Las matinales I / NÉCTAR DE VERANO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

rock 1

Para mis amigos de la revista Dosis

1.

El cine, antes de las 11 de la mañana, era un hervidero de muchachos casi niños. No había pelos largos, apenas un rulo en el pelo de rebeldía. Las mujercitas formaban una inmensa hilera retorcida a las afueras del recinto desde que aparecía el sol. Nosotros, con un cigarro colgado de los labios llegábamos en pandillas –acaso La Ilíada y La Odisea no estaban atiborradas de pandillas–, articulados a la ilusión de ser mayores. Y ser mayor era el gozo pleno, ese paraíso todavía prohibido. No más de uno llegaba a los 15 años. Éramos distintos y diferentes. Pluriclasistas, multiculturales, variopintos, sexuados irreverentes y rabiosamente extraños pero aún sin el cabello largo.

 Todo comenzó una mañana de verano en el cine Tauro a la entrada del Centro de Lima. Eran los años felices, la edad de la inocencia, y estábamos de vacaciones del colegio. Otros, los mayores del quinto año, se preparaban para ingresar a la universidad. Nosotros, queríamos penetrar en el primer pistilo o alcanfor del amor ignoto. Pero éramos iracundos aunque hecha la música, hecho el romance. Fuimos así, los muchachos que se enamoraban con las miradas, como hubiese dicho el poeta Roger Santibáñez.  Todos habíamos esperado con ansias esos domingos calenturientos de febrero. La música era un buen pretexto para ser adultos. Esa Matinal presentaban a Los York’s, Los Silvertons, Joe Danova, Pepe Cipolla y Kela Gates, una de las pocas cantantes mujeres de aquel llamado proto-pop de esa esfera romántica: Ella era el plato fuerte para nuestros frágiles corazones. La canalla del Tercero “D”, nuestro salón, había convertido la platea izquierda en una zona liberada.

Las Matinales de domingo fue nuestra liturgia generacional y con un formato musical que unía la pasión con la culpa de la rebeldía. Una religión para la fe de nuestro primer despertar. Los años sesenta del siglo XX parieron un estilo diferente de cantarle a las cosas del amor. Ya el bolero era un asunto de mayores, las baladas y la llamada Nueva Ola más los arañazos del rock, forjaron esa hibridez que cantaba con terciopelo de gato y rasguños de guitarras eléctricas. ¿Qué se estaba cocinando? ¿Qué género era éste que enloquecía a los jóvenes? Es muy difícil delimitar cuándo se fundó la nueva estética convulsa. Cuándo los jóvenes peruanos se pusieron románticos y exaltados a la vez. Lo liminar de ese nuevo ritmo no tenía límites, precisamente.

2.

Luego de la irrupción del mambo de Pérez Prado en la Lima de los 50 –hay otro mambo que pertenece al registro de los hermanos López, también cubanos de los 40—, las secuelas de aquella sacudida había generado una gigantesca ola. Le dijeron entonces “Nueva Ola”, pero más que un término, era un amplio recipiente donde se colocaba precisamente todo aquello que no cabía en los registros del valse, los boleros, las rancheras y hasta el jazz. A Guido Monteverde, el periodista oficial de la farándula nacional de los “apachurrantes años cincuenta”, le acomodó mejor el término: “música romántica juvenil”. Y tenía razón, cualquier otra expresión que le cantase al amor era también romántica pero ese era el terreno de los maduros y señoras. La nueva música, que tenía un abanico de influencias, que partía de la tradición y la hipermodernidad, que podía adherir otras estructuras musicales sin hacerse problemas, no debía de tener rótulo. Quedó entonces un único registro casi sobreentendido para ese entonces y para siempre: Música Juvenil.

Poco y casi nada se ha teorizado sobre esta ruptura. Apenas las reflexiones de un cantante y personaje de ese tiempo, Gerardo Rojas o “Gerardo Manuel”, las del promotor Cucho Peñaloza, del disc jockey Lucho Aguilar, de Juan Carlos Guerrero y los libros del filósofo y cantante Pedro Cornejo Guinassi, sobre todo Alta Tensión, Los cortocircuitos del rock peruano. De ahí el silencio más que el vacío. Los actores de ese suceso tenían un pretexto: “somos jóvenes, luego filosofamos, ahora muévete”. Queda obviamente los testimonios de los músicos, pero nunca es suficiente. Lo que es tangible y real, supone admitir que esa hibridez musical tenía un solo vector. Era música de los jóvenes o lo digo de otra manera parafraseando un popular tema de “Los Belkin’s”: “Tema para jóvenes enamorados”.

Por ahí circula una fecha de la llegada del rock al Perú  –15 de septiembre de 1955 con ocasión del estreno de la película Blackboard Jungle en el cual se oye el tema Rock around the clock de “Bill Haley y sus Cometas”–. Sí, es cierto pero el aserto es tan falso como decir que la oreja nacional no había escuchado antes el bramido de una guitarra empiernada a un saxo caprichoso. La música no llegaba como el Apolo a la Luna. Es un espíritu, una atmósfera, un aliento y un nuevo aire que ataca de manera anfibia. Que se engarza, se teje y se urde a una sensibilidad especial que espera acondicionada el hincón de la batería para el relincho del corazón y la taquicardia de la pelvis.

3.

Esto no es una historia oficial. Trata de acercarse a lo real de la historia. Digo entonces que hay otros intentos con otros registros musicales que nunca pegaron generacionalmente en el imaginario masivo del peruano. El jazz, por ejemplo, aquel poema musical de profundas tenazas estéticas, paso inadvertido. Yo nunca oí, en todo caso, cantar a un zambo de Surquillo un tema Sinatra, Perry Como, Cloney & Crosby o de tararear una melodía de Louis Armstrong. Sí gocé con unas vecinas del callejón de al lado con El Rock de la Cárcel en versión de Enrique Guzmán vocalista de grupo mexicano Los Teen Tops. Y luego con el Dúo Dinámico. Y después con Leo Dan. Que era rock o no lo era, es bizantino. Había un soporte que iba a multiplicar esa incisión musical rebelde amorosa: se llama eterna juventud. Y quién va a dudar que esta música no fue hecha por jóvenes y para que aquellos que la sintiesen en la glándula pituitaria, se sientan lo mismo, jóvenes.

Un cuarteto cubano sonaba en la radio y en un programa de Canal 13 que luego sería Panamericana Televisión. “El hit de la Una”, animado por “El Cholo” Fidel Ramírez Lazo, presentaba a Los Llopis, guitarras eléctricas,  un bajo electrónico, un saxo alto, batería y voces. El formato era inédito allá por 1964. Un tema tocado por ellos en los acordes del rockabilly, estremecía a todos, viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Sí era el inolvidable Estremécete y otro: Hasta luego cocodrilo. Ahí está una esquirla de lo que luego sería una pandemia que se expandiría con los mexicanos de los  “Teen tops”  y con Miguel Ríos, un español rarísimo que cantaba el twist.

Los tratadistas en descubierto que fue en 1963 cuando un grupo denominado “Los Incas Modernos” –¡vaya nombrecito!– editaron el primer álbum de rock. Más no se sabe de este hallazgo. Su historia se perdió, como los mitos, habitan en una esquina de la esfera simbólica. Nadie se acuerda pero están ahí. No hay fotos, sus grabaciones desaparecieron, pero están ahí, alimentados por una épica vicaria que los hace leyenda y existen ahí. Según Gerardo Manuel, como le confesara a Pedro Cornejo, “la Nueva Ola tiene su antecedente más remoto en “Los Millonarios del Jazz” en 1957”. Era una big band que fue atropella por la irrupción del rock n’ roll.  Así, su líder, el norteamericano Mike Oliver, tuvo que poner primera y cantar los éxitos del mítico “Bill Haley y sus Cometas”. Luego vendría el Twist, que en realidad era apenas un baile y comenzaron a surgir los primeros grupos nacionales: “Los Astorias’s Twisters”, “Los Zodiac’s”, “Los Kreb’s” –un trío instrumental—y “Los Saicos” que apenas duraron 3 años desde ese farragosos pero apacible 1964. En 1965, Román Palacios formó Los Yorks junto al baterista Pacho Aguilar. Palacios fue la primera guitarra de la banda y fue consolidando el grupo con la incorporación de Walter Paz a finales de 1966. El grupo luego de probar a varios cantantes, en 1967 hace debutar al vocalista Pablo Luna quien vivía en el balneario de Ancón junto al Centro Vacacional de la FAP. Pero eso es otra historia que la contaré en la próxima entrega.

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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