Augusto Ferrando / LA ESTÉTICA DE LO GROTESCO

Un texto de ELOY JÁUREGUI

Ferrando

Para Alfredo Kato

 1.

Cada intento aberrante de la llamada “televisión basura” en este 2013 –“Combate”, “Esto es guerra” o “Ponte Play”– trae el recuerdo tragicómico de Augusto Ferrando quien regresa a la memoria colectiva del país. La influencia del inolvidable animador en la televisión peruana es revisada ahora que los estudiosos y analistas ensayan distintas nomenclaturas para lograr fijar conceptualmente el fenómeno de la estrafalario y adefesiero. He aquí algunos rastros y huellas que encarnaba este personaje infrecuente y para muchos inclasificable.

 

El universo de la guayabera

Descomunal y aún muerto, Augusto Ferrando habita entre nosotros. Piedra angular del patrimonio popular de los peruanos, es lo que llaman un cadáver glorioso al que cada cierto tiempo resucitan sus hijos, sus compañeros de “Trampolín a la fama” o sus eternos enemigos –Martha Hildebrandt y todos los sesudos críticos del espectáculo, pero sólo para enterrarlo de nuevo y confirmar que está bien muerto en los fastos de la más reverente repugnancia–. Este inmortal personaje ciclópeo del asco nativo [1] posee, no obstante, un kilométrico pasado en nuestra sociedad entendida como un espectáculo: la risa, el llanto, la limosna y la sobonería.

Así ese amor-odio a Ferrando sé vitaminiza cada cierto tiempo con el castigo de su pueblo sólo porque el «Negro» quiso ser un Dios de los humildes, pero vulgar, huachafo y chabacano, resultó a fin de cuentas un falso profeta de su pregonada y chauvinista peruanidad y, al contrario, sentó las bases del achichamiento más oleaginoso.

Ferrando había nacido en Lima el 15 de enero de 1921 y desde el 2 de febrero 1999 cuando se murió carcomido por la diabetes y el cáncer, todavía no descansa en paz porque aquellos que lo aclamaron hoy le pasan la factura del desprecio y hasta sus hijos lo excomulgaron del ambicioso cariño de su seno.

Elogio de las camisas: De entrada, Ferrando era mayor incluso que su talla [1.90 cm], de allí que este singular Prometeo de las tablas y la televisión, optara por la extravagancia como atuendo. Sus camisas era su bandera. Su sastre, todo un enigma, aunque aseguran que fue su hijo Juan Carlos el diseñador. Al principio y para hacerle una venía lambiscona a los militares, sus guayaberas eran de color pastel [2]. Luego, se cubanizaría con estampados de palmeras, cocoteros y pájaros extraños. Sabio en gustos  populares, el «Zambo» sabía acercarse a la gente. No usaba ternos, aquello era la solemnidad, lo suyo la informalidad. Los colores de su camisa eran los colores del peruano común pregamarrista, andino en la urbe, serrano en la pantalla, zambo chapando fama.

En todo caso, Ferrando se adelantó en los sesenta al color de lo chicha. Chacalón o Los Shapis tuvieron un pretexto para imponer la encendida policromía de su vestuario, después. Era  entonces, pacharaco sin copia, ramplón sin parangón. Un ídolo que comía cau cau o fritanguita como todos, un líder de opinión que le hablaba de tú a la clase dirigente. Pues hay que decir que cuanto candidato a alcalde, a parlamentario y hasta a presidente llegaban a “Trampolín a la fama” para promover su programa político. Luego Ferrando diría: «Belaunde es mi amigo», «Alan es mi pata», «Chino [Velasco] no te pases, tú eres mi choche».

 No nos ganan. Las frases piadosas. Cuando Ferrando impuso expresiones como «sale caliente», «te hicieron el avión». «no nos ganan», «no té pares negrito», «San Martincito de Porras no me podías fallar», «siempre contigo», «ya te estás ganando alguito» estaba patentando un lenguaje, un discurso revolvedor articulado al habla del resto. Por eso, antes del programa, obligaba a su escudero Leonidas Carbajal a una disertación florida y «maestra» que no decía nada.

Allí probaba que las palabras eran valiosas sólo cuando eran necesarias. Lo suyo era el entretenimiento, no el ejercicio de pensar. Su gente llegaba el fin de semana cansada por el trabajo inmisericorde, cómo diablos un sábado lo ibas a obligar a la reflexión profunda. No señor, hay que darle ‘entretenimiento’ y alegría para que el lunes, se siga sacando la mugre.

La espontaneidad, las ocurrencias, la chispa, los apodos, todo aquello que llamaban «criollismo», fueron uso de Ferrando desde la época de la radio [3]. Entonces su espacio hípico radial “Para todo el mundo”, reunía entre carrera y carrera a cómicos amateurs que espontáneamente aparecían en los barrios: ellos se encargaban de trasladar la carga semántica de las esquinas, el achoramiento del chiste y la burla inclemente a los oyentes timberos mientras esperaban la gesta de Radio Pallanga o el triunfo al galope de Alfonso Carbonell o Antón Vásquez.

El ocaso de la lágrima. Lloro, luego cobro. La última vez que vía Ferrando lo aguardé más de cinco horas. Era el invierno de 1996 y había muerto Leonidas Carbajal, «el filósofo de la miseria», “el feo que habla lindo”. En la mañana, la misa de difuntos en La Punta. Ahí llegó Ferrando y lloraba. Luego cuando cargaban el ataúd con rumbo al cementerio del Callao, Ferrando lloraba. Más tarde en el estudio 5 de Panamericana, Ferrando seguía llorando. «Discúlpame hermanón, es que soy muy sentimental y se me ha ido un hermano», decía. Los peruanos informes que lo seguían y lloraban igual que él desde tiempos de Atahualpa, estaban seguros de que su llanto era tan auténtico como sus limosnas.

Las fotos en los periódicos de la época hacían eco y vendían con sus sucesivas tragedias. Murió Mechita, la esposa, el 5 de mayo de 1984 [4]. «Ferrando se convirtió ayer en la personificación de la tristeza al perder a la compañera de su vida que cayó abatida por un paro cardiaco. ¡Fuerza Negro!» escribía un periodista estreñido del diario Ojo. Luego moría Carbajal pero la desgracia mediática sin parangón ocurrió el 19 de octubre de 1989 con el fallecimiento de la mamá, doña Rosa Alejandrina Chirichigno viuda de Ferrando, venerable anciana de 101 años de edad. Las exequias fueron transmitidas en directo y la multitud, su «lindísima gente» le arrebató el ataúd a la familia gritando: «es nuestra madre» «es nuestra madre».

 

Una vía láctea pueril

 

Su estética guayaberil engarzaba con el melodrama de las  expresiones  populares bajopoblanas. Su rollo reflejaba y se veía reflejado en la cotidianidad. Ojo: Ferrando venía del radioteatro cómico a la manera de «El Zorro» Iglesias o Gila o los cómicos  de Loquibambia” [5].

Por eso tenía el aliento de la música popular y  la novela rosa. De esta manera  aseguraba la relación conductor/público y hacía de suya una recuperación del gusto masivo, de escuchar y contar historias comunes. Su sintaxis era «achorada» en versión género festivo: una convención lingüística que llegaba a un grupo amplio y homogéneo. Esta ligazón se relacionaba con la ilusión de realidad, de que todo ocurre «naturalmente» y que él era tan igual que el que lo estaba viendo.

No era Don Francisco –el conductor chileno– porque este vestía traje y daba la impresión de ser un jefe o gerente. Ferrando al utilizar la iconografía y lenguaje ramplón [su repertorio no excedía las 300 palabras], se igualaba al común de la cofradía. Y un famoso era un famoso. Y no hay famoso que se respeta que no tuviera un mito que lo acompañe y los cubra con ese velo que todos, aplaudidores o abucheadores, quisiéramos romper, o al menos ver cómo otro lo rompe. Muerto el líder, el vulgo así se preguntaba qué dejó cuando murió, las joyas que sospechaban eran abundantes, la herencia como botín del miserable. Y con quién dormía, si era bueno como pregonaba, si hablaba hasta de lo que no sabía, si era culto o inteligente.

Jaula de cuervos. Los hijos del desorden. Augusto Alberto «Chicho», Rubén, y Juan Carlos, así se llamaban sus hijos. Publico el padre, ellos también fueron públicos. «Chicho» había heredado el genio del progenitor. A los 8 años ya trabajaba en la Peña y anunciaba comerciales en la radio. Luego tocaría las congas en orquestas tropicales de pequeña monta y hasta dirigió el semanario hípico «Para todo el mundo». Melómano el padre, «Chicho» tuvo su programa en radio Victoria “Rarezas con Ferrando” donde presentaba parte de los discos que Ferrando traía de sus numerosos viajes a EE.UU. Entonces, mezclaba papas con camotes, porque él era así, disperso y desparramaba la vista.

Rubén fue el engreído porque nació con múltiples enfermedades, todas guardadas bajo 7 llaves. Quería ser actor y Ferrando lo mando a Los Angeles. Después de tres años volvió con el rabo entre las piernas. Luego se dedicaría a pequeños papeles en los programas «Risas y salsa» y «J.B. El imitador» donde no destacó por déficit de talento. Hace meses y causa de la diabetes le amputaron una pierna y ya no pudo salir del hospital. La noche del lunes 23 de abril murió pidiendo «Papá, llévame contigo» como informó el diario Trome.  Juan Carlos, en cambio fue [es] feliz. Alejado del seno familiar, estudio en el extranjero y se graduó en la BBC de Londres en producción de televisión. Un día, fue más noticia que el padre. Se había declaro homosexual  y no tuvo problemas en confesarlo públicamente. A Ferrando, la opción del último de sus vástagos le cayó como un misil. Él, el prototipo del macho nacional ¡cómo diablos iba explicar que tenía un hijo marica!

La risa como parche. Noches de radio. Ferrando llegó a la radio galopando. Como vivía en el hipódromo, se acercó a los locutores que relataban las carreras. El 23 de diciembre de1934 debutaba como narrador de handicap en radio OAX. Tenía estilo y una memoria prodigiosa para reconocer a los pura sangre. Pero también quería ser actor. En plena «Edad de oro» de la radio ingresa a radio Excelsior a colaborar en los espacios de Pedrín Chispa. Luego recalaría en radio Goyeneche y en radio Central ya como cómico en el programa “El risómetro de risa” donde interpretaba un personaje llamado «Copón». Finalmente sería contratado por radio Victoria donde fundaría la famosa Peña Ferrando.

Desde la caseta del Hipódromo de San Felipe, cuando el vale triple costaba un sol y sacarse la polla era cuestión de valientes; un domingo sin tallarines era aceptable, pero sin Ferrando, era un día tormentoso. Cuando el «Negro» celebró sus Bodas de Oro, con vuelta olímpica a la cancha de Monterrico con doña  Rosita, su viejita y en auto descapotado, recibió el cariño de esos que todavía confían en la suerte.

Ferrando, que fue un gran locutor de carreras, era hijo de Santiago Ferrando Rondón, un capataz del stud Alianza del ex-presidente Augusto B. Leguía. A los 15 años ya era preparador y trabajó en Chile como el entrador más joven de caballos de carrera. Por eso juraba que desde que trabajó en la vieja cancha de Santa Beatriz [hoy Campo de Marte], nada lo entusiasmaba tanto como una llegada cabeza a cabeza.

Se jugó la camisa. La política desalmada. «Si no gana Vargas Llosa me voy con mi música a otra parte», dijo un sábado de junio de 1990 en Trampolín. Nadie le creyó. Ferrando que hablaba con su gente de todos los temas nacionales, había pisado una mina. Los políticos lo habían usado infinidad de veces, ahora el «Zambo» quería usar al candidato más fuerte y seguro de la historia: Mario Vargas Llosa. ¿Sabía Ferrando de neoliberalismo, de economía de mercado? No, su olfato chusco esta vez le falló. Pero igual habían apostado por el escritor candidato los periodistas César Hildebradt y Jaime Bayly, pero ellos sí eran (son) avezados en las lides políticas.

Fue Bayly –quien dos o tres noches antes, cuando se declaró a favor de su candidato, lo había adulado grotescamente ante cámaras– quién le exigió, al día siguiente de la derrota del Fredemo, que cumpliera sus promesas: «Aquí en mi programa lo dijo abiertamente que se iba si perdía Mario. Entonces debe tomar el primer avión que tenga a mano y refugiarse en el paraíso de Miami, tomar sol y ganar en dólares. Hay que tener palabra de hombre. De lo contrario estamos perdidos. Gran parte del pueblo ha tomado su decisión. Eso esperamos todos quienes nos comprometimos en una tarea política. El criollismo hay que dejarlo de lado. ¿Estamos?». 16 de junio de 1990. Ferrando quedó abatido. Había sido el gran sacrificado. Ese año había comenzado el último tramo de su carrera y no precisamente cuesta arriba, como en otras épocas.

 

Aquel satélite miserable

 

Ferrando fue un caso único en este país de ingratitudes y hasta fue actor de cine [6]. Porque hablaba del pueblo como quien pide una limosna. Y puebleaba a todo el mundo porque su tesis de que no hay peruano de que no haya visto “Trampolín a la fama”, era antítesis de una tradición de gustos por lo banal, por aquel contento de millares de personas que encontraban en este personaje al gurú de sus penas y frustraciones. Por eso Trampolín a la Fama alcanzaba una audiencia insospechable cuando la burla le hacía juego a la misma la muerte.

La pantalla familiar aceptaba a Ferrando en el nivel más ínfimo de la educación. Así, los dueños de Panamericana Televisión presionaban para que su lenguaje y sus sketches tuvieran el rango del vocabulario básico, pueril, esterilizando y que sea ‘accesible’ a todos. Era un programa sólo para mayorías y las mayorías se atrofian con los conceptos y las palabras complejas o que obliguen al diccionario ese lugar sagrado y al mismo tiempo hostil. Por eso, Ferrando hacía uso de esa máxima de Pocho Rospigliosi, hay que dar siempre «lo que le gusta a la gente».

«Yo lo descubrí». La Peña Ferrando: Era revista cómico musical más que otra cosa y peregrinó desde 1967 hasta 1982 por diversas salas con su espectáculo de humor político.Augusto inventó la peña cuando, entre carrera y carrera, la gente se quedaba dormida. En los albores de la radio, la Peña  fue también una institución. ¿Quién no fue descubierto por Ferrando? Yo solamente recuerdo a Lucha Reyes, mujer de voz impresionante que falleció de aquella enfermedad a los pulmones que es patrimonio hereditario de los que desde chicos comían sólo cuando la jornada dejaba para eso.

Y  ahí está la imagen del César «El loco» Ureta, que murió poco después de una actuación en la Peña, complicado por una peritonitis. Y Felipe Sanguinetti y Luis Pizarro Cerrón y Ángel Crespo «Pelito» y Nicomedes Santa Cruz y «Gutapercha», todos ahora habitantes de otro mundo, aunque sus voces hayan labrado el sonido de nuestras vidas. Pero la Peña manejaba iconografía propia. Una camioneta cerrada recorría la ciudad, era la móvil de la Peña que manejaba el sobrino Santiago Ferrando. Todavía está el recuerdo de los logos comerciales que lucía el vehículo: Aji no moto, Colgate, Bata Rímac, Sapolio. Era más que un mundo, un país andando, ahí viajaba nuestra ilusión.

«Un comercial y regreso» Trampolín a la fama. Curioso, aquello que sucedía con el programa que estuvo en el aire por el primer canal masivo del medio. A lo largo de 30 años mantuvo el discreto encanto de ser un espacio de culto masivo y predominantemente popular. Era desparpajado pero gozaba de la bondad de la Santa Iglesia Católica. El Cardenal Landázuri llegaba de vez en cuando para dar su bendición. Así debía protegerse la moral tradicional. Eso  significaba: fuera condón, abajo la pornografía, largo los vellos genitales. Podía existir la insinuación, jamás el pecado, aquello era el infierno automático. Ferrando escuchaba, y le sacaba la vuelta.

Y las danzarinas al peor estilo del Follies Berger, ataviadas de plumas y lentejuelas, abrían las puertas del programa y de la felicidad, de los concursos de intérpretes, de los juegos y los regalos [7]. La escenografía la componían los mismos íconos del baratillo. Y aparecían los inefables personajes del medio pelo y se iniciaban los discursos socráticos y los saludos al presidente, al prefecto, al general de la PIP, y hablaba Violeta, una mujer entrada en años. Y Carbajal entrado en copas y Tribilin trataba de justificar el mísero sueldo y la Sra. Inga retaba a Shakespeare y todo el mundo reía a pierna suelta  y «calzón quitao», aunque Otto de Rojas desafinaba como un loco, y ahora venían los comerciales y a uno le daban ganas de romper el televisor.

Los frutos de la ira. Herederos están vivos. Ferrando ya retirado de los sets de televisión se espantaba con aquel esperpento que era su propia herencia: [8] «Yo era el símbolo de lo popular, jamás utilicé la vulgaridad ni la grosería», decía el «Zambo». Aquel que empezó descubriendo a Gilberto Cossío Bravo, a «Pelito» y a Lucha Reyes. Que luego le brindó la oportunidad de debutar frente a las cámaras a José Escajadillo, a Miguel y Cecilia Barraza, a Percy Arana, a Betico, a Jorge Baglieto, a Nancy Cavagnari, a Carlos Álvarez y a Jorge Benavides entre tantos otros, no pudo descubrir qué sorpresas iban a ocurrir en la televisión. Porque una vez muerto, no quedó en el olvido. Su bandera la pasean otros conductores. Así, sus herederos directos bortaron como la pus fujimoristas en los estertores de la década podriada, y ahí están, hondos y lirondos sus hijos putativos: Raúl Romero y Jaime Bayly. Sus vástagos indirectos: Laura Bozzo, Magaly Medina, Janet Barboza y otros seres esperpénticos que no mencionaré.

Ferrando aseguraba que después de él, nadie. Se equivocó. Con su muerte, la animación perdió el patronazgo de la impronta callejera, la chispa y la ironía del barrio. Su contribución al showbizz fue tan ambivalente que aún en vida, Ferrando recibió un «homenaje-emboscada» en el espacio Fuego Cruzado” donde Martha Hildebrandt y Magaly Medina –su más diabólica testamentaria– lo hicieron puré y el «Zambo» fue demolido hasta el llanto a vista y paciencia de sus candelejones conductores, la Balbi y el Guzmán. Justicia poética, los Ferrando redivivos, aquellos que después se disputarían el vacío que él dejó en la candileja popular, eran sus verdugos. Así pues, al animador de las multitudes, la alegría del pueblo, le habían dado de su propia medicina.

Coda con cola. El final aberrante. Ferrando murió hace más de tres años y muchos están empecinados en no olvidar su existencia. «Era un hombre bueno. Era un hombre justo. Un ser superior. Un ser tocado por la divinidad. Ferrando fue un santo», dice la masa informe, el vulgo, el populacho, como se le llama a veces no tan académicamente. De ahí que, casi todas las noches, no falta un animador o personaje con espacio propio en la telebasura que levanta su sepulcro para reclamar su resurrección y asombrar al respetable. Romero y Bayly –ambos en «su Panamericana Televisión»– y en menor escala Lucho García, han abierto su tumba y, sustrayendo su más cara esencia, la han expandido con hedor y sin pudor. Son sus herederos genéticos, no cabe duda. De esta manera, sin llegar a la talla de Ferrando, la continuidad está asegurada y en su nombre, cuanta barbaridad nos espera. Ya lo dijo una noche la señora Beatriz Merino: «Con la muerte de Augusto Ferrando acaba el siglo XX en el Perú». Cierto, todavía no había muerto Rubén, su segundo hijo, suficiente pretexto para anunciar que el nuevo milenio estrenaba el sello tráfico del «clan» Ferrando aunque el mundo siga andando.

 

Notas:

 

[1]    Atípico peruano, pesaba 140 kilos. Goloso colosal,  pasaba más horas de las naturales, en baños turcos, saunas  y era afecto a dietas y cuanto régimen canalla para adelgazar. Se cuenta que se comía dos tortas como postre y tres gaseosas del tamaño familiar sólo en el almuerzo.

[2]   Guayabera: dícese de la camisa tropical puesta de moda por las huestes de Fidel Castro al inicio del socialismo cubano. Velasco en el Perú, obligó a los trabajadores del sector público a usarlas obligatoriamente durante el verano. Era el look de los afro-latino-caribeños-comunistas. Ferrando, a decir del diseñador José Miguel Valdivia, usaba camisas  estampadas, de una seda brillante, como las blusas de damas. Beto Ortiz es distinto a sabiendas. Su vestuario es deliberadamente kitsch, casi camp.

[3]   En radio Central, Ferrando se consolidó contando chistes. Luego ingresaría al colectivo Loquibambia. Allí contactará con Joaquín Roca Rey. Fernando Farrés, Benjamín Ureta, Chicho Gordillo, Rosa Wunder y Felipe Sanguinetti. En Alonso Alegría: O.A.X. Crónica de la radio en el Perú (1925-1990), RPP Editores, Lima. 1993, se cuenta la vez que el Director de Gobierno en tiempo de Odría, Alejandro Esparza Zañartu, mandó a la cárcel a Ferrando al confundirlo como espía chileno.

[4]   Una afilada investigación del diario Trome dio pista para abordar las tragedias familiares de Ferrando. Mechita, era la esposa pero también la prima hermana del «Zambo». Grabe de un mal cardiaco, no quiso creer lo que la gente decía y que queda por confirmar. Que Ferrando tenía relaciones con una de sus hermanas, la cuñada Julia. Que cuando murió Mechita, la cuñada cargó a Guatemala con todos los ahorros y el menaje de la casa de Augusto Ferrando. Los hijos sabían de estos eventos y jamás perdonaron a su padre.

[5]    La «chispa» Ferrando había contagiado a la mayoría de los personajes de «Loquibambia». En 1970, cuando el programa se traslada al Canal 7 y cambia de nombre por «Loquilandia», la televisión descubre un estilo desenfadado de hacer humor a la criolla. En Canal 5, El Tornillo era lo que se llama un programa de humor blanco con cómicos de larga trayectoria.  «Loquilandia», dirigido por Felipe Sanguinetti, erotizó los gags y las piernas de Teddy Guzmán fueron el gancho.

[6[   Ferrando apareció como personaje justiciero a quien le doblan la voz en la película de infame recordación «Bromas S.A.». Filme peruano-mexicano rodado en Lima en 1967 y que contó con la participación de los actores Antonio Badú, Mauricio Garcés, Daniel Riolovos y las peruanas Patricia Aspillaga, Regina Alcóver y aquellos engendros llamados Cachirulo y Copetón.

[7]    Domingo Tamariz escribió en Caretas: «su programa se convirtió en un incesante ir y venir de gente humilde, a la que en su drama arranca una sonrisa y regala a manos llenas enseres domésticos y productos alimenticios. Hombre emotivo, sensible, más de una vez se le humedecían los ojos ante una situación dolorosa. Pero también temperamental y, más de las veces, discutido».

[8]   En recordada entrevista de Mario Campos. Somos 28/03/1998. Dijo Ferrando: «a televisión de ahora me da asco. No creas que soy cucufato, pero la televisión actual me produce asco, una vergüenza, y todas esas barbaridades en nombre del bendito rating. […] La televisión ha tomado la línea del exceso, y no me van a decir que soy un cucufato, por favor, pero lo que se ve ahora parece mentira es una pesadilla. Para decir «carajo» me demoré uno, dos, tres años, ¡pero ahora!  Sabes, yo no era vulgar.

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Augusto Ferrando / LA ESTÉTICA DE LO GROTESCO

  1. Digan lo que digan, Ferrando arrancaba muchas sonrisas, sobre todo porque la T.V. de los 70 no tenía nada para pasar un Sábado en familia, el era un pretexto para no salir y compartir su programa de risas y canciones.
    Gracias Augusto, por los buenos momentos que compartí con mi familia, lo que lograste ningún Peruano en la T.V. pudo.
    Descansa en Dios.

  2. cecilia dijo:

    que articulo mas bueno….real, contundente, ni lo satiriza ni lo glorifica y es que asi era Ferrando, un malo con cosas buenas….le pese a quien le pese el forma parte de la historia popular de nuestra farándula chichera, nos entretuvo vivo y aun muerto con esta síntesis de su vida y carrera, los ratings sabatinos de trampolín a la fama no los tendra nadie mas en vida, era un mounstro!!!! QEPD

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