Madre / MI OÍDO EN TU CORAZÓN *

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Juanira BN

 “mi recuerdo te viste siempre de blanco
como un recreo de niños que los hombres miran desde
aquí distante”

Carlos Oquendo de Amat.

 1.

Noventa años después y mientras ella reforzaba con grafías las orlas de esa colcha que le regalaría a su hijo, recordó entre suspiros adormilados que detrás del río, su valle era ubérrimo, fecundo y de un clima fresco como las uvas del tiempo. El cauce del río amurallado por las estribaciones de la cordillera y los promontorios de los escarpados cerros costeños donde destacaba el aroma de los huertos de nísperos, y melocotones abridores, y más allá los corrales donde los cerdos retozaban mordiendo crisantemos violetas, el lagar y los alambiques para el recio pisco acholado. Qué era una vida distinta, lo era. Qué las horas tardaban más, era cierto tanto que la rotación del planeta traía las noches de vez en cuando y una podía ponerse a soñar sin más remedio hasta que ocurra aquello del cometa Halley.

Ella era la hija del minero y así la nombraban y así lo sabían porque hacendosa había acompañado a su padre, don Luis Coronado, a negociar el gramo de oro a 30 céntimos a los chinos del Tambo. Y así la conocían los arrieros que bajaban desde las heridas de los volcanes de Arequipa con sus mulas cargadas de choclos machos y papas a punto de reventar. Uno, a quien le decían «El Negro Néstor» –más con respeto que con miedo–, en cambio solía llamarla «La China» a secas y a ella, a sus 13 años, le causaba una deliciosa gracia de los ojos para abajo. La señorita Tarcila, la única profesora de la única escuela del valle, le había repetido hasta la saciedad que los incas eran catorce, que el cuarto menguante no era tiempo para la regla, que el río se llamaba Ocoña y que la edad para casarse era los 15 años porque así estaba escrito en los tratados de la Divina Providencia. Ella amorosa, había repetido tres veces la primaria porque no existían otras materias para estudiar y así supo que los libros eran obra de los hombres y que a parte de los camarones del verano, el resto del valle pertenecía a los gringos de la compañía Calata de San Juan de Chorunga [1] y que, cierto, la edad era la única propiedad que ella podía disponer. Entonces le dijo a su corazón que escoja al hombre que la abrigara hasta el fin de sus días y qué carajo, que una debía de tener los años que mejor le convengan.

Vestida de un blanco rozado y apurado por las cuentas del amor, apareció luciendo su vestido de novia la tarde en que se iba a casar con Roberto Delgado. Todo estaba listo, el carnero sobre las brasas, el vino en los odres de reglamento, las racachas tostadas por las piedras quemantes. Los invitados incluso habían apurado los primeros aguardientes y las mandolinas conforme pasaba el tiempo fueron interpretando yaravíes cada vez más tristes hasta que apareció la noche y el novio jamás llegó. Ella fue dura consigo misma y pensó que todo era culpa del pájaro chihuanco rojo que vio de madrugada. Así aprendió a culparse y liberar a la familia del novio, que dos días después, le rogó que lo perdonara, y que se vaya a vivir con él porque se cagaba en sus hermanas y que fueron estas las que habían impedido la boda. Ella le creyó. Luego se fueron tras las higueras y ahí él le enseñó que se podía soñar con los ojos despiertos y que el amor era mejor cuando estaba pegado a la piel y sin ropas.

Ella amó a sus tres hijos y al novio con licencia de marido. Entonces recién creció aprendiendo que las mujeres no eran dueñas de nada pero no le guardó rencor. Un domingo, cuando los del valle vieron en el cielo al primer avión comiéndose las nubes, escuchó cómo su padre gritando que se venía el fin del mundo y apurando las riatas de los burros, cargaron a toda prisa sus talegas y con los baúles a medio cerrar enrumbaron por la cuesta a Cuno cuno en busca de esa ciudad de maravilla que llamaban Lima donde la gente era elegante y ya no se usaba velas. Su padre, el viejo minero, su mamá y sus hermanos estaban emocionados. Ella en cambio no dejó de llorar. Sus pasiones se habían quedado enterradas en las tumbas equivocadas.

 

2.

Quinto Patio. Ella estuvo sin habla durante más de tres meses. Ya en Lima, instalada la familia en un rancho de Surquillo, la llevaron donde un huesero de espíritus. El hombre de los dientes verdes la observó de hinojos y apenas alcanzó a decir: «Llévensela, ésta tiene mal de cine». A su mamá Rosa Rivera, el diagnóstico le pegó en el pipute. Sabía de encantos y amarres pero jamás imaginó que su hija pudiera ser víctima del síndrome de Arturo de Córdova, el actor mexicano, el de «Algo flota sobre el agua» y «El conde de Montecristo». Ella, apenas llegaron de Iquipí, descubrió el sétimo arte como un año más tarde halló a su segundo novio. El cine Leoncio Prado se clasificaba como un cine charro y Pedro Infante y Jorge Negrete tenían en pindinga a todo ser humano que tuviera tetas en ese barrio de las transfiguraciones a tal punto que todos hablaban con un dejo a Jalisco y las mujeres más encabritadas querían parecerse a Elsa Aguirre.

La poca plata que trajeron del valle se acababa [2]. Ella tomó la iniciativa. Una mañana mientras le quitaban la nata a la leche les dijo a sus padres y hermanos: «Me voy a conseguir trabajo, cuiden a mis hijos». Regresó por la tarde. En un taller de Miraflores donde necesitaban una ayudanta le dieron un adelanto de su primer sueldo. Eran 5 Soles. Nunca habían visto tanta plata junta. Además, podrían ir a platea del cine Marsano. Desde esa vez ella, la hermana menor, fue la consulta obligada y el consejo atinado. No sabía de ciencia más bien de conciencia. Sus hijos crecían y aunque ella jamás los descuidó, una noche mientras luchaba a brazo partido con el insomnio y la imagen de María Félix en «La Diosa arrodillada» se convenció que a sus niños les faltaba un padre. Entonces, dejó que su corazón otra vez adivinara el color de las sedas pegadizas de ese que iba set el hombre de su vida.

Un sábado del verano de 1949 y ya con Odría en el poder, aquel a quien le decían «El Negro Néstor» conducía el Jeep que ahora remplazaba a su caballo «El Macho» y avanzaba por la calle González Prada. De pronto en el vecindario se oyó una frenada y un grito: «Don Lucho Coronado, por fin lo encontré». Cierto, ese a quien le decían «El Negro Néstor» y que hacía trueques con el viejo minero y que a ella la llamaba «La China», los había ubicado. Entonces abrieron las damajuanas del pisco de la tierra memoriosa y de sólo recordar con los ojos vidriosos de melancolías se emborracharon a los gritos. Ella supo desde que le miró el latido de su ojo derecho que ese era el hombre que le faltaba. Entonces recordó su vozarrón a charro con cananas, supo por qué le gustaban los mexicanos y volvió a saborear esa deliciosa gracia que sentía de los ojos para abajo. Al día siguiente ella preparó un chupe de chalona, habas frescas y papas chancadas. A ese que le decía «El Negro Néstor» no le quedaron dudas. Valió la pena esperar. Valió la pena buscarla. Valía saber que ya no viviría jamás solo. Tres meses después se casaron. Él no se hizo esperar. Ella misma se confeccionó su nuevo traje de novia. Desde ese día aprendió a cantar como Libertad  Lamarque y él se hizo conocido en todos esos pagos por su interpretación de «Flor sin retoño»[3] y pasó a llamarse simplemente Néstor.

 

3.

Foto en la Plaza San Martín. Ella está con un vestido estampado elegante, un sombrero damasquinado le cubre el peinado bombé y sus zapatos taco aguja le dan un aire a mujer de mundo. Con la mano izquierda tiene cogida a una niña de tres años y el niño que está sobre su derecha le toma la mano a la altura de su cartera de Pedro P. Díaz. Así están en el retrato. Ella y sus dos hijos con su Néstor. Él ya administra una pequeña librería en el Parque Universitario y ella ya terminaba su carrera de cosmetología y habían alquilado una peluquería en la avenida Primavera. Los cinco hijos estudian. La plata no abunda pero alcanza. Ella fue dirigente de la asociación de propietarios de Villa María del Triunfo. Era la tesorera y más de una vez había rechazado las coimas. Ella era la presidenta del comité que otorga los terrenos. Así supo de amenazas y se hacía más justa. Una noche mientras la junta se reunía en los salones de la peluquería ingresó una turba de matones. Ella arengó a los asistentes, éstos tomaron las navajas y las tijeras y los hicieron huir casi trasquilados.

La casa de Néstor y de ella se convirtió desde ese tiempo en una suerte de consulado para los parientes y paisanos que llegaban de Arequipa. Los de Andaray o los de Yanaquihua. Los sábados eran de fiesta obligada. René, el hijo mayor, alquilaba pick ups y exhibía los últimos éxitos de la Sonora Matancera. A medianoche, ella –que había cumplido los 35 años– decía ya, y comenzaba a servir los chupes [4] que a Amaranta Úrsula jamás se le hubieran imaginado. Eran platos humeantes de carnes tutelares rociados de paico, hierbabuena y cochayuyos que le daban categoría rotunda a las tronchas de carneros o de bueyes viejos que sólo ella sabía dominar en armonía con los generosos choclos. Dicen los que la vieron en esas jornadas, que ella logró patentizar 108 chupes y media centenar de zarzas mientras Bienvenido Granda inflamaba el barrunto con su sicalíptico bolero: «Señora».

Ella vio morir a sus padres y crecer a sus hijos. Ella fue el verdadero sostén y el amor en pantuflas cuando su cabello se comenzó a poner cano. Ella que no sabía de males cantaba por los mañanas como una alondra y le devolvía la felicidad con RUC a los suyos. Ella que descendía del poeta Mariano Melgar, una noche de setiembre de 1981 sintió que su Néstor se moría precisamente de su músculo más grande y generoso, el corazón. Ella supo guardar el luto con orgullo y prohibió la tristeza.

Entonces heredó la pequeña librería de su Néstor en el Parque Universitario y con esa sensibilidad que le otorgó su ternura le cambió de giro inclinándolo al fomento de la joven poesía. Y sabía de autores y de canciones. Y conocía del soporte anímico y del único secreto que tiene la vida decente, la libertad. Y esa fue su prédica, ese su canto. Un día se fue a vivir a Buenos Aires, a la casa de una de sus hijas y allí se quedó sin hacerle ascos a la prepotencia de los porteños y al contrario, impuso su mano y se hizo de más nietos. Un día la tristeza le jugó una mala pasada. Su corazón se desbordó de tanto cariño. Pero ella era cada vez más fuerte y venció a las sordas leyes de la muerte.

En Lima, volvió a imponer su estilo. Protegió con paciencia a la nieta, cuidó con rigor a su bisnieta, puso orden en su familia, renegó del sátrapa Fujimori, opinó en contra del neoliberalismo, se hizo más hincha del Puma Carranza, abominó de las telenovelas venezolanas, cultivo la filosofía ardilla, le vino otro pre infarto y lo volvió a derrotar. En su cocina pintó un lema bajó su jaula del loro: «no habrá mucho pero hay y rico». Luego, jamás se la vio triste, ni cuando le rompieron las venas las enfermeras montesinistas del hospital Rebagliati y reapareció con sus chupes y se hizo experta en ‘gallos’ de Cavero y Avilés y no se cansaba porque seguía en sus ollas de la dignidad sin tiznes y con la más tierna inmensidad de sus besos en la frente. Ella se llamaba Juana. Es mi madre. Alguna vez tenía que decirle cuánto la quiero y contarles que hace tres meses se murió. Y eso no estaba en su programa.

—–

[1]          Zona minera donde hasta hoy se sigue extrayendo oro y los camarones de río son la envidia de la región. 

[2]         José Matos Mar en su “El desborde popular” aplica una categoría que describe los usos de la sobre vivencia de los provincianos.

[3]         Bolero con mariachis que hiciera popular el mexicano Pedro Infante en la década del cincuenta.

[4]         Plato redentor de la cocina arequipeña sólo comparable con la paila griega que hace a los humanos caer en los pliegues de la locura. 

*             Juana Beátriz Coronado de Jáuregui nació el 5 de diciembre de 1922 y falleción el 15 de marzo del 2013.

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Madre / MI OÍDO EN TU CORAZÓN *

  1. Clara Pawlikowski dijo:

    Una cronica extraordinaria, tiene ritmo, tiene sentimiento, aterciopelada por delicada, minuciosa en sus detalles

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