Daniel / CUANDO SATANÁS SE APELLIDA SANTOS

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Daniel Santos 1

 

Para Fernando Tuesta Soldevilla

1.

Aunque Daniel Santos en tono de Van Gogh –la otra oreja imparangonable–, siga oyendo que los artistas, aún los felices, están moldeados en la pura materia de la desdicha, la vida es y será el santiamén del gozo y sin rebozo. Así, en el ahora tapiado hotel Crillón de la avenida Nicolás de Piérola en el Centro de Lima, el ingreso es gansteril y burdelero y sólo vale los reojos. Daniel entra y sale. Un zambo artero lo cuida cual Sancho perverso y entre carajos. Pero Daniel es un Oliver Hardy, casi un don Quijote adiposo, acaso un Tomás de Aquino depravado. Ahora está más tranquilo, sentado en el bar del hotel, oculto por la penumbra de una lámpara oriental, más que con los ojos, con su mirada, me explica que a sus años, veía todas las cosas en sus esencias e incluso esas que los otros no podíamos ver. «Dios te vendaga», me dice.

En aquel invierno de 1986 lo miré por última vez. Digo miré porque hoy lo sigo escuchando al viejo Daniel. Esa vez pocos lo podían creer. Daniel Santos caminaba por las calles del Centro de Lima. El viejo Daniel con el pelo completamente blanco. Albo y felino sobre la tarima del salsodromo “Corso Latin Show”. Ensayando con todas las erres preñadas y esos «aaooo…» de león arrecho en cada verso. Era otro debut  en Lima. Y el “Anacobero” –como a él le gustaba que lo nombren–, con ese mismo timbre que amotina a esos que lo oyeron en la mismísima Agua Dulce y en el Tíbiri Tábara y El Pingüino. Esta vez lo seguí, lo espié, lo asistí con un ron intramuscular y el maestro Daniel confirmó que el mito existía en los pliegues de su garganta. Entonces habitó entre nosotros.

Ahora, el viejo de los bigotes blancos sobre el escenario del Corso gime como esos que saben que su eternidad es una provocación: «Oye, Daniel, ¿has visto a Linda? ¿Linda? Yo no he visto a Linda…» Y el segundo piso es un semicielo en pura púrpura pitagórica con luces de un vatio maligno y Juan José Vílchez, el propietario, alega que además de pagarle y muy bien a este venerable caballero, el viejo cuando canta lo hace llorar. Es que Daniel se mueve alborotado. 72 años y una barrigaza, 72 años y la pragmática del ladino, 72 años y una garganta sacrílega como cuando acompañaba al maestro Pedro Flores –o Flórez como contaba su madre–: «Vive como yo vivo si quieres ser bohemio, de barra en barra, de trago en trago, en el Tíbira Tábara. ¡Qué cosas tiene la vida caballero!»

Y el doctor Esquerre lo celebra y lo abraza: «¿Te acuerdas esa vez en Singapur cuando lo arrugaste a Oscar D’León?». Daniel asiente, «Dios te vendaga», responde y atrapa su vaso de whisky aferrado a su témpano de hielo; sorbe, mira para adentro, hace pucheros, se adoba en vida porque su oído siempre atento registra los tonos que emergen de las piedras del inicio fragoso donde se emulsiona el mundo: «Estoy tranquilo, he dejado la billetera en el hotel», dice y su pluma japonesa –las cuentas de la vida—se yergue del bolsillo de su camisa madreselvas que le sobresale del saco chino. El ensayo culminó de agujas, con jijunas y retruécanos y después de tres horas. Daniel se quiere comer un búfalo con su hambre rabeliano. Tiene apetitos de existencia y de probar ese pescado fresco y crudo que le prepararon aquella vez en El Callao; aunque ande jodido con la tripa gorda, los recordamientos y los esfínteres. Como le contó a su primer biógrafo, el afinado finado Salvador Garmendia. Daniel le dijo que su secreto era ser apenas auténtico, que su música lo era mucho más y que por eso no se podía morir como cualquier cojudo.

 

2.

Daniel es único aunque en el juego de la vida el gozo es binario. En la isla, Robinson Crusoe es lo que fue gracias al oleaginoso Viernes. En la Mancha, el Quijote es proteico con la grasa de Sancho. En los cielos, la era espacial se inicia con Gagarin pero se hace huella en el polvo lunar de Amstrong. En las letras, García Márquez llega a ser el Colón de lo real maravilloso porque Alejo Carpentier, en otra isla, resulta su Américo Vespucio. Pero donde los duetos no existen es en la isla del encanto con el canto de Daniel Santos, un bucanero que inventó el amor épico, vicario y corporativo. Su extremoso corpus sonoro de antro, bohemia y materia prostibularia es patriota en el sentido de padre patrón y es matrono bisensual en el plano del sexo amachado desgarrando el canon de lo bajo social o pélvico, lo uterino maldito, lo estético perverso, en summa, la metáfora transgénica de los esfínteres.

«Yo grabé el Tíbiri Tábara en 1939, después entré y salí de la Sonora». Y fue popular más que conocido como ‘El Inquieto Anacobero’ porque ‘anacobero’ significa en habanero del eros ñañigo  –según Cabrera Infante—: diablillo, bohemio o parrandero. De su debut, sus biógrafos aseguran que fue en la emisora RHC Cadena Azul de La Habana y que fue el primer cantante-autor, honorario y de firma de la  Sonora que administraba Manolo Fernández antes de Rogelio Martínez aunque el mismo Daniel se niegue a darle fe a su memoria. Alguna vez le contó a Gabriel García Márquez, que llegó a La Habana huyendo de unos gitanos malandros de Cartagena y que hasta se pinto el cabello y se disfrazó de pachuco al mejor estilo de Tin Tan.

Cierto, viejo Daniel. Confundía esa experiencia en la Cuba de finales del 1946, cuando Bobby Capó lo presentó al «Guajiro» Amado Trinidad y éste lo contrató para trabajar durante ocho días en el programa «Bodas de Plata, Portagás» donde se ganaba muy bien y sólo cantaban y tocaban los buenos. Lo cierto es que Daniel viajó entre Cuba y Nueva York durante unos 15 años hasta que escuchó que un tal Fidel Castro venía reclutando jóvenes para adiestrarlos en la milicia.

En algún momento pensó irse al monte con los barbudos pero las mujeres y las boites de La Habana no le daban tregua a sus verijas. No obstante, entre guerrilla y rumberas, compuso más de un centenar de temas. El chongo o la revolución, ese era su dilema. Así la historia lo absolvió con «El columpio de la vida» o «Obsesión». Daniel fue el autor de la canción «Sierra Maestra», aquel himno del Movimiento 26 de Julio, con la cual Castro iniciaba la transmisión de Radio Rebelde desde sus comadrejas en la Sierra Maestra en tiempos de Batista.

 

3.

Es jueves y ha empezado la tarde. Daniel apoltronado y con una toalla de boxeador en un vestuario del Corso. La noche lo espera y él funge ahora de Bernstein con un tabaco como una batuta humeante. Los bigotes albos le barren las frases y suelta por joder su «Panamá le tombe…», aquellos que lo oímos gritamos: «Puta, que está igualito». ¿Y Nueva York? Que llegó a los 12 años con su papá Rosendo de los Santos, que fue carpintero y con su mamá María Betancur, esteta de alta costura. Era fregado, llegaban de Santurce con sus tres hermanas: Sara, Rosalilia y Lucy. Les habían prometido un Nueva York como el cielo, pero con la miseria, los parados, sólo la sobrevivencia se parecía menos al infierno. «…el que vive tan cerquita a la candela, si no vive con cautela quemará».

No había cumplido los 15 años cuando se largó a vivir solo. Sus bolsillos ya sabían del abrigo de los pesos. Una tarde tocaron a su puerta. Daniel, corsario, navega en su tina, un océano de emoción lo ahogaba, el único bolero que sabía de memoria lo hacía naufragar a gritos: «Te quiero dijiste» de María Grever. El que lo buscaba era Ignacio Vargas, uno del Trío Lírico, un conjunto musical que amenizaba bailes, bautizos y velorios. Esa noche, todavía empapado de escarcha, debutó cobrando un dólar por canción. Dos sábados más tarde ya estaba cantando con el Conjunto Yumurí en el Borinquen Social Club del Barrio Latino hasta el verano de 1938; el año de su encuentro cataclísmico con el compositor Pedro Flores, cuando lo oyó con su bolero «Amor perdido» y lo invitó a Manhattan para unirse al Cuarteto Flores. Daniel, entre regaños logró acoplarse al grupo y empezó a hacer dúo con Chencho Moraza.

Así, otra fue su vida, algunos dicen que desde esa vez comenzó a morirse. Y entre el jaleo, la soledad de la abundancia, la pobreza erótica, y el virus de la indiferencia amorosa; su tiempo brilló intermitente entre la nostalgia de los paraísos perdidos y las amistades entrañables –llámese hembras de genios arrecíficos– tragadas asas por el tiempo. Eso y mucho más habitaban en la variedad temática que se desprendía de su humanismo radical y de su compasión.

Daniel es tormentoso y no para de hablar. Ora como un príncipe taíno, ora como un gánster del Bronx. Dice para sí, en sus laberintos de esa identidad que paseara por las burdeles, puertos y villorrios. Los más bravos de las ciudades carnívoras que tiene tatuadas en la femoral. Y Saavedra, su empresario cubano, grita que Daniel estará viejo pero no jodan con eso que no es perfeccionista. ¿Y las mujeres, Daniel? «Nos llegó el crack, yo era pandillero, peleador, estuve preso por mujeres y los vicios. Bueno, uno era hombre y para tener una hembra había que cargar arma».  Y cierto que lo apuñalaron, que casi lo matan y una era un muerto honorario en los fastos del barrio. “…El hospital o la cárcel, la iglesia o el cementerio».

Otro sorbo de aquel hombre honorario de resacas y carcajadas. ¿Cómo un hombre borracho, pendenciero y jugador tiene tantos admiradores? Que es un hombre multidimensional que trabaja con el espíritu del canto. Sus 50 años en ese swing, que tuvo de las malas y de las buenas. Y 12 hijos –ninguno cantante– cada cual con su mamá, que ha sufrido pero el gozo es lo suyo. Soy amigo del amigo y muy derecho. Que hoy toma menos, fuma menos pero que no se puede jubilar y como es sencillo ¡Coño! la gente lo quiere. Y ahora suelta un suspiro cuya sonoridad cunde un silencio como un hiato en la serena arquitectura de la tarde. «Perdón, vida de vida, perdón si es que te he engañado».

 

4.

Y llega Lucho Delgado Aparicio y advierte que es una maravilla, que son apenas 50 años de existencia volcánica y ojo, que Daniel grabó también con Julio Jaramillo. Y Daniel es también «El Jefe» –«The Boss» mucho antes de que Bruce Springsteen siquiera naciera–, y en Guayaquil se radicó un tiempo y lo metieron en la cárcel por bochinchero y truhán y  ahí compuso 2 boleros que luego los grabó con Jaramilo dentro de una cantina y la guitarra del peruano Carlos Hayre, el que fue marido de Alicia Maguiña. Y Lucho advierte que Daniel es el prohombre del macho latinoamericano que rinde culto a la mujer desde las glándulas del bolero macho. Y que grabó también el vals «El tísico» y mejor que el mismo Rómulo Varillas. Daniel asiente con esa virtud que tienen los mitos vivos, dialéctico de esa esquina entre la calle Drama y el jirón Amor a unas puertas del solar de la muerte.

Daniel tiene el micro en la izquierda y lleva el compás con los dedos de la derecha: ¿Qué pacto tiene con el tiempo? ¿Y qué estilo es ese? ¿Logrero? ¿Obsceno? ¿Impío? Y ahora reviso una vez más el LP «Los jefes». Qué muchachitos lucen Orlando Contreras y Daniel genéticos de los desamores. Y cómo suena «Mujer» de Agustín Lara o «Celos» de Rafael Hernández. Daniel, pida otro trago, pida no más. «Yo no quería ir a una guerra que no era de Puerto Rico, ¿sabe?, soy independentista ¿Comunista? Jamás, yo admiro por ejemplo, al pueblo cubano pero no estoy de acuerdo con Castro. En EE.UU. decían que yo era pro Fidel. ¿Sabe una cosa?, Fidel es mi pana como García Márquez y como lo fue Torrijos, pero hablamos de mujeres, de comidas y tragos, jamás de política». ¡Salud, Daniel!

Esa mañana en el Corso es imborrable. Ahora una guarachita que aumenta aritméticamente la sed. «El Jefe» no suelta el micro, y su «Virgen de la medianoche» luce en su voz con los labios carmín y en baby doll. ¿Y el Benny, maestro? Y Daniel jura que era extraordinario, que cuando destapaban una botella de Matusalén, ese ron jurásico, llamaban a la Cruz Roja, a los bomberos, y que terminaban cantando en el baño. ¿Y Héctor Lavoe? Que es un gran muchacho pero con la cabeza loca, que hace unos años hicieron un disco y que le recuerda cuando él era joven y qué será de su vida… ¿Y qué le dice Lima? Que hace una punta de años que no venía. Que la última vez no lo dejaban viajar y que lo secuestraron en el mismo aeropuerto. Que se quedaría a vivir El Callao o La Victoria.

Y en La Colmena la gente lo reconoce. Luego en el viejo bar Queirolo de la esquina de Camaná con Quilca, Daniel sigue hablando para adentro y pide otro ‘palo’ y para sorpresa del gordo Óscar Queriolo Que él canta para sus amigos y sus madamas. Y se va Daniel antes de las idolatrías, se va con el sol cuando acaba la tarde y quiere una siesta que es una muerte cortita y sin dolor. «¿Y coño, que tu sabes que tengo más de 72 años, mi hijo?».

 

5.

Y ha pasado el tiempo y no hay dudas, su lírica no hizo otra cosa que sublevar a los derrotados del ADN y los montepíos. Cantó contento, a bolerazos celebró el amor e hizo de su timbre hojalatero un carnaval del pobre. Sin quererlo vio su vida pasar de barra en barra, acaso un suicida cantor o un prestidigitar de amores punzocortantes. Trágico contumaz, fue el resplandor sonoro de una erótica que iluminó los callejones y los quinto patios. Rebelde, se refugió en el trópico lascivo de la dignidad. Luego, asistiría sin falta a su ocaso.

Cuenta Agustín Pérez Aldave que Daniel se marchó de este mundo coronando una muerte que nadie quisiera recordar. Dicen que deliraba y en sus últimas horas estaba atado a la cama en un tumbao falaz. El escritor caleño, Umberto Valverde, autor de «Reina Rumba», confesaba apesadumbrado que Daniel, habiendo sido el macho, el amante insaciable y habiendo cantado tantos temas descomunales, al final, cuando se presentó en Cali, subía y bajaba del escenario acompañado por Nelson Pinedo dando pena porque ya no podía aguantar la orina. Si Ismael Rivera fecundó su muerte trágica cómo cantante y fue patético al darse cuenta que no podía evitar ir perdiendo la voz. Daniel, que logró fama por ese trino singular que le nacía desde el pene, fue testigo de cómo su vida incontinente se le escurría gota a gota por su mismo falo alucinado.

En la loza de su tumba, entre los abrojos de las demandas de los inmortales, los helechos machos dejan leer parte de la letra de su tema «La despedida» y el brillo de sus restos reposan insolentes en el Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis del Viejo San Juan, ahí cerca del mausoleo del maestro Pedro Albizu Campos y de don Pedro Flores, su maestro. Y dice así: «Daniel Doroteo Santos Betancur. Santurce, P.Rico: 5 de febrero de 1916. Ocala, Florida: 27 de noviembre de 1992». No dice más. Y lo digo yo, que lo conocí como a mi padre.

Fragmento del libro SABOR A MÍ. Editorial Mesa Redonda. Lima 2012.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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