Pasión 1 / MEMORIAS DE UN CENTRO DELANTERO

Un ensayo de ELOY JÁUREGUI *

jose_manuel_moreno

1.

Yo tomado de las manos de mis padres y de pronto se hizo la luz. La luz artificial del Estadio Nacional. Un espectáculo de colosos. Y del silencio de mis 4 años de repente sólo el estruendo de la masa con los ojos clavados en aquella alfombra verde del campo de fútbol. Jugaban Argentina frente a Brasil. Era el Campeonato Sudamericano de Lima. Yo ya no fui el mismo. Y fue más que un encuentro un deslumbramiento. Desde la negra boca de las enormes escaleras hasta aparecer por la gran puerta de Oriente –la tribuna, no el continente—transcurrió una eternidad que ahora me parece un segundo.

El fútbol no es una metáfora poética. Es la metáfora misma. En estado puro quiero decir. La vida quizá tenga filosofía o justicia poética. Eso depende del estado de ánimo. Lo que no puede faltarle es fútbol. Eso lo entendí días después, cuando escuché por radio El Sol a Oscar Artacho dialogando con Raúl Goyburu y Rodolfo Espinar en su «Pregón Deportivo». Cierto, no eran los diálogos de Platón pero cuánto se parecían. Ellos hablaban de fútbol, y yo imaginaba que el ser y la nada era un proyecto concreto de la realización humana detrás de un balón y el gol.

La prensa deportiva del Perú, en aquellos años, sufría de anemia democrática pero gozaban de estornudos libertarios. Al dictador Odría le gustaba el fútbol pero detestaba la inteligencia. Y los periodistas que podían comparar un amague de Toto Terry o un taco de Guillermo Delgado –sólo por nombrar a dos exiguos futbolistas que en esos años compartían cartelera con rumberas como Betty Di Roma o Anakaona—con la flama demócrata que incendiaba a la clases política, merecían el auténtico calor del pueblo más no de la masa populista ahorcada por el caudillismo del militar del «Pan y circo».

2.

En tiempos de Manuel Prado, los periodistas deportivos tuvieron en Alfonso Grados Bertorini a un tenor de polifonías inusuales. El maestro firmaba como «Toribio Gol» sus crónicas que eran un ejemplo de higiene prosódica. Sé podía ser político y describir una pirueta de Huaki Gómez Sánchez. En realidad, Grados Bertorini había heredado una vertiente de los jóvenes que construyeron la revista «Equipo», un hebdomadario que produjo la mejor generación de periodistas de la década del 50 y que luego pasaron a «la escuelita» de La Prensa, Ultima Hora y luego Expreso y Correo.

Yo era un niño, mejor un púber con ojos para otro juego, el de las artistas mexicanas que descubrí en el cine Primavera de Surquillo, allá cerca de los mares [y bares] del sur. Mi casa no tenía vista al mar sino al mal. Entonces las piernas de Ana Bertha Lepe y los pechos de Sonia Furió me enfurecían mucho más que cuando Dimas Zegarra –el largo arquero de Universitario—se comía un gol por la huacha. Pero a mis diez años no sólo miraba el cine con una mano sino que observaba el fútbol con una oreja –cosas de la magia de la radio—y ya leía a Julio Verne y Emilio Salgari porque mi padre era un librero generoso allá en su pequeño establecimiento del Parque Universitario.

Mi padre no era aprista, todo lo contrario. Pero me trasladó sus genes de hincha de la «U». Entonces yo fui crema. No tanto como «Misterio». Era un amante de esos colores pero hacía mi autocrítica. En 1964, la «U» tenía un equipo que jugaba peor que el Wuanca. Eran once pero parecían menos. En todo caso, siempre ganaban con el corazón. Por eso sostengo que el mejor regalo que me hicieron cuando niño fue la foto de mi equipo en un marco. Ese día, yo lo colgué en mi dormitorio y desplacé al Corazón de Jesús. Ese fue mi pecado. El equipo en la foto tenía a Zegarra, Barack, José y Jorge Fernández y Humberto Arguedas. «La Lora» Gutiérrez y Lucho Zavala. Jaime Ruiz, Ángel Uribe, «Pele» Guzmán y Jorge Cabanillas. Éramos de media tabla pero jamás los vi perder un Clásico.

3.

En mi casa se leía El Comercio aunque no sobraba la leche. Por eso descubrí que la literatura y el periodismo son amantes sólo cuando hablan de fútbol. Mi maestro en ese connubio en todo caso fue Lucho Garro el columnista de la página deportiva. Era argentino como Armando Bo pero en ese tiempo a quién no le gustaba la carne argentina. Isabel Sarli era virgen igual que Libertad Leblanc. Angelito Cappa –otro ser genial de esos pagos– asegura que el fútbol tiene todo lo del sexo menos los números en la espalda. Lucho Garro comentaba un partido de la «U» contra Mariscal Sucre –supongo, más aburrido que bailar con mi hermana– como Homero comentaba La Guerra de Troya o Cayo César La Invasión de las Galias.

De aquellas lecturas epopéyicas son mis amores: el barrio, el cine, el club, la Sonora Matancera, el primer rock and roll, las niñas de mi cuadra, los sancochados de mi madre, la playa de Agua Dulce, los celos por mis hermanas, los domingos de misa, Los Embajadores Criollos, las tardes de toros, los sábados en el hipódromo de San Felipe, el rezo de mis abuelas, la guitarra de mi abuelo, las radionovelas, los desfiles escolares, el fulbito en la pista, mi primera copa de vino y los tripletes en el Estadio Nacional. Se jugaba con desparpajo, sin marcas agobiantes, sin pressing ni niño muerto. Entonces podía haber angustias económicas y hasta rupturas familiares pero en el cálido coloso del José Díaz, ahí todos profesamos la fe de los asuntos justos. Ganar y gustar. Jugar para divertirse. Triunfar con gozo.

La segunda mitad de la década del 60 trajo sangre nueva a las redacciones y las radios porque la televisión era propiedad y feudo de Martínez Morosini, Eduardo San Román y el dúctil Rulito Pinasco. El fino Alcántara y el maestro Espinar y el sereno Salinas Salamanca dieron paso al gran Alfonso Pocho Rospigliosi y a la generación que lideró Roberto Salinas. Estos le agregaron a la pasión del fútbol una gramática de tropos, gramas y grafemas que sólo era para leer y soñar. Rospigliosi nos hizo viajar por el mundo sólo con el pasaje de su tinta y sus crónicas. Y Roberto Salinas introdujo la vena del periodismo arte, ese que se cultivaba en la prensa de El Gráfico argentino y el Folha de Sao Paulo.

4.

Yo, desde 1966 había comenzado a coleccionar la revista El Gráfico como quien forma su biblioteca de autores clásicos. Junto a Hemingway, Truman Capote, Lezama Lima, Sartre o Chejov figuraban mis números de El Gráfico y su suplemento mensual Sport. Pude leer los goles de Rojitas, el de Boca, o del peruano Miguel Loayza en River con la firma de Osvaldo Ardizzone. ¡Qué maestría! Era poesía de tribuna, métrica de pasión, música del alma. Y con Ardizzone –qué heredó la tinta del gran Borocottó—aprendía de los giros de Juvenal y del inconmensurable Emilio Lafferranderí «El Veco». La «U» en 1967 le ganó a River y Racing en Buenos Aires con cinco grado bajo cero y en 48 horas. Y esos partidos por la Libertadores los escuché por «Ovación» con la narración de Lucho Izusqui, la emoción de Pocho Rospigliosi y los comentarios de Villalobos Lino. Sí, pero los leí casi llorando los trazos de Ardizzone, viejo querido eterno.

Después, aquella generación que Didí puedo orquestar para ganarle a Argentina y Bolivia y clasificarnos al México 70, no fue más que un pretexto para seguir admirando a estos periodistas que sabían tocar la fibra más sensible del pueblo del fútbol. Cada partido era una clase maestra de escritura reflexiva, de nuevo periodismo, de periodismo de autor o de metaperiodismo. Si es cierto que hoy se habla del la literatura de la no-ficción, yo entiendo que fue en este tiempo cuando se sembraron las semillas de este nuevo movimiento que se gestaba desde el periodismo y para el periodismo. Una corriente que se fundía con la literatura pero que iba mucho más allá, hacia una actitud renovadora, creativa y comprometida que, al menos por aquellos días, revolucionó la profesión de los literatos menores: los periodistas, y de los literatos mayores, sí señor, también los periodistas. (Continuará)

* Lima, 1954. Es periodistas, poeta y catedrático de Literatura y Periodismo en la Universidad de Lima. Estudió periodismo en la Escuela Jaime Bausate y Meza y lingüística en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En el 2004 publicó «Usted es la culpable». Crónicas periodísticas. Editorial Norma de Colombia. En el 2008 publicó “Profundo vello” (Poemas) Editorial Bisagra. Del 2011 son sus libros “Pa’ bravo yo. Historia de la Salsa en el Perú”. “El Pirata. Historia de la música criolla”. “Sabor a mí. Historia del bolero”. Todos en la Editorial Mesa Redonda. Este año tiene en prensa “El más vil de los ofidios” Crónicas y “Del Grupo Colina al Grupo 5” Historia de la cumbia en el Perú.

Anuncios

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Pasión 1 / MEMORIAS DE UN CENTRO DELANTERO

  1. Jorge dijo:

    Siempre es un placer leerle, señor Jaúregui. Gracias!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s