”. Perú Problema 21-IEP Ediciones, 1ra. Edición, noviembre 1984, existió –digo que existe—un fracaso de la República Criolla y el Perú real. El país de las sociedad sobrepuesta que no puedo construir la unidad pluralista y justa que debiese articular los desplazamientos sociales y la modernidad. En aquel tiempo, La Parada fue el núcleo social de la migración hacia la capital del Perú. En ese entonces todavía los provincianos –más lo de la sierra—se avergonzaban de ser “recién bajados”. Por ello, sus cantos se refugiaron en el Coliseo Nacional (a seis cuadras de La Parada) mientras aguardaban.

El maestro Hugo Navarro Rodríguez, señala en una crónica que: “Ese terreno fue donado para ser ‘El Mercado Mayorista’ para los trabajadores y productores de provincias. El terreno fue donado por Don José Cánepa Caycho en 1944. (…) En La Parada también se ubicaban los ambulantes, las carcochas de Chacra – Parada que con los años se convirtió en la Línea 57 (ya desaparecida). El paradero último quedaba en la famosa Panadería “Tic Tac”, al costado había una heladería. En la berma central de la avenida Aviación se ubicaron las picanterías, los comerciantes de envases de plástico (se dice que todos los envases que se vendían eran para la zona de Tocache, para la fabricación de droga). En otra cuadra se ubicaron los vendedores de muebles. Camas, camarotes, colchones, sillas, reposteros, bancas y cualquier objeto de madera se encontraba en esta cuadra. Había otra cuadra de venta de equipos de sonido, donde los tocadiscos “Jara” eran los de más fama. Pero lo más importante eran las casas de venta de discos de música vernácula”.

Matos Mar escribe que la mayoría de provincianos que llegaba a Lima a raudales era de Ancash, Junín, Huancavelica, Cerro de Pasco, Ayacucho, en ese orden. Digo yo que no venían de turismo por un largo feriado. No. Esos peruanos habían sido expulsados de sus anclajes ancestrales por un sistema económico cruel e injusto que provocaba el centralismo y un Estado anquilosado y vetusto. Y les dijeron que allá en Lima se iba a ser felices. Y los invitaron a la tierra prometida. Y les ofrecieron paz y prosperidad. Y cuando llegaron, y cuando abrieron los ojos ante la urbe recién acendrada, hallaron la pesadilla, el desprecio y el racismo. Fue así que se generaba sentimientos encontrados, de incumplimientos y un hervidero de rencores.

3.

Cuenta Hugo Navarro que en la berma central de la avenida Aviación frente al Mercado Mayorista, no podían faltar los bares y picanterías y uno de los más famosos era el mítico “Rio Santa” que lo frecuentaban “La Pachaguara” y “La Arequipeña”. El lugar reservado para el recuerdo era el bar de Laurita Picón Picón, comadre espiritual de Chapulín “El dulce” de Los Shapis. Por los bares y picanterías de La Parada; era habitual encontrarse con Tongo, quien vendía  sus casetes o uno podía tomarse un trago con Lorenzo Palacios “Chacalón” y sus hermanos “Chacal” y “Chacalito”. En otra mesa, estaba “El Cholo” Sotil y su compadre Lucho La Fuente. El burdel más famoso de La Parada, a los alrededores del Mercado Mayorista, era el “San José” de propiedad de la familia Shimabukuro. Un gran edificio de tres pisos que casi se ubicaba en una manzana completa. Se traficaba con menores, pero eso no llamaba la atención en esos años. Otro de los burdeles era “El Naranjito” en la avenida Aviación, en la zona de La Cachina.

Ahora, estoy a la forja de una enorme investigación de este emporio mafioso y lumpen. Así, me encontré con el cronista Luis Miranda de “Cuarto Poder” que andaba en lo mismo. El “Oso” Miranda me presentó a Zaya, un líder joven de la zona del Jirón Pisagua. Hoy sábado de setiembre están pintando un gran mural con otros ‘grafiteros’. Y aparece “NN”, un cantante de hiphop nativo. También surge entre las amplificadores y equipos aparece Óscar Ortiz Paisig, representante de la Federación Nacional de Hip Hop y me regala su tarjeta. Son muchachos de la última generación de La Parada. A ellos no les dijeron que en ese enorme mercado de abastos había un país apretujado y fiero. Yo me llevo la memoria de aquel edén del pobre. Bajo el brazo cargo a Vallejo en ayunas quien cita a Marx en el empacho del fervor: “Los filósofos solo interpretan el mundo de diversas manera. De lo que se trata es de transformarlo”. Y yo le digo a Vallejo, si Marx hubiese conocido La Parada, hoy sería del Opus Dei.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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