Pubis / ORACIÓN ANTE EL MONTE DE VENUS

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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 1.

Noelia era amiga de la casa, casi una tía de leche, cabalista y consejera. Yo, creyente genital, asumí sus enseñanzas y arrumacos y desde muy niño me hizo entender que la piel –la pura e higiénica: sobacos, bragaduras y entrepiernas– debía ser inmaculada, sin mechas ni manchas mentales. Suena terrible, por ello desde esa vez las prefiero rapadas. Eso, libertad de pellejo, libertad de expresión y libertad de ignorancia. Mas agnóstico, de un tiempo a esta parte, evito los vellos como compulsivamente solo admito las bellas.

 Desde que fui aspirante a pornógrafo por culpa de Noelia y la influencia de sus lecturas semanales, mi precocidad me llevó a Corín Tellado, los comic de Susy y luego a mis tips de Alessandra Rapolla. Por ello cada vez me gustan menos los pelos en el área. Una dama 3.0 debe estar rapada. No por facha, por olor. Que es el quid del asunto. Así, papa y papada lucirán tal cual la Venus de Milo o acaso, las mujeres de la Ópera de Pekín, con correcciones, naturales y no contranatura, acaso como las ninfas del Islán, con velo virtual y en carnes de carnaval.

 Lejos de la cabeza está comprobada que la valía irresistible del vello púbico es que participa en la custodia del aroma de las feromonas. El perfume de la demencia. El tufo sexual, sea núbil o matrero, enloquece literalmente al macho derrumbado casi muerto arponado por las fosas nasales.  Amotinada su erecta libido sexual, el registro balsámico nos remonta al plano de la infancia. La madre, cierto. Contra esa legislación no hay tutelas y menos tutías ni Noelias madrinas de letras y letrinas. La fragancia tiene memoria, buqué y vaho también.

 

2.

 Yendo a mí asunto. Se dice que fue Cleopatra en el antiguo Egipto quien se depilaba el monte de Venus para enloquecer a los romanos desquiciados por dominarla. A su tierra y a ella que era indomable. Dizque la doña usaba  en toda la zona del pubis un chupín de cera de abejas y azúcar moreno. Luego, era trabajada por sus sacerdotisas con dulces navajas enhiestas en un gel de pata de camello gozoso. Cleo fue única. Los que se pelaban de incontinencia seminal en ese entonces eran no solo varones, casi varonas.

 Cabeceo. Tratar la cabeza de una dama es pericia harto difícil, por ello los estudiosos prefieren su lanceta del cuello para abajo. Mi escalpelo es de la cintura y más allá, que es más trabajoso. Al asistir a una sociedad hipersexualizada, el pelo resulta una surte de fetiche. Así, la cabeza femenina es el cuerpo del delito. No obstante, el cine nos remite a la paradoja. El pelarse la cabeza no es la pesadilla mayor en una mujer por ubicarnos frente a un supuesto look aterrador. Al contrario, la función deviene en la nueva erotización. Las actrices descubren su second life con solo raparse la testa y terminar inimaginablemente pelonas. El registro es variopinto. Rubias y morenas inventan otra tipo de arrechura.

 Las menciono por elección de mi erección. Seagourney Weaver en la tercera entrega de Alien se ve altiva. Demi Moore como la teniente O’Neil nos mete en el calabozo. Cameron Díaz en la cinta My Sister’s Keeper nos hace mirar para adentro. Halle Berry  en la comedia romántica Nappily Ever After es blanco de nuestra lascivia. Natalie Portman y la versión del comic V de Vendetta nos pone tiesos. Samantha Morton en la futurista Minority Report recrea nuestras fantasías y hasta Felicity Huffman quien también lució la cabeza sin pelo como enferma de cáncer, nos deja casi muertos.

 

3.

 No que eran del “Club almejas rapadas” o como dicen en Chincha, las chicas del clan de “Los fideos negros”. No. Acepten que le tengo fobia a los vellos púbicos y sin velo ni duelo. Sé que muchas damas, en las zonas más deprimidas del planeta, no cuentan con acceso al agua potable y ni eso. Para ellas es perentorio afeitarse el vello púbico. Es la higiene cultural. Aquello evita los caldos del cuerpo, los flujos menstruales que siempre se acumula en el vello como larvas interplanetarias. Navajas en ristre, entonces, y depilación sobre todo del pubis y mantener la vulva limpia y alistada. No todas, sé de algunas mujeres que prefieren estar sin vello para los trámites del el sexo oral como el del sexo escrito. Entonces el goce es más placentero. Lenguas con lenguas y lengüetas en pleno roce sin intermediarios hace que ellas logren orgasmos de gatitas al sentir en su pellejo la áspera incidencia de aquel apéndice enhiesto directamente sobre su sensible piel.

 Es cierto que en las bellas letras no existe explicación profusa de la comezón del llamado pthirus pubis. La literatura tampoco recoge el calor de las ladillas. ¿Ladillas? Qué asco, damas y caballeros. Pero existen en “Eisha” como  en Los Olivos. Mejor las llamaré “las mariposas del amor”. Suena fino aunque macondiano. Está bien. Sospecho que en la novela de David Herbert Lawrence, “El amante de Lady Chatterley”, cuando el recontra lascivo guardabosque –aquel hombrón velludo, rudo y viril, a decir del andrógino autor– hace que la aparentemente delicada y considerada Constanza pierda el pudor y se meta unos tras otros, polvos fragosos y apareamientos soberbios, en el piso, en medio de la paja, con apenas una manta hedionda, que aunque Lawrence no lo describe, todos sabemos que era en medio de un hervidero de piojos carnales encarnados en el fragor de ese encuentro genital, pelo contra pelo y ladillas descomunales.

 Noelia, lo decía categórica. Y en otros textos he leído de estos bichos. No seguiré con el tema. Diré que fue en un viaje a un país socialista donde me pasó la mar y morena. Ella era una trabajadora social pura y sincera con experiencia en cañaverales y bohíos. Una tarde nos encontramos mientras llovía a cantaros en las viejas calles de la capital. Fue un tifón más que un huracán nuestro amor a primera vista en esa isla. Un ron y luego otros y seguía lloviendo. Ella dijo que a su casa y yo no me opuse. Vivía bien, con la riqueza del humilde. Su ideología. Estuvimos atrapados unos a otros hasta la mañana siguiente. Amanecía así. Ella dormía y observe de pronto, de soslayo, que en su vello axilar brillaban unos luceros. Agudicé el ojo con detenimiento. Puse foco a esos pelitos enroscados caprichosamente y ahí estaban. Ladillas, cientos, no, miles. No vi más, me toqué lo mío. Era tarde, aquella jornada de amor me había convertido en un jornalero de la picazón del sétimo año. Salí casi huyendo. Me picaban hasta los dientes. Por ello ahora me gustan las rapadas. Esas pieles lizas con brillo y sin matambre. Los labios superiores rosáceos y carnosos. Los inferiores, como una col jugosa y encarnada, sin fragancia, solo con el hedor de la inocencia láctea para la eterna vida láctea.

 

Este fragmento apareció en la revista LIMA GRIS Nro. 5 y forma parte del capítulo “Las mujeres de mi vida” de mi libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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