Bitutes / El Perú con CH de chifa

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 Chifa

1.

En el Perú existen más chifas que peruanos. El chifa es popular. La institución nacional del comedero del pobre con jornal. Fusión del yantar criollo con aquel de origen chino. Solo en el Perú existe el chifa, como también la cojudez o la amnesia. Chifas hay de los de “carta” y los de “menú con foto”. Los de chinos a medias y de coreanos sin zapatos. Pero dícese ‘de chifa’, hoy que todo es turbio, de pacotilla, de fruslería y baratija. La institucionalidad así deviene en chifa. Un gobierno chifero y un Congreso peor. Sin brillo, sin lenguaje, sin comunicación. No digo que no se trabaja. Digo que no ensambla la horma del gobernante con la rosca del ciudadano. Un ejemplo. Los médicos y enfermeras reclamando su sueldo y palo y silencio con ellos. Jode. No escribo de la institución chifa –está dentro de los imaginarios más placenteros y jodidos de los peruanos—sino de los otros, a esos que hoy corrompen la poca dignidad de mi país.

Los chifas así, sirven para combatir el agotamiento nacional, el eructo planillero y para cazar rucas. Luego suele ser término polisémico. “Lo voy a chifar”. Igual, lo voy a matar, como diría un sicario con RUC.  “A esa tía la voy a chifar”. Igual, la haré dormir harto feliz hasta que sus orgasmos me saquen conejitos. “Ese es periodista de chifa”. Igual, es un columnista que no respeta la verdad, le falta el calor de una carpeta, se trepó al trampolín de la ignorancia y se tiró a la piscina de la estupidez. El chifa así, pertenece al erario del imaginario de todos nosotros que, apenas la felicidad nos da un pellizco, gritamos. “Te invito un chifita” y por quíteme estas pajas.

2.

Luís Yong, heredero de la administración del chifa “San Joy Lao” sabe. El chifa de marras fue el primero con brillo aunque los había otros opacados a principio del S.XX. El chifa, cuando yo fui maltón, era casa de caza. Tenía orquesta en el segundo piso. Una iba por un wantán y salía con una amiguita bien ‘taipá’. Yo debuté –ya lo conté en SoHo– a la vuelta del damero del kión. En la calle La Rectora, donde estudió Fujimori su primaría. En la calle Capón esas escaleras no te llevaban al cielo sino al infierno de los placeres divinos. De allí los “apartados”. Una suerte de carpa de la playa Agua Dulce. Espacio del gozo y la ternura en ese chifa que fue el castillo de la pureza.

Chinos y chifas hasta en la sopa, Velasco o Fujimori. Chifas o “chiflados”. Así es nuestro país, con Ch de Chifa y de conchudos. Pero queda también registrada en la impronta de la cultura del fogón, el wok tridimensional, la mezcla de una China milenaria y la fibra de lo cholo maravilloso, pero corrupto. Matrimonio y origen de una técnica fantástica, sobre carnes vacunas y porcinas, pastas, verduras y frutos del mar, esas carnes poderosas y su prisión a presión. En el texto “La calle del Capón, el callejón de Otoaiza y el barrio chino” Humberto Rodríguez Pastor explica de los procesos de la “chinización” de la cultura peruana y los migrantes chinos que se convirtieron a lo largo del tiempo en un exitoso grupo social. Encuentro el mismo argumento en “Los chifas en el Perú. Historia y recetas” de Mariela Balbi. El tema chifa es más complejo. En sus wok hay una cocina cantonesa mayoritaria pero en el Perú encontramos también la gastronomía de Chaoshan, de Hong Kong,  de Macao, de Fujian y la que más me gusta, la de Sichuán.

3.

Insisto, en el plano del existir peruano, el chifa popular es la medianía. El ‘pasapiolismo’, esa ética del sinvergüenza. Otro, existe el Chifa, aquella institución donde se ‘lava’ el dinero sucio que entra al Perú en maletas –cerca a mil millones de Nuevos soles al mes—y que ha convertido al Perú en un puerto-chifa. En Lima, hasta el cierre de esta crónica –según Sunat y Devida—existe más de 7 mil chifas y otro tanto en todo el Perú. ¿Y? Nada, que es el negocio de la purificación de ese narco país en el que nos estamos convirtiendo día a día. El suceso no es solo en los chifas, se da también la proliferación de casinos y casa de juego. Los hay de todas layas. La clase media está en proceso y engorde. Hay platas, dinero plástico y tarjetas de créditos. Chifas, casinos y súmele las pollerías más los hostales de San Germán. De pizzas “Raúl”  no hablo porque allí tengo una novia. Pero de lo que nadie habla es de la 31 farmacias y los 20 grifos –full equipo—en la zona del Vraem.

Vamos, hay que ser bien cojudo para no darse cuenta que en los chifas queridos de nuestra juventud y su tallarines saltados se está erigiendo la nueva cultura del “wok”. Y no me refiero a esa entidad –casi cultura—de la viveza. Sino a ese chifa del barrio al que uno le tiene camote. Al Chung Yion o también llamado Chifa Unión de Barranco y sus apartados como cámaras de “atenciones” según Chejov de acuerdo a Carver. Como esa foto de 1965.  Ahí miro la cámara del fotógrafo de chifa. Es el Gran Chifa Imperio al frente del iluminado Congreso de la Republica en la época de los senadores, no éste, de verduleros. El retrato tiene aroma de siyao más tamarindo y culantao y no de misturas. Mi padre en la cabecera de la mesa, olvida el pescado en salsa mensí y al retratista y apura el vino. Sus amigos, todos amantes de las letras, sin pagar, abren los ojos ante el flash postrero del reportero fugaz. Y ese aquel que observe la fotografía adivinará el sabor del banquete, el regalo para el buche, la emoción por los condimentos encontrados. De esa noche le salió un gran poema a Alejandro Romualdo y otro mejor a Leoncio Bueno. La foto es en blanco y negro y tiene un brillo en 3D. Yo la guardo porque ninguna como ella, es foto que sabe y se ama.

Publicado hoy en DIARIO 16

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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