Max Hernández / LA MEMORIA DEL FUTURO

Un texto de ELOY JÁUREGUI

eloy MAX HERNANDEZ

En una de sus últimas películas, “Un método peligroso”, el director canadiense David Cronenberg usa con afán los diálogos, más precisamente, las palabras, para mostrarnos con un estilo superlativo cómo los doctores Sigmund Freud y Carl Gustav Jung amén de la paciente –y futura doctora– Sabina Spielrein, entre conversa y cartas, confesiones y textos en tinta líquida, demuestran que la palabra es la solución a los problemas de la humanidad, de la psique, que le dicen. Que solo la verbalización sirve para exorcizar todos los miedos que anidaban en el inconsciente humano. En una escena, Jung dice literalmente: “Hay que ingresar a los territorios inexplotados. Hay que volver a las fuentes de todo lo que creamos. Quiero encontrar la forma de ayudar al paciente a reinventarse, a un viaje al final del cual le espera la persona que siempre debió ser”.

Reinventarse, eso, igual al argumento que nos plantea el psicoanalista peruano Max Hernández en su rotundo libro “En los márgenes de nuestra memoria histórica” (Fondo Editorial USMP. Lima 2012). Hernández propone en su texto una mirada a ese proceso de ruptura y fundación de “lo peruano”. Explicarnos el Perú del presente –ese instante entre dos eternidades, como dice Salomón Lerner Febres—desde el contrapunto de dos civilizaciones, las sociedades nativas tempranas y la irrupción de lo foráneo que desde sus frágiles barcos creyeron inventar la América y acuñaron incluso el nombre “Perú”. Esa mirada al roce de la multiplicidad de siglos entre la cruz y las religiones autóctonas, la letra y el quipu, el mestizaje y las dos repúblicas, el español y el quechua, la herencia colonial y la independencia, la riqueza y el despilfarro, la guerra y la paz, la democracia y la dictadura, la inmediatez y la postergación, todo ello, para desvelar los diversos grados en clave de una revaloración del encuentro/desencuentro de lo nuestro, trágico y festivo a su vez.

Y acaso el psicoanálisis sirve para auscultar al país, curioseo. Cierto. Hace un tiempo le preguntaba al psiquiatra Moisés Lemlij si al Perú se le podía identificar como un paciente en estado critico. Lemlij que sabe de estas cosas me explicaba que sí, pero que su opinión valía tanto como la de cualquier hijo de vecino. “Entonces pienso como ciudadano y hago mi combinación con la historia. Y llego a esa idea que el Perú nunca acabó de terminarse de estructurar como nación. Llegó la independencia casi por osmosis y tuvo que crearse cierto tipo de país. En ese tiempo se inventaban países. Bolivia o Ecuador. Bolivia por Bolívar y Ecuador por que estaba sobre la línea ecuatorial. Así nació el Perú, a partir de cruentas guerras. Los españoles contra los españoles, la Corona contra los encomenderos y etcétera.  Y llega la independencia y hay una guerra multipartita por todos lados, todos contra todos y se hacen alianzas extrañas, y luego la república, y después Sendero Luminoso, el narcotráfico  y ‘los marcas’ y más etc.”

No insistí. Repasando nuestra historia, cómo diablos somos lo peruanos. ¿Esdrújulos, achorados, monses, trafas, cojudos, vivos, pendejos? El libro de Max Hernández trata de aclarar a grandes trazos la relación entre ciertas circunstancias socio históricas y las estructuras mentales vigentes en tales contextos. Sus partes, trece capítulos, de Chavín al siglo XXI y “El futuro imperfecto”, hilvanan –no cosen—la relación entre las ocurrencias históricas y las realidades psicológicas. Exige así múltiples lecturas. Y aclara el psicoanalista, que el término “lectura”, indica que incluso los monumentos e imágenes a los que se hace referencias son “leídos” y elaborados para ser leídos. Su método establece nexos entre las estructuras mentales individuales y las dimensiones inconscientes de las realidades culturales.

Hay una gran verdad. Pueblo que recuerda su pasado con celo es pueblo que resuelve sus problemas. En el Perú no. La memoria asusta y paraliza. Hernández ha dicho que existen episodios que son imposibles de olvidar, porque estaban grabados a fuego y que tampoco es posible olvidarlas porque implican una negación. Que entre el olvido y la memoria, la historia siempre comete  yerros. Si existe una historia oficial, ésta habita junto a la historia no oficial, aquella que está en las notas al pie de página, en los textos al margen de la historia donde se soslaya sucesos inadvertidos. De allí que en el psicoanálisis, como en otras disciplinas, se trata de prestar la misma atención a lo aparentemente fundamental, que al detalle que roza, a ese que se alude apenas o se quiere evitar, pero de repente emerge a través de un lapsus y que pone en evidencia una contradicción a la cual es necesario prestar atención.

Max Hernández ha pasado revista de nuestra historia. Formidable. Pero no es Basadre ni quiere serlo. Su escritura es interdisciplinaria y está muy bien. Cubre el psicoanálisis como la historia del arte, la etnología y los estilos de vida. Así se estructuran los asuntos ahora. Así se detectan innumerables detalles en aquel espacio  marginal a la memoria, que resultan con diversos síntomas, señales o signos de un lugar común clave y hermético, o de pequeñas obsesiones personales que van a contrapelo de lo establecido.

El 31 de julio, cuando Max Hernández presentó su texto –abriendo las publicaciones en el Proyecto Cultural del Bicentenario Peruano de la USMP—en la resiente Feria Internacional de Libro de Lima dijo su intensión era ubicar al Perú dentro de su tópico subjetivo. Que el libro era un homenaje a un país difícil, duro complicado, que por momentos nos lleva a la desesperación, pero que mantenemos permanentemente como metáfora de unión, de solidaridad y de ciudadanía. Lo cito: “Uso la palabra ciudadanía porque es lo más importante en ese momento. Una ciudadanía que admita la pluralidad de perspectivas. Que entendamos también que la modernidad no es picnic para nadie. La modernidad genera ganadores y perdedores, porque se encuentra la razón, que es importantísima, pero que no debe hacernos olvidar los fundamentos líticos de nuestra existencia, ni el valor que tiene nuestra herencia”.

Termino diciendo algo obvio pero por obvio vale la pena. Es libro de agallas y envergadura, contunde y provocador. Escrito con la literatura de las ideas, es decir, el ensayo.  Hereda de los grandes prosistas. Max Hernández viaja con las utopías y aterriza con los actos fallidos. Como el monumental texto de Hugo Neira, “Hacia la tercera mitad. Perú XVI-XX. Ensayos de relectura herética”. (Sidea, Lima, 1996), la memoria se hace futuro y promesa. Pregunto: ¿Podemos cambiar nuestro país? Cierto, solo cuando lo volvamos a leer y que esa “lectura” enseñe y revise hasta los últimos detalles de nuestra vida. Así, no nos equivocaremos otra vez.

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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