Rubén Poma / VIDA Y RESURRECCIÓN DEL TORITO DE PAMPLONA

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Torito

Para Rodrigo Jáuregui

1.

Entonces Rubén Poma lanzó un estrepitoso escupitajo, calzó su toalla maloliente, se colocó la bata plateada con el estampado de una conocida cerveza en la espalda y avanzó sobre las doce cuerdas fatales por el callejón humano que entre tufos de ron y cebollas de sánguches de apanado no cesaba de vociferar “Perú, Perú, Perú…” y “mátalo campeón…y sácale su mierda Torito”.
Faltaba un cuarto de hora para la pelea y el pequeño gladiador rodeado hasta el hartazgo de consejeros, técnicos, masajistas, azuzadores y amigos de lo suyo, al fin iba a quedar solo frente a su destino; y su 1,53 de estatura no lo liberaba de la responsabilidad de convertirse en el ring en un gigante, no sólo por el bien de su humanidad y la familia, sino de la patria misma que hace años o nunca había esperado ese momento para por fina tener un auténtico campeón mundial.

Afuera, la plaza de toros Las Arenas de Lima, enclavada en el barrio de Mendocita, esta vez lucía un techado de retazos de paracaídas, toldos de ambulantes y sábanas aún ensangrentadas. Bajo los reflectores los pocos espectadores movían las caderas al son de “Que no quede huella, que no, que no…”, que una de las bandas de la Policía Nacional entonaba con marcial alegría, y las vendedoras de cerveza sorteaban las siluetas y la marcación de los controladores más borrachos que una cuba. Los paramédicos muertos de hambre se habían quedado dormidos sobre las camillas y en el ring side algunas señoras lucían sus marchitos abrigos de pieles, extraños en estos ensangrentados predios.

Y apenas unos momentos antes, en la pelea preliminar, el eterno “Tigre” Lavalle había exterminado a un corajudo pero desconcertado ecuatoriano sin apellido, en el último asalto, y el respetable comenzó a presumir que la noche, pese al frío y a la sideral alharaca olímpica barcelonesa, iba a ser blanquirroja, y asumió la velada con la inflamable solemnidad de una pollada bailable.

2.
Entonces subió al endeble entarimado celeste, prestado por las ambulancias San Cristóbal, Elejalder Godos, el embetunado presentador, de impecable frac color gasfitero y plata. Su voz a lo Caesar Palace de El Porvenir tronó a ovni de emolientero, pero en su bien masticado español quedó anunciado que por fin llegó el momento de la verdad y se comienza a invitar a que suban al ring al gran empresario internacional, don Mario Paredes Cueva, también de impecable terno oscuro a insobornable abogado, a su señora esposa, elegantísima a más no poder, al presidente de la Universal Boxing Association –la UBA, respetable público–, el argentino Víctor Hugo Fernández, un porteño con más medallas que militar golpista del tercer mundo sobre las dos solapas de su reluciente traje, a Pepe Cossío, el cuestionado presidente de la Federación Peruana de Boxeo. Todos tenían en sus respectivos discursos, frases con el deporte, la caballerosidad y déjense de fregar, para que la patria ya respire un titulo mundial.

Cuatro ceremoniosos PT subieron al enlonado también con las banderas de Perú y Argentina y ahí mismo comenzó la cachimba porque treparon al mismo tiempo la Erika, la morena, y la Chakira, la rubia “al poma” como inmediatamente después la bautizó el respetable, dos provocadoras damitas en calzonetas negras que hicieron estremecer al árbitro José Salardi, el veterano y setentón juez de boxeo, que en el acto fie atacado por un inesperado chocotazo de tos convulsiva, pero, para su felicidad, ipso facto fue socorrido por los segundos de los boxer nacional con dos amplios guaracazos de agua con limón y acabó el impase provocado por las dos piernonas mujeres.

El presentador Godos entonces pidió el himno argentino y tras breves aplausos pasó a exigir las sagradas notas de nuestro himno nacional, que la concurrencia acompañó en coro solemne y abigarrado alarido, propio de aquellos que ansían harto golpe, sangre oficial y su respectivo campeonato. Insistió Godos con “el disloque de banderas” –así lo dijo– y que se bajen los fotógrafos porque impedían “la visual”.

3.

El Torito de Pamplona, para esto, ya estaba como un gallito en corral de cuyes. Su pantaloneta a roedor con listones esmeralda, extraoficial le abrigaba el plexo superior y terminaba donde las rodillas gritan ¡Ay! El argentino Eluaiza, de blanco y celeste, mostrábase sereno, confiado e inobjetable, con el rictus propio que lucen los faites a punto de sufrir el último estertor de una mortal pulmonía. Y sonó la campana, se quisieron dar un mordiscón de saludo, pero ortodoxamente los dos asumieron la pinta de los equivocados de guardia, es decir, que ambos eran zurdos, que ambos palidecieron de miedo y que a dúo se preguntaron ¿Para qué diablos me metí en esta chanfaina?

El nacional la malogró de entrada, porque se puso a bailotear como cholo en jalapato alrededor de su contrincante y el platense, nada cojudo, se posesionó del centro del encordado. Así se fueron en caldo, como es natural, por aquellos que los entendidos llaman a la primera vuelta “el round de estudio” y si no es por un guayacol que grita desde el tendido 5 «en la carótida, serrano hueveras», el asalto no hubiera quedado para la historia, parafraseando al atildado Kike Pérez, quien premunido de micrófono antichoros, transmitía el combate para toda la audiencia del país y algunas zonas liberadas del Vraem.

Rubén Poma había llegado óptimo de físico pero dudoso con la bolsa. Si ganaba le iban a caer 7 mil dólares a parte de la paliza, y juran los que lo vieron firmar el trato contractual, que el futuro campeón había puesto la voz de Alejandro Guerrero cuando Paredes, el emprendedor empresario le dijo: «Tranquilo, que después, arreglamos. Entonces en sus golpes habían mucho más deudas con la patria que seguridad profesional. Pero eso no fue óbice para que Rubencito sacara dos veces la izquierda y de volada hiciera florecer las primeras gotas de sangre del rostro del argentino.

4.

Según la tarjeta-fallo del juez argentino Juan Pavlovic, ubicado donde las anunciadoras con letrero en mano pegaban la segunda vueltita de su corto paseíllo por el ring, El Torito de Pamplona se fue haciendo de la pelea a partir de la quinta vuelta. Es decir, cuando Rubén Poma se acordó que había sido criado por su reciente finada madrastra y que estar frente a un plato de estofado de pescuezo de pollo no era asunto de todos los días. Cierto, ahí mismo le afloró el pundonor de su sangre chanka mezclada con chuño desaflojado, entonces la diarrea de su coraje saltó como la pus y empezó a pelear bien bonito.

Pegaba y salía, cambiaba de paso y desconcertaba al rival, sacaba la derecha en jab y su uno dos calzaba perfecto. Dominador El Torito de Pamplona, fue construyendo su victoria y elaborando su difícil hazaña. Ya en el sétimo tuvo a mal traer al sangrante y conmovido Eluaiza. De esta manera el improvisado coliseo se volvió un loquerío y el alarido de “Torito, Torito, Torito” se escuchó allende los callejones de La Victoria. Lástima que como peruano no supiera rematarlo, porque, sentido el argentino y a punto de besar la lona, fue cuando a Poma se le ocurrió ‘mentalizarse’ y distraerse con la bolsa todavía no cancelada y los zapatitos de charol que le faltaban a su hijita Nieva.

Ya en el último round, El Torito de Pamplona trabajó su pelea. Ahora se movía bien agazapado y no regalaba blancos. El argentino se desesperó, quiso buscar el golpe definitivo, pero ante él ya estaba un Poma herido de orgullo nacional y esto fue suficiente para que el juez, el viejo Salardi diga ¡Buenas noches los pastores! y permitiera el campanazo definitivo y final.

Ahí comenzó la otra historia. El público se quiso comer al nacional los fotógrafos apuntaban a su mejor ángulo, los micros de la radio querían las primeras sílabas del aguerrido bóxer peruano. Nada de esto fue posible, porque un desadaptado aulló: ¡Bájense carajo que el ring se hunde! Y como no había ningún policía, la estampida fue fatal porque este cronista fue a dar contra los bajos del abrigo de pieles de una delicada aficionada y golpeó su testa contra una botella de Guaraná a medio consumir.

5.
Fue en ese instante que descubrió a la señora Yolanda San Miguel, replegada de la alegría. Era la mamá del campeón. Ahí estaba, escondidita, para contar que su marido no había podido venir porque como era albañil, le había tocado techar una casita en La Planicie, pero que estaba feliz con la hazaña de su muchacho, que era un buen chico porque trabajaba y se daba tiempo para el boxeo desde aquella época cuando intervino en “Los Guantes de Oro”.

Y que se había portado como un hombrecito desde que invadieron los arenales de Pamplona para fundar ahí su morada que ahora tiene agua y luz. Y que también el Rubencito la ayudaba a veces pese a que ya tiene su mujer, pero le da una mano en el puesto de ropa que administra en el mercado de Ciudad de Dios, puesto 41, sección A. Por eso, desde chico, como pudo, hizo que sus hijos se alimentarán de pescado y algunas veces fruta pero de ninguna manera chancho, que esa carne es para los pecadores. ¿Entonces ahora se irán a festejar? Le pregunta uno. No señor, replica ella. Nosotros no festejamos porque toda nuestra familia pertenece a la Iglesia Nuevo Pacto Universal Israelita y nuestro compromiso es solamente con Jehova. ¡A la mierda, se acabó la fiesta!

Y el camarín del Torito de Pamplona es el mismo infierno porque ya se perdió el empresario y porque un salvaje antiperuano cortó el agua. Entonces fracasan las entrevistas humanas y Rubén Poma, el nuevo campeón mundial se irá a dormir con el fajín del título en un hotel de tres estrellas y con esa pelea no se podrá comprar, el VW soñado, pero al menos le alcanzará para pasar un 28 feliz, como un peruano realizado, aunque el ojo izquierdo le haya quedado como un tabladillo después de un campeonato de huaylarsh. Más tarde se apagan las luces y hasta el mismo Elejalder Godos se retira feliz porque esa noche se ganó 200 dólares de los antiguos y le alcanza para pedir un emoliente con su pan con orejita y con sumo cuidado, pero eso sí, jamás manchar el frac que por algo no pago por el alquiler 80 dólares.

Fragmento del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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