Camilo José Cela / UN NOBEL EXPERTO EN JOVENCITAS

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 Cela

Y esa vez, Paco Umbral*, parsimonioso como Umbral que fue, dijo: “Se me ha muerto el profesor de energía. Antes había tenido otros pero ya no tendré más. Un profesor de energía es un verdadero padre. Camilo José Cela* fue el padrote ilustrado y veraz de mis penúltimos y mejores tiempos literarios”. Umbral había escrito Cela, un cadáver exquisito (Planeta 2002).  Y acaso Umbral no era el más indicado para describir al polémico Cela. Sí. Ambos eran cruzados por los ríos de Valle y Quevedo. Y Umbral, en esa vida escrita, emplea el juego de su ingenio y desordenado, nos muestra al autor de La colmena y lo quiere y lo fustiga: “Es una influencia en mi obra, pero no quieran que ocupe su sillón en la Academia, ni que me ponga sus zapatillas, ni lleve sus gafas, ni el virus de Cela”, había dicho.

Dies años antes, sospechando lo peor, yo esperaba a Cela una mañana limeña fría y aburrida. Y Cela no llegaba.

–Oiga, es bien demorón ese viejito ¿No?–. Le dije a otro octogenario cuasi hispano, con chaleco y unos bigotes de alabastro.

–Pues hombre, qué cosa quiere, si igual se demora para escribir esas tartas que ganan premios –respondió con un acento de asiento español que de cualquier partes es, menos de Bilbao.

Y nos dijeron que a las once de la mañana llegaría a la Casa de España, a una recepción que organizaba el Centro Español. Y ahora resulta que el viejo escritor estaba cansado por el viaje, que el vuelo había sufrido los sacudones del destino y que era un perfecto gallego, qué joda, y no un caballero inglés.

Y ahora ya era la una de la tarde y ese Nobel del habla castellana brillaba por su ausencia como el sol que en la tarde más gris de Lima se ocultaba tras la alfombra del cielo. Y uno mira el techo tallado de madera como ese de la inquisición y se superponen escudos en las paredes de la vieja casa, y una pintura de Isabel de Castilla, Reina de España, y unos caballeros aguardan a ese hombre de mala fama, cachonda y malhabladurías.

La mayoría porta  mostachos, otros lucen chivas alcurniosas, más allá están los barbados reverentes y después, una sola mujer –terriblemente bella– con drama de gitana que ya quisiera fuera mía y siguen desfilando mostachos y bigotes y en el restaurant dos sujetos que visten en «El Corte Inglés», se atragantan con una «Olla Gitana» que marca los 90 solemnes Intis en la pizarra, cuando de pronto ¡Ahí está! –gritan los concurrentes alborotados–. Sí pues, ahí está bajando el viejo y una dama de un Volvo blanco.

Y vamos que tiene altura y un terno beige como el uniforme comando de colegio antiguo. Una camisa a rayas azules con corbata floreada de nudo pequeñito, zapatos negros de bancario y un paso lento cual matador con el toro muerto, adentro. La joven mujer que avanza a su diestra, no lo tapa. Es Camilo José Cela y la mirada clavada en las tetas de una secretaria que sonríe con la palma de su mano. ¡Ah viejo atrevido, jodidamente querendón!

–Oiga don Camilo, qué tal el viaje– le dicen a coro.

–Muy bueno, muy bueno –responde sin parecerse a mi abuelo– aunque vengo muy cansado.

Cela llegó a Lima por unas horas. Marina, su mujer,  lo soporta tal cual y jura que lo ama. No habla de literatura sino de las nínfulas nativas. No habla de las letras, dice de las edades del hombre. Sigue escribiendo y sueña con la eternidad. La plata del Nobel la entregó a una fundación y curioso, el señor de edad pregunta por las muchachas.

 

2.

Y el ingeniero Luis Cayo «Luisillo» –que es el vocal de turno de la Casa de España– lo invita al gran salón que tiene una mesa con mantel verde península y las banderas del Perú y España –en ese orden– y el maestro que todavía se sienta erguido, toma posición en la silla principal y estampa dedicadas palabras en el Libro de Oro de la institución de hispanos en estas tierras y por ahí le pasan un libro suyo y el maestro lo autografía con porte de calígrafo y «Señoras y señores, que uno se siente muy honrado, que a mi mujer y a mí me faltaba conocer tres paises, que a mis compatriotas y amigos mi mayor aprecio…».

La mujer que luce un traje sastre cruzado, blanco hasta el delirio, que calza unos zapatos blancos y negros de taco embudo y que es hermosa como una gata en celo de la cintura para arriba. Que ahora me dicen que se llama Marina Castaño y que es de La Coruña y que no le pregunte porqué diablos se enamoró del literato, que ella no se mete en mi vida y jamás me ha preguntado cómo pasé mi Luna de Miel. Y cuando le pasan una copa de Pisco Sour, se lo toma de un tirón y después averigua qué cosa es esa vaina. Entonces uno con experiencia de barman tiene que explicar que es un aguardiente con huevo y limón y unas gotas de amargo y demás yerbas…

–Oye, Camilo José, que has probado este brebaje –lo interroga al marido, que es el Nobel también de los tragos–.

–Claro mujer, pero esto para un gallego, es un jarabe –replica con dos vasos en la mano y con un ojo un tanto torcido y a punto de largar porque sólo le rodean españoles y todos varones comprobados–.

–Dígame señora, y usted cómo lo conoció –La vuelvo a abordar–.

–Yo leo desde los once años. Yo era periodista de radio, hacía de todo, culturales, información política, en fin, menos deportes…

–Muy bien, pero como lo conoció. –le repito pero con la ceja estreñida– O fue al revés.

–Los dos por casualidad nos encontramos en un congreso.

 

3.

Y entonces los pisco sour hacen efecto y doña Marina me cuenta que viven en una gran casa de campo, en una región de la Guadalajara española y que desde sus aposentos no se observa ninguna casa, que sólo se escuchan los pájaros y el rumor de un riachuelo. Qué su Camilo trabajaba quince días en una novela que se llama “Madera de Boj” –Boj es un árbol– me dice y, que en ese momento le llegó la noticia del Nobel, y desde ese tiempo se paralizó la obra. En realidad se paralizó todo, porque llegaron los viajes, las charlas, las invitaciones, las conferencias, los otros viajes, la abundancia y escasez de sueño, los rostros nuevos y que sólo le falta visitar República Dominicana para largarse a casa y que su Camilo culmine la bendita novela que hace buen tiempo pide el toque y estoque final.

–Don Camilo ¿Y Quevedo? –Le pregunto rompiendo el círculo–¿Sigue siendo el mejor?

–Lógico. no hay otro en todos los tiempos. El es un abismo, otra cosa. Un ser extraordinario, insuperable.

–¿Le gustan también las muchachas, como a Quevedo?.

–Y está bien. A quién no le gustan las muchachas. De repente a Cervantes o Shakespaeare o Joyce. A mi me encantan las jovencitas.

–Pero no escribe para ellas, –lo barreneo–.

–Oiga, que yo escribo para todos, hombre, para las niñas, las viejas y para Camilo José Cela, que como usted ve, es un honorable y simpático viejo .

–Usted ha dicho que fue muy amigo de Pío Baroja. Óigame don Camilo José, que yo no lo imagino conversando con ese viejo vasco…

–Cómo que no. Era un maestro, desordenado pero maestro. Yo le debo más a Valle-Inclán, pero Baroja era entrañable. La gente habla, que dice el viejo no se enteraba mucho de a quién recibía, o, dada su senilidad, fingía no enterarse. Baroja era el único de la generación del  98 tolerado por el sistema, salvo el inofensivo Azorín. Muchos decía que ver a Baroja era como dice Umbral, ir profanamente a ver a una Virgen de Lourdes en calzones.

–¿Y Es terrible ser viejo, maestro?

–Más jodido es ser joven y más bravo es ni ser joven ni ser viejo. Uno debe tener su edad, debe saber vivir su edad. Ahora ¡cuidado! que con la edad cambian los gustos. y eso a mi no me ocurrió. Porque era y soy fanático por la juventud…

–¿Le hubiera gustado recibir el Nobel teniendo menos años?

–¡Qué va! Uno recibe los premios cuando se los merece. Y tuve premios desde niño y desde viejo. Sí me pregunta por la plata que gané con el Nobel. Pues nada. Que formamos una Fundación. Y que allí se administra los dineros con justicia, y para bien. Y no me pregunte más.

Entonces llegan los bocaditos y entonces le meto otra puya. La literatura peruana, que la actual es mejor que la española. Que España no se ha renovado. Y don Camilo que mira con ojos de gallego celoso, que derrepente en el Perú no se publican las novedades de la península. Pero reconoce en Bryce un gran escritor y en Julio Ramón a otro, y al mismo José Hidalgo, y a Felix Alvarez y de muchos otros que le han hablado, pero que no recuerda sus nombres.

 

4.

–¿Y le hubiera gustado un Vargas Llosa presidente? –Lo inevitable llegó–.

–Me va. Me gusta más el Vargas Llosa escritor de novelas, es buen escritor, no lo imagino de político…

–¿Qué dice?

–¿Sabe una cosa? Que yo no siento ningún respeto por los políticos. me interesa la literatura, los buenos libros, las buenas comidas las buenas mujeres. No he venido a este país, además, a tratar asuntos políticos. Vengo a otras cosas.

–¿A conocer a las peruanas?

–Pues claro. Conozco a muy pocas, me gustaría estar rodeado de peruanas, muchas, aunque no sean lo que digamos, bonitas. Porque yo soy gallego, y ser gallego es casi como ser bachiller. Un bachiller debe examinar. Yo he venido también ha examinar. Y ahora me pregunto ¿Debe ser difícil ser peruano, no?

–¿Por qué maestro?

–Porque ustedes descienden de una gran cultura, como los aztecas o los mayas. Ser peruano pesa a favor pero pesa también en contra. Ustedes deben sentirse orgullosos pero deben tener una gran responsabilidad. Otra cosa…

–Usted dirá…

–Hablan de mi que soy fascista, que soy un viejo verde y que soy un diablo vestido de fraile. Soy todas esas cosas y más. Pero no dicen que escribo como un poseso, desde niño y que todo se lo debo a la escritura, ese arte mayor del sentir. En general del sentir. Yo pienso en palabras y escribo en ellas. Otros piensan en ideas y están contra ellas. Ahora a mi vejez, pues estoy feliz que me celebren más como escritor que como viejo. Mmmm…Otra cosa le iba decir.

–Pues diga maestro

–Si usted sabe dónde venden tiempo, avíseme. Yo hasta ahora no encuentro la tienda.

Y ahí se queda saboreando entremeses, coqueteando con los otros gallegos. Diciendo que tiene familia peruana pero que escriben su apellido con zeta para respetar eso de la música que tienen los españoles. Y lo malo que tiene España es que está poblado de gallegos como Japón de japoneses. Y saca de la manga unas servilletas pequeñitas y se limpia el rostro y dice que es del pueblo de Padrón, que su madre era inglesa por eso es mestizo y que le escriban al apartado postal 333 Guadalajara-España, que para algo será bueno y doña Marina que lo jala del brazo porque se van a las corvinas de la Rosa Naútica. Entonces llega el Volvo blanco y el viejo gallego avanza, sube con lentitud y se va y yo también me voy, pero sin Marina.

Hoy tengo sobre el escritorio Cela: un cadáver exquisito. Como dicen por ahí: “un féretro lírico en el que Umbral acuna y sacude a su amigo enfadado, lo deposita con solemnidad en un atril, que, a manera de catafalco, lo ilumina con cuatro cirios y agua bendita”. Lo siento, el espíritu de Cela ya no está más. Se ha cabreado de ese texto y está resucitado, brilla en otros libros más allá de su muerte.

——

*Camilo José Cela: Iria Flavia, Padrón, La Coruña, 11 de mayo de 1916 – Madrid, 17 de enero de 2002.

*Francisco Umbral: Madrid, 11 de mayo de 19321 2 – Boadilla del Monte, Madrid, 28 de agosto de 2007.

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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Una respuesta a Camilo José Cela / UN NOBEL EXPERTO EN JOVENCITAS

  1. alicia vazquez curti dijo:

    el articulo excelente, pero, necesito algo de ti….POR FAVOR LEE EL CORREO DE FACEBOOK, ES IMPORTANTE, Y DIMELO QUE PIENSAS….LA VERDAD…COMO SIEMPRE….BESOTE
    ALICIA

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