Joao Texeira [1] / CUANDO DIOS VISITÓ MIRAFLORES

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Joao

 

1.

Aquella vez, Avelino Suárez (65), vino a Lima porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Joao Texeira. “No dejes de ir a visitarlo -le recomendaron-. Se llama de este modo y de este otro. Estamos seguros que le dará gusto conocerte”. Así me dijo, en la cola, con una manta estrangulada bajo el brazo. Tenía el esmalte de los cadáveres apurados impreso del cuello para arriba y en sus ojos estaba marcada la revancha de aquéllos que sólo miran para adentro. Oxapampa -balbuceó idóneo pasajero-, he venido de Oxapampa señor. No quiero. Todavía no quiero morirme- repitió, triste, solidario y mortal.

La llegada del espiritista brasileño Joao Texeira originó en Lima una verdadera conmoción colectiva de todavía insospechadas consecuencias. El fenómeno trajo consigo, amén de un muerto, cientos de contusos e instaló  una veta para negociantes y otros fenicios de ocasión. Desde el empresario de espectáculos que hizo posible su llegada, hasta los vendedores ambulantes que tomaron por asalto varias calles de Miraflores, pasando por los revendedores de tickets, la visita del curandero resultó un hecho más para el análisis sociológico que un termómetro para medir la religiosidad popular.

Este Miraflores no es aquel de moreras, resolanas y lonche de tías. El barrio es apenas un reducto de miradas ampolladas en la agonía de los límites. A una cuadra, cruzando el zanjón, ladra Surquillo y por las tripas mismas de la calle Salaverry corre puntual un microbús lanzado desde La Parada. La zona es variopinta y policlasista. Junto al chalet de cándidas guirnaldas se erige el callejón de espinas venenosas. Su aroma es ese de los rencores acocuyados. En todo caso, huele más su nombre que los mandiles relavados de las escasas empleadas del hogar, apuraditas, con la bolsa del pan tolete, exactas a las siete de la mañana.

 

2.

Y ahora, invadidos, acorralados y sitiados, los vecinos de apellidos compuestos observan con sorpresa la fila humana más larga del país. Es una serpiente infinita y diaria. Un intestino de seres silentes y sospechosos, adosados uno tras del otro y otro más. Llegan de los extramuros, ora son del norte, ora vienen del oriente. Crujientes, adoloridos, marchitos, descuajeringados. Portan todos la edad de las tunas en la tibieza del tiempo. “Tengo fe, señor. Qué otra cosa me queda” -dice doña Catalina sin apellido, habitante del valle de Chancay, reumática toda también.

La oficina del empresario Jonel Heredia posee ahora un tono a recinto sagrado, aunque bajo el vidrio del escritorio reposen fotografías de recordadas vedettes y una que otra jovencita mostrando la piel cruda. Secretarias, conserjes, gente de seguridad, sudorosa y agitada en el tráfago total del cumplimiento planillero, hormiguean en el sopor de la planta baja de aquella residencia blanca con ribetes azules que hace algún tiempo se llamó “La Casa del Sancochado”. Hoy casi es un santuario si no fuera por los policías de la puerta, de enérgicas varas, armas negras y último modelo.

Desde aquel jueves, la morada pasó a llamarse “Casa San Ignacio de Loyola” y desde el mediodía, uno a uno fueron apareciendo los desesperados, los sin esperanza, los de extraña luminosidad. A cambio recibían un ticket, un cartón con número a plumón grueso y un sello triangular. El hermano Joao Texeira llegaba este viernes de Brasil. Estaba confirmado su arribo al Perú. El maestro espiritista venía a salvarnos de tanto dolor y tanto desatino. Jonel Heredia era gestor del milagro, a él lo había curado de un insólito mal al corazón y quién más que él para el testimonio compartido. “Bendito seas, Jonel” -decían los que, aferrados al ticket, se retiraban del recinto venerado.

En la calle General Suárez se respiran otras fragancias desde aquella vez -el aroma del desvalido grueso- y hay esperanza para todos nosotros. Un letrero frente a la casa: “Cada paciente llevará: 1 toalla blanca chica. 1 sábana blanca para ser atendidos.  (sic) 23.04.91”. Entonces la cola se encabrita, se retuerce, se enerva. Un sordo grito agita la marea en la calle Junín que se va de bruces a la vera del umbral del cielo. Faltan dos días para la llegada del maestro y se agotan los tickets. Cerca de 30 mil personas habían obtenido el suyo hasta el viernes y la hilera no tenía cuándo acabar. Un dentudo doberman ladra en la azotea de la panadería del que en vida se llamó Alan Salazar. ¡Zafa, diablo!

 

3.

La vez que Joao Texeira fue atrapado por un extraño poder, apenas tenía 15 años y trabajaba como peón de molienda. Esa noche soñó que una luz lo envolvía y lo depositaba en un campo desconocido. Errático, caminó por un tiempo sin tiempo, casi levitando por páramos sin horizontes hasta encontrarse con una mujer impresionante, la más hermosa que sus ojos habían visto hasta entonces. Sonreía y lentamente le fue mostrando un mensaje que Texeira jamás pudo explicarse. Despertó a los días, convulso, atado a la cama de un hospital. Era el mismo pero era otro. Después, todo fue distinto. La gente comenzó a mirarlo con un respeto casi divino. Texeira comprendió que había sido el elegido para curar y “limpiar” a sus semejantes de alma sucia.

Con el dedo empapado en tinta azul, Pedro Álvarez, natural de Cajamarca, acaba de recibir el cartón salvador número 16,661. Está poseído de una felicidad inexplicable, más de 24 horas haciendo cola. “Qué quiere que le diga -murmura a punto de llorar- tengo el riñón malogrado, sí, soy católico, pero deseo que me cure el señor Mano Santa”. Álvarez, como casi todos, se ha sentido en verdadera peregrinación. Reverente e insomne soportó a pie firme el reto de conseguir el ticket. Ahora ya lo tiene, ahora también es distinto, su fe lo está bañando en los caldos de la salvación. Dos metros más allá una vecina ha colgado un letrero: “Almuerzo. Seco de cordero 0.70, Tallarines rojos 0.50, Papa a la huancaína 0.35”. También hay una cola frente a su ventana.

“Hay que tener cuidado porque sus prácticas curativas pueden ser contrarias a Dios. De repente es un charlatán y sus curaciones son demoníacas”. Era el monseñor Ricardo Durand Flores, obispo del Callao, quien al mismo tiempo bregaba contra la ola fanática que había levantado la estatua de una virgen que derrama lágrimas y ahora, el maestro Texeira, desencadenando eso que los tratadistas han llamado “manifestaciones del inconsciente colectivo”. Y no tardó -apremiado por los reporteros que también esperaban un milagro- el primado de la Iglesia católica, monseñor Augusto Vargas Alzamora, en tildar al brasileño de ser un simple pero buen parasicólogo. “Lo importante es tener una cerrada fe en Dios, el ser supremo, sólo a él podemos considerar divino”. No dijo más y zanjó por lo sano.

 

4.

Pero la esperanza de 66 años de Carlos Raymundo Ortiz Palma se acabó el martes pasado. Apretujado en las entrañas de la cola de los prodigios, ansioso al extremo, observó que la vida se le iba rauda por las callejas de Miraflores. De una cosa se dolió antes de expirar, de no haber logrado el ticket deseado, de no haberse encontrado cara a cara con Joao Texeira, de que su pobre corazón lo traicione en la hora cumbre de su existencia. Otros tuvieron mejor suerte. Cuerpo a cuerpo, alma a alma, se gritaban para sus adentros cuando el jueves apareció la destemplada luna en el techo de Lima y la cola era una serpentina arrojada con furia por el dios de las calamidades.

Y desde el día que la multitud buscó el último lugar para la sobrevivencia, algunos policías también mojaron su dedo privilegiado en el azul divino de Jonel Heredia. Ahí estaban después vendiendo los tickets a 25 intis millón. Ese era el precio contra el cólera, la tuberculosis, el dengue y la fiebre amarilla. Ese era el invalorable pasaporte para llegar a los pagos del reino de los limpios de espíritu, condenados inmisericordes a la cotidiana pobreza. Y adherido al teléfono público frente al sitio de los portentos, otro letrero: “Se alquila baño 0.10 Gral. Suárez 1136”. Elogio a la otra limpieza.

Carlos Maureola, camarógrafo del Canal 5 había llegado hasta el “Templo de Dios” que le ha dado fama al cortijo de Abadania, a 30 kilómetros de Brasilia. Ahí trabaja Joao Texeira. “Me dijo Jesús está en ti, me operó de cataratas y me sané”. Muchos vieron a Texeira en la televisión y creyeron en el maestro. Ahora doña Esther Sandoval, que ha llegado desde el Cusco, está cerrando los ojos, de pronto ha sentido, aún ausente, que la mano del espiritista le está tocando los cabellos blancos y despacio le está contando que su cáncer es ese gorrión que de pronto alzó vuelo y donde el cielo roza con la tierra, ha hecho un hoyo para nunca más volver.

 

5.

Cuando María Vera de Castillo, vendedora de periódicos desde sus 15 abriles, observó, ahí en la puerta de la casa señalada, los primeros escarceos de esa fila humana que crecía y crecía frente a su mesa de operaciones, pensó que el Mesías había apurado su llegada y que el día del juicio final estaba a la vuelta de la esquina. En esos días, rodeada de tullidos, ciegos y alguno que otro enfermo del alma, su negocio floreció -ahora también vende gaseosas heladitas- y los diarios se le acabaron al final de la mañana. A sus 65 años arrastrados desde Arequipa, recién cayó en cuenta que la vida era jodida pero, al final, justiciera o milagrosa, que en estos predios es casi la misma cosa.

Igual, a don Oswaldo Burga Moreno, vecino poco afortunado en negocios culinarios, la suerte le tendió una mano. «Mire, ahora vendo 200 raciones de almuerzos y 100 de comidas. Sí, saco mi mesa, mis platos y mis ollas a la calle y listo, la gente viene solita. ¿Sabe? Mi mujer tiene una sazón divina». Burga ha puesto a trabajar a toda la familia. Los hijos y no van al colegio porque tienen que meter el hombro hasta el día que pase la fiebre Texeira. «Hasta mi suegra que vive al frente, se saca sus 25 palitos diarios sólo alquilando su baño: ¡dígame si no es un milagro!».

El vecindario anda dividido, en pie de guerra, con las armas en ristre. A una vecina contigua de la casa, la muchedumbre le tumbó la reja y ahora no hay quién le pague. Odia a Jonel. Pero, al hombre obeso del restaurante de la esquina con Junín, no le importa que le hayan robado la antena de su auto. Adora al fulano que provocó el «chongo». Y el empresario Jonel Heredia suma a la controversia, su discutible fama. Ante el suceso, apuró maletas y viajó a Brasil. Había prometido traer a Texeira a como dé lugar y promesas eran promesas. «Heredia vendrá con el maestro -dice el encargado de la Casa San Ignacio de Loyola, un tal doctor Pastor Soplín- hay mucha gente comprometida en esto».

 

6.

Y pasada la tarde y apenas se marcha el engorilado mayor de la policía con todo su contingente, aparecen los autos, las camionetas y los triciclos mayores. Con presteza se arman las cocinas, se despliegan los manteles, las ollas forman fila y la fragancia del cau-cau envalentona los espíritus, el caldo de gallina recuerda las orillas del llorar y un cafecito abriga el oscuro camino de la noche. «De sólo esperar al maestro -dice uno de la fila con cara de revendedor- da hambre».

Once de la noche en Miraflores. Frazadas, ponchos, casacas, chalinas y hasta pasamontañas sobre las veredas melosas. Una parte del país reza y se apresta a dormir. Un intercambio de desdichas suena como un rumor desde el subsuelo. Mañana alcanzaremos el ticket o el cielo, sueñan los complejos moribundos. Otros más allá cuentan la plata, hacen cuentas antes que los muertos retoñen. También han tocado los testes del purgatorio merecido. Seis de la mañana frente a la esperanza. Se doblan las cobijas, los cartones. Qué tan lejos, qué tan cerca está el paraíso. ¡Alabado sea el hermano Joao de Dios o como se llame!

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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