Lima 03.30 / LA INSOPORTABLE BEBEDAD DEL SER

Un texto de ELOY JÁUREGUI

Bar

1.

Geografía del afecto. «Olores de hombres comprimidos, aromas de sobaco de mujer. Se subleva el urinario y el aserrín escupido: Humo de cigarrillos dulzones y templaduchos. Hedor a tabaco de mascar, espuma de cerveza derramada, Orina cervezosa de sujetos hableros, el rancio de su fermento». [El señor Blooom en el Bar Burton de Dublín.] Ulysses de James Joyce.  

La cultura del bar forja su propio mapa sólo de acuerdo a las amistades, ese rol de los cariños sin PowerPoint, sólo para los amigos. Bares como anuncios de una vida con estaciones y rituales. Hitos de la existencia redentora. Templo del arrepentimiento. Clínica para recargar las palabras. Uno puede ser de Singapur, El Cairo o Buenos Aires. Uno es su bar y su tiempo. En Lima o Río, los bares no son estaciones ni pretexto para perder la existencia, al contrario, son los espacios públicos para hacer digna la vida privada. Sólo los imbéciles no tienen bares en su memoria ni en sus ternuras [1].  Huyen como el Drácula amariconado frente a la cruz que forma la botella y la copa.  La oferta es frondosa y harto imaginativa.

En Lima, los bares como el NSC tiene rangos y jerarquías. Cierto, pero como cualquier ser viviente que camina, también posee ADN y algunos se clonan. Los bares del segmento A se hacen llamar pub o café, como antiguo. Es lugar del regio, sus espejos y su caché. En el Bohemia Café & Más del Óvalo Gutiérrez uno pueden pedir un Jack Daniels, el Borbón que liquidaba el joven Bush y sentirse bronceado por dentro; picar un antipasto y computarse un Antonio Banderas en Broadway, colocarse los lentes Avant magnet en la cabeza y alucinarse un recargado Keanu Reeves en la Matrix del posfuncionalismo Ace home Center.

Luego, observar por los ventanales a los culturosos de la librería Crisol y a las cínicas del Cineplanet, entonces, pegar una llamada a la Mónica Bellucci de San Borja Norte y  decirle: «Flaca. Esta es la noche. Arde mi lengua». Las chicas que bajan de La Planicie se solapean en el Delicass de Dasso. Llegan en su 4X4 y hablan de Saramago como un tío por línea materna que a estas alturas sigue con esa huevada del comunismo y de Ramiro Llona, otro tío que es comunitario y todavía está buenazo, según Maria Fe. Todas portan una botellita de agua sin gas. O sea la rutina. Una suerte de falo proteico para la línea ingrávida. Así, esperan a sus anatómicas cómplices. Piden vino blanco, es bueno para los orgasmos múltiples. Traman un tournée por la disco Traffic y su ladies night. Ese es el point.

Otras calientan con un vodka en las rocas. El gym las apasiona, la bulimia las inquieta. Se dicen sus cosas. Están en el escenario cosmetológico correcto. Sus anatomías las hace hermanas sin grasas. Sólo se lubrican con el efecto vitrina del bar.   En el Barra Brava todos eran hinchas de Messi. El fútbol es el discurso cosmopolita. La champion y la neumonía atípica los arrastra por la acequia lingüística. El metasemema de los afectos corren tras la pelota. El sitio es futbolero y lo tutean al argentino Crespo como a Richard Pérez, el mozo. Pican cancha. Ellos son atléticos, yupies de chacra, ejecutivos juniors de Mamacona.

Los viejos joden, así, todos se disfrazan de Ricky Martín aunque a la cerveza le dicen chelas, como los mexicanos. Se encebichan de pronto. Está perdiendo el Madrid, ese huevas del Sergio Ramos. A la hora se irán al viejo Colinita de la calle Berlín. Ahí se puede putear y meterse unos chutes. Que para eso se trabaja, que buena plata le costa al viejo lo de la U del Pacífico. Borrachos, de madrugada, se abrazan en banda [2]. En La Noche de Barranco rajarán hasta desmayarse por las carnes fofas de la argentina Nanci Guerrero. ¡Andá, parrillera!

 

2.

El Aserrín ilustrado. «Los borrachos egoístas y rubicundos, eran lanzados de cabeza a los infiernos, en medio de tumulto de demonios en llamas, medusas y monstruosidades vomitorias entre botellas que se caían  y emblemas de esperanzas rotas». [El Cónsul Geoffrey Firmin, en el bar El Farolito de la calle Nicaragua en Quauhnáhuac, México] Bajo el volcán de Malcolm Lowry.

El Palermo fue el bar. El más grande que se recuerde en este ejido. Sus restos aun se observan en la cuadra 11 de La Colmena cerca al Parque Universitario. Sus 22 mesas reunió a la vanguardia del pensamiento peruano entre 1950 hasta 1974. Alfombrado de aserrín y tatuada por la efervescencia nocturna, reunía a profesores y estudiantes de la universidad de San Marcos y alguno que otro de guapo de la Católica. Letras y de Derecho. Era conspicua la feligresía periodística, porque bajaban, al cierre de la edición, toda laya de redactores de La Prensa, La Crónica y El Comercio, los diarios más importantes de ese entonces [3].

Adoratorio de la bohemia intelectual pensó el país de otra manera. Se equivocó Macera y también Arguedas. Después de todo, con este país, quién no se equivoca. Los hombres y las botellas, ese dueto que imaginara Julio Ramón Ribeyro, fue el soporte para los sueños y las utopías estrellados por las traiciones perpetuas.  El viejo Martín Adán está solo en su mesa. Broncano, el mozo, no permite que lo molesten. Mira la eternidad, el orden genético de sus palabras. Nosotros en la otra mesa no le perdemos detalle. Usa un gabán mugriento, dicen que está loco. Dicen que es un genio. El Palermo permite acompañarlo como citar a Nietzsche, «más allá del bien y del mal». Y desde su antiguo amor a la sabiduría no corrompida, aparecía Ortega y Gasset, y hasta el nirvana como fuente ideológica del fascismo germano, que era el fuerte de Schopenhauer, en los gritos de Jorge Pimentel o Tulio Mora o Enrique Verástegui, jóvenes aún, entre los puchos de la vida y los cigarrillos prestados y las medias botellas de pisco Vargas y los capachos bien remachados.

Kant se enfrentaba a Velasco y la Reforma Agraria a Garcilaso. Así Kin Novak era más mujer que Laura Antonelli o al revés y Gladys Arista más fiel que Cuchita Salazar. Y recitábamos a Thomas Nashe, poeta impuro del mil quinientos: «Una flor es la belleza, que se marcha y se consume…El polvo ha cerrado los ojos de Helen, es hora de morir estoy enfermo: Señor ten piedad de nosotros».

Así, a las 4 de la mañana, apagábamos la luz de El Palermo y todos nos íbamos a dormir, con Helen, por supuesto.   Pero fue en el bar Queirolo de la esquina de Camaná y Quilca donde uno se hizo hombre. Entonces el ron Cartavio era ese elixir del que hablaba el capital [de imágenes] de Groucho Marx. Vinces Davis, el poeta de Tumbes fue nuestro maestro del arte de la vida. Sus frases latigueaban rotundas. Ama a tu padre, detesta a los curas, cómprale un clavel a la vieja, nos decía. Y cierto, uno aprendió filosofía, barrio y finta, y la poesía cruel de no pensar más en ella. Así, Adam Smith era un huevero en las tardes del bar Cordano. Y en el Carbone conocimos a Vallejo, filudo y huesudo [Alejandro Romualdo dixit].

Antes, en el bar Zela de la Plaza San Martín sentí el tufo arrecho de Sérvulo Gutiérrez y con Felipe Buendía entendí porque Dvorak había animado a los arquitectos del bar del hotel Bolívar. En el Café de France, frente al cine Le Paris, conocí a Isabella. Por ella tengo un lunar funesto en mi costado izquierdo y, con César Calvo, en el Versailles, comprendí que todo es cuestión de tiempo. Ah, pero que sería de mí sin las noches en el América, con jazz intramuscular, hierba para el cerebro y un verso que se quedó en la última servilleta azul. Ya lo dije, los bares son aquellos capos electromagnéticos de las ciudades. Los hitos de la arquitectura que diseña los afectos.

 

3.

La pasión de la barra. «Había bebido hartos daiquiris dobles helados, de aquellos grandiosos que preparaba Constant y que producían la misma sensación al beberlos que la que producían el esquiar ladera abajo en un glaciar […] Así, porque estaba aproximándose demasiado a algo de lo que trataba de huir, acabó en el último extremo del bar con las putas respetables.» [Thomas Hudson en el bar La Floridita de La Habana] Island in the Stream de Ernest Hemingway.

Si en el Salón Estrasburgo de la Plaza de Armas los limeños pudieron ver por vez primera una función de cine, fue en la confitería de la familia Barragán Muro, luego llamada el «Palais Concert», donde los almidonados limeños conocieron al primer auténtico artista: el zambo Abraham Valdelomar. Don Ernesto Ascher [4] dice que el antro –ensamblaba una épica vicaria y una lírica  hedonista—se convirtió en el rendez vous de la sociedad al compás de una orquesta de Damas Vienesas al centro de una rotonda-mezzanine hasta que cayó Leguía y la sociedad se mandó a mudar a las chinganas de la Calle Capón.

El bar, desde entonces, más que ciencia genera conciencia. Su gramática es glocal –global y local—en el sentido del trío de dos, Deleuze & Guattari, quienes  reivindica el proyecto nietzscheano de la inversión del platonismo comunal, y una concepción de lo real entendido como formado por una multiplicidad de planos. En la barra del bar, el limeño ha puesto en pie la idea de la reflexión contra los dictadores andróginos, líderes de opinión. Así, el bar subvierte lo que la formalidad considera pecado.

La ética del bar-man [el hombre del bar] es la moral de Robin [hood], el justiciero injusto. La cibercomunicación y las autopistas de la información se articulan, antes de Peter  F. Drucker, en la barra del bar. Internet de la solidaridad. Amigos los de antes. El bar no produce inútiles, genera lucidez.   Los peruanos más ilustres saben por la barra del bar y de la sabiduría del codo [5] antes que los burócratas de la inteligencia que se despeina por el establishment y el lameculismo antañón. El militante del bar es poco estridente, más bien observador y ácido cuando detecta un sobón. Aquello lo salva del champancito que ya denunciara Vargas Llosa. El «hermanito» es enemigo de los cariños fieros que en diálogo o susurro se hacen teoría y praxis en la otra familia, la que uno encuentra en esa civilización que puebla los bares. Lima escribe su destino en un bar. Esta, es parte de su geografía y me embriaga la emoción.

—————

[1]           En Kristeva, Julia,  la posmodernidad como punto de agonía del proyecto moderno, no sólo supone profundas transformaciones en las ciencias,  sino también en las instituciones formadoras del sujeto humano. El alcohol suelta las amarras. Se sale del closet. Hay pánico social. 

[2]           Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Jurgen Habermas. La aldea global como presión de la mundialización  del hedonismo chonguero.          

[3]           El bar convertido en ágora griega. A los gritos las ideologías y las pasiones bajoventrales.  Luego, el bar Chino-chino y después el volatín en el épico bar La Comisaría. 

[4]           En Curiosidades Limeñas.  Sear’s Roebuck del Perú S.A. Lima 1974. Ascher es limeñólogo y como Porros Barrenecha o Salazar Bondy, el poeta, agarra calle y callejón de media mampara.  

[5]           Codistas famosos fueron los habitúes del Negro-Negro, del Viena, el Haití de la Plaza Pizarro y los solitarios de la medialuz en el Pigalle, el Ebony y el Maury.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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