Monsiváis / LA ESCRITURA DEL MARIACHI

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Monsi 1

Para César Campos Rodríguez

1.

El hombre salió del ascensor del hotel Crillón apurado con un gesto a Dalí con el estómago flojo. Tenía el cierre de la bragueta abierta y no lograba meterse la camisa debajo el pantalón. Carlos Monsiváis me observó y yo le señalé con los ojos que se le mirara los calzoncillos. Él corrigió su descuido y apuró el paso rumbo al bar: “Es una de mis encantos pétreos”, me dijo y sonrió de medio lado. Luego pidió huevos con guacamoles y un vaso de leche. Yo pedí un pisco puro. Era en los mediados de los ochenta. Monsiváis llegaba de Buenos Aires hablando peste de los argentinos y de algunos tangos. “Soy mexicano venéreo –me quiso explicar—pero la mayoría cree que predico la Biblia. Mensos”. Luego hablamos hasta el mediodía. Yo no preguntaba nada, él todo me lo decía.

Cuando Carlos Monsiváis se murió al mediodía de un 19 de junio del 2010 cuando había llegado a los 72 años de edad y padecía de  fibrosis pulmonar en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán” donde estaba internado más de dos meses, se había marchado un maestro iluminado. Mexicano hasta sus cachas fue un extraordinario cronista, ensayista e intelectual, crítico irónico de la realidad de su país y de Latinoamérica. Sus libros y sus entrevistas –las he grabado varias—son de una lucidez y perfección incomparables. Por ello me alegro de tener por fin en mis manos su libro póstumo “Maravillas que son, sombras que fueron” Ediciones Era. México, 2012, y que no hace más que rendirle un homenaje a la cultura mexicana a través de su colección de fotos desde la introducción en México de los ambrotipos y daguerrotipos a mediados del siglo XIX, hasta la sesión de Spencer  Tunick en el Zócalo, donde más de 20 mil personas posaron desnudas para el neoyorquino en mayo de 2007.

Si Carlos Monsiváis (1938-2010) estuviese muerto no seguiría leyendo sus textos con tanta pasión pero está vivo y uno lo siente a su costado izquierdo. Pero es fiambre ilustre y hace un tiempo nos dejó viudos a sus 13 gatos, a su literatura y a este cronista. No lo imagino cadáver porque uno no conversa con los difuntos, a no ser Juan Rulfo. Y yo converso largo y tendido con este “Monsi” –que así le decían por ahorro de quítame estas pajas – y que tenía una facha entre Woody Allen, Cantinflas y Tres Patines. Jodido. Interdisciplinario hasta no más y con una pluma urticante que demolí monumentos pétreos y carnudos, hablaba como Tin Tan y lucía orgulloso una falta de garbo en sus camisas que su madre le dejó como herencia, ya con el cuello sucio.

2.

Yo guardaba una foto donde Carlos posaba en medio de las calatistas “Tongolele”, de carnes pretéritas e Isela Vega de pellejos neófitos. Se la mostré. “Protuberancias cárnicas imposibles junto a un distraído como yo”, dijo y miró el techo. Pero con Carlos nunca se sabía. En su libro “Escenas de Pudor y Liviandad” (Grijalbo 1981), Monsiváis derroca el canon de que un intelectual es la antípoda de un rumbero. Aquel que es hijo del antro y la boite, el ‘dancing’ y la gramática prostibularia. Cuando le mostré el retrato, saboreo con su lengua un orgasmo de su memoria. Se acordaba del fotógrafo no de los íconos eróticos que lo acompañaban en la fotografía de aquel cine mexicano que dejaba las butacas anegadas.

Si uno le preguntaba a Monsiváis sobre una duda de un texto bíblico, lo desasnaba.  Si necesita un dato sobre alguna película de 1924, 1935 o el año que se le antoje; él sabía quién era el que prestó los muebles. Peor cuando se le tocaba el tema de Quevedo, de Góngora, de Sor Juana, de Darío, de López Velarde, de Vallejo, de Neruda, de Machado, de Paz o de cualquier gran poeta de nuestra lengua, su respuesta surgirá de inmediato como un tacle de El Santos. Lo suyo fue las rancheras de José Alfredo, la rumba, el erotismo, amén del verso y la estrofa, la prosa y los boleros. Y cuando en su libro “Aires de familia”, escribe con categoría sobre las “ínclitas razas ubérrimas” de los mitos de la cultura latinoamericana y su alteridad, cita como  un ensayista filudo las agonías de Onetti, Novo, Beckford o Hammett.

Debo confesarlo, que desde que le enviaba mis textos a su vieja casa del barrio de Portales en la ciudad de México –que goza de dos atracciones: su ‘cachina’ y la casa del maestro–, siempre dudé que los leyese. Pero lo llamaba por teléfono y me salía haciendo una ‘huacha’ como las que práctica hoy Messi, y me lanzaba una frase rotunda. “Oiga, que está bueno. Tiene profundidad”. Irónico como él solo, nunca entendí a qué se refería. Porque desde esa vez, cuando se pronunció sobre lo cursi (aquí decimos huachafo) que era “lo bellamente fallido” en un programa de televisión que conducía Agustín Lara, se erigió en ícono popular que hasta las vedettes se lo querían comer por sus dos costados.

3.

Era periodista pero con acento en la crónica. De ahí sus herencia de José Martí, Rubén Darío y Gutiérrez Nájera. Escribía como se vive. Con hipos y gases, porque así escribe uno. Y tomaba su Coca Cola y se metía sus tacos de pollo y dejaba embarrado medio escritorio donde sus gatos hacían la tarea de la baja policía. Y de su casa no se diga. Sus libros, revistas, discos, DVDs, posters, estaban tirados por aquí y por allá con un desorden ordenado que solo él conocía. “Monsí”, no obstantes, sabía donde se ubica cada cosa. Y leía como un descocido y se veía tres películas todos los días. Y dictaba conferencias y salía por la radio y hablaba de rock como del sida o el Papa. Y qué no hacía este señor. Por eso, cuando se le pregunta de su infancia donde fue un hijo único de madre soltera y bien mongo respondía: “Sí, no tuve infancia pero al menos permíteme tener currículum”.

Y hace buen tiempo se hizo temible por contradecir la solemne versión oficial del aparato del PRI. La lectura de su columna semanal “Por mi madre, bohemios” era religión y rito en los mexicanos. Ora fue la conciencia de los contraculturales, ora el defensor de los maricas. Carlos Fuentes –que también se murió para acompañarlo—y que lo vacilaba y una vez lo dejó encerrando en un castillo en las afueras de París, aseguraba que Monsiváis renovó el género del ensayo. Lo sacó de ese modo anticuado (a lo Alfonso Reyes) y le dio una vitalidad y, una capacidad de abarcar todos los temas de la vida de ese México pos apocalíptico. Octavio Paz, que fue el Supremo cacique cultural, lo quería a medias. Con su muerte, Monsiváis aprovechó para ponerle danzón y salsa a aquella literatura de las ideas que es el temible género del ensayo.

“Monsi”, esa vez en Lima, me contó que se sentía como una piedra en el zapato de la vida de México. Pero no hay otra forma de ser crítico, advertía. Por eso le escribí estas palabras: “Caramba, don Carlos, y ahora que hablas desde el más acá, yo digo que la muerte de un escritor lo agarra a uno por sus dos laderas. Se va un amigo y se va un autor de aquellos aforismos profundos y desparpajados. Pero tú que inventaste la ‘croni-ensayo’, fuiste el único que hiciste de tus 72 años una escritura, una melodía, una zapateada y hoy, en tu soledad fría, recuerda que no me devolviste la alegría”.

4.

Lo he contado alguna vez. César Campos ha recordado una enseñanza que le dejó Monsiváis en un congreso en Managua cuando expuso: “¿Cómo seremos los periodistas en el siglo XXI?”. Atribuyéndose ‘el defecto capital de la obediencia’: “El mexicano proyectó al auditorio lo que para mí – desde ese momento – es una vivisección anticipada de las actuales miserias de nuestro oficio, la profecía más clara del triunfo de los  ególatras atormentados, poco cultos e inmediatistas que hoy atosigan las salas periodísticas de muchos países latinoamericanos”, cuenta Campos.

Y es verdad. Yo lo admiro. Sus columnas (aquella inmortalidad de la construcción civil que tiene el periodismo) atrapaban semanalmente las figuras de los financieros, los obispos, los senadores, diputados y gobernadores, el Presidente de la República, los “comunicadores”, las cultas damas. A su lado, los Platón o Aristóteles del pobre son caricaturas de una sabiduría sin foco. ‘Monsi’ el bibliófilo, coleccionista de mil cosas heterogéneas, gatófilo, sinólogo y demás yerbas, es (fue) la cultura caminado. Y yo termino con él y como él termino conmigo en ese hotel de una mañana limeña. Y le digo como otros que lo quieren: Gracias compañero, gracias por el ejemplo, gracias porque me dices que el hombre es noble, y que nada importa que tan pocos lo sean, uno, uno tan solo basta como testigo irrefutable de toda la nobleza humana, muchas gracias. Eso eres tú.

 

CODA

“Antes que los paisajes fuesen objeto de cacería y se confiscaran los rostros de niños o de adultos para prodigar símbolos que exteriorizaran la Conciencia Nacional de-una-buena-vez, la fotografía en México fue, en el entusiasmo de poblados y barriadas, gran oficio de tinieblas memoriosas,(…) así somos porque así nos gustaría vernos, la firmeza de nuestros rasgos es la fortaleza del hogar o la patria.

La fotografía, subterfugio que captura apariencias y devuelve logros familiares. En los años en que Sotero Constantino registró el lento fluir de Juchitán, sus parejas y grupos armónicos, la fotografía es, en distintos niveles, un deslumbramiento entrañable, el acto testimonial al que no se le exigen hazañas estéticas sino la mayor fidelidad reproductiva. Ni arte ni revolución social, sólo una máquina de alcances milagrosos a la que van democratizando sus resultados, esa fotos que transfieren el aura de la técnica a las impresiones hogareñas.”

[Tomado de Maravillas que son, sombras que fueron Carlos Monsiváis. Capítulo “Quitecito, por favor”. Ediciones Era. México, 2012. Los textos se complementan con más de 50 fotografías en blanco y negro pertenecientes a su propia colección].

Fragmento de mi libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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