Olga Guillot / Y QUE DE LOS MORTALES, EL CONSUELO DE MORIR

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Olga Guillot2

 

 

Para Olenka Zimmermann

 1. Una de las mejores intérpretes de Álvaro Carrillo Alarcón es la cubana Olga Guillot (Santiago de Cuba, 9 de octubre de 1922 – Miami, 12 de julio de 2010). Una artista de un carácter enérgico. Hace un tiempo, cuando actuó por última vez en Lima había llegado como un huracán. Esa vez cantó atormentada y feliz y sólo tres noches en estos burgos del amor. Yo decía esa vez: “Es la monarca del bolero, el mito y la vergüenza de aquellos que alguna vez, por un cariño empeñamos la calma. Se desgarró por ráfagas del sentimiento y anclada en las entrañas del deleite, con esa penitente voz engrandecida en los fondos marinos, gritó su ternura a los siete vientos”.

 La señora tiene ya sus buenos años pero está igualita, culpa de la adoración de sus creyentes, culpa de una vida enclavada a la vasta profesión de artista. Esa noche la vimos, sublevando el escenario verde, descargando en el solitario corazón de los eruditos, el latigazo mortal de los recuerdos. Cierto, todo en ritmo de bolero.

 Y ahora, corre, rueda el BMW color misil de Jorge Ferrand por la bajada de Armendáriz. Y Olga Guillot, a la diestra del volante, calamochera, que dice haber nacido en Santiago de Cuba pero que de pequeñita la mudaron a La Habana Vieja y por qué diablos se tiene que acordar el nombre de la calle, y a que santo tiene que jurar que no vio atardecer más hermoso que este apocalíptico limeño, cuando al sol se lo traga el océano a las seis y media en punto, ese astro que se pierde en las rendijas soberbias de sus pestañas acorazadas a gritos, prestas al ardor de las preguntas. “El son nunca se fue de Cuba” dice, y bajamos del auto, he ahí el andar del bolero.

–Usted nos acostumbró a todas esas cosas –dice uno– enrocando largo el meñique.

–Y soy genética –ella toda–, apostólica y romántica. Imité a la perfección a Carlos Gardel a los siete años. ¿Tú sabes que Celia Cruz empezó cantando tangos? Es por esos años. El tango era toda una revolución. Mi madre era cantante, mis hermanas, mis parientes todos ¡coño!, salimos artistas, mi hermana Ana Luisa hacía dúo conmigo. ¿Sabes? yo me quede con la suerte. Yo era la Guillot desde los 15 años, toda una escuela.

Entonces cuando uno le pregunta por sus delirios infantiles, la señora que se desparrama con el “Arroz con leche me quiero casar” y que le nació el genio por el bombón de chocolate, porque el malecón habanero era la costa de Itaca esperando a un Ulises del romance. Cierto, fue corista de procesión y del «ámame tanto» de cumpleaños, una negra de extremidades retumbantes.

2.

 

Es ahora que dice que tiene medio siglo enrolada al código legal del bolero, es ahora que ruega no sentir la «hola soledad», es ahora que comienza su concierto en el «Costa Verde», impropio para los amantes del pick up en el altar de la espuma melancólica.

“Y tú me acostumbraste a todas esas cosas…”. Qué vainas, es la misma voz que lo mata al Dr. Enrique Esquerre, lo rejode a Alfredo Aparicio Valdez, cubanófilos ambos, de guata inderogable y delicada. “Y ahí está la pared, que separa tu vida y la mía…”. Y ella imponente, con la soledad de los sargentos, en una mesa frente al mar de Barranco, que me está confesando que desde chiquitica decidió ser cantante, artista qué caray, y no maga. Porque en esa Habana Vieja, como que uno sale muy bueno o muy malo, pero todos artistas, que el arte se lo lleva a uno como la corriente del golfo -el cubano, no el Pérsico- y pega para un lado y pega para el otro. En mí caso, muñeco. Yo no aprendí de nadie, porque yo soy el estilo. Como comprenderás, tampoco tengo sucesora, yo soy la escuela Guillot, única..

.–Óigame ¿Usted conoce la palabra soberbia?

–Qué es lo que tú quieres insinuar muñeco, que  yo soy ególatra. Te equivocaste conmigo. Yo fui primera figura en Cuba cuando tenía 18 años y ahora. ¿Sabes una cosa chico? En Miami, el 5 de abril declararon el Día Olga Guillot. Hay una calle que se llama Olga Guillot. Hay una gran estrella grabada en la calle 8 que dice Olga Guillot. Hay una…

-Perdóneme Olga, como que la noto agazapada y muy sola.

-No chico, soy feliz, muy feliz pero ya vez, una se llena de años. Pero para eso está la familia, la mía que vive entre Miami y México, mi hija Olga María que es mi adoración, mi perrita «Bijou», mi voz y mis discos. No quiero más. Quise ser famosa. Lo soy. ¿Sabes muñeco? Tuve hombres a montones, maridos guapísimos, hasta me enrede con un alemán. Tengo dinero…

-¿Cuánto, señora?

-Y a ti qué te importa chico. Uno tiene el dinero que se merece. Yo me lo supe ganar. Porque estudié, al principio me privé de muchas cosas, mandé al carajo la vida del placer. El trabajo estaba en mí. Es verdad, tuve un maestro, don Mariano Meléndez y un esposo mucho mayor, él forjó mi temple. Miento, yo era un torbellino de chiquitica, mi hombre le puso freno y lo ordenó. Y aquí tú me ves, realizada, un poco fregada con la garganta, pero en la pelea chico, en la pelea.

«Y que es de los mortales, el consuelo de morir…». Y la señora agarró el virus de Miami, un microbio que se aloja en la garganta, pero es mujer brava. Ahora se está peleando con Hermes Landa, el de los micrófonos, que no la escuchan en el fondo y Jorge Ferrand, el empresario, se come las uñas, cuida su espectáculo en todo caso. El maestro Lucho Servidio, el director de la orquesta, hace lo que puede con la sección de vientos que desafinan como los mil diablos. “Somos del cuarto mundo, qué cosa quieren” dice el Dr. Esquerre, resignado.

La señora se pasea en la jaula del escenario y al fin se arranca con “La gloria eres tú”, ¡pa’ su macho! ese bolerazo del cubano José Antonio Méndez y la imagino que se está acordando, y con toda razón, del maestro boricua Tito Rodríguez, que hace muchas noches canta en el cielo. La brisa agreste y marina invade el “Costa Verde”. Ocho de la noche, hace unos minutos acabó el ensayo.

3.

Los mozos disponen las mesas y en una tarjeta inscrita queda el menú memorable: Terrine de legumbres en salsa de pomorodo y pesto. Pechuga de pollo a la thermidor. Merengado de mango. Agua “San Luis”. Café o té. Hoy es el debut. La señora desparpajada pide la cartera, saca un enorme cigarrillo, fuma acodada a la mesa y habla de nuestras telenovelas, que son buenísimos los artistas peruanos, que por qué no exportamos lo bueno del país, que basta, ya no hablemos del cólera. Que en su época no existía la guerra química ni se conocía el hoyo negro y qué carajo, que los peruanos nos pasemos ruda por toda la espalda y más abajo también.

Cinco de la tarde en el noveno piso del hotel La Hacienda en Miraflores. Un traje rosa y un traje turquesa cuelga cerca a la puerta de su dormitorio. Con mi corazón la espero. «Mi Dios, que hace un calor del carajo» el grito de la señora. « Y carajo que no hay agua caliente» otra vez, el berrido de la señora. «Cómo se abre esta cosa» se le cerró la puerta a la señora.

Ahora aparece de chompa rosada y un pantalón negro tatuado a los muslos. Está enterita rolliza y un pañolón negro se convierte en su vincha. «Es cómoda, así me peino con las manos» dice en el ascensor de espejos. En su habitación han quedado un frasco de mostaza, otro de ketchup, uno más de mayonesa, solitarios, esperándola sobre el frigobar.

–¿Y que tiene usted contra los hombres?

–Nada muñeco. Ahora no tengo pareja, pero los tuve, a montones y no sé si me amaron. Tres de mis maridos ya están en la tumba. ¿El mejor? El primero Ibrahim Urbino, que era músico, abogado y periodista. 14 años viví con ese caballero, ¿verdad?, los mejores de mi vida («eres mi bien lo que me tiene extasiada, porque negar que estoy de ti enamorada…»). Nunca tuve maridos jóvenes. ¿El último? Apenas me aguantó seis meses. No, yo no me planté. Tampoco pongas que soy lesbiana. ¿Sabes chico? Los artistas tenemos túneles por todo el cuerpo, por ahí se va la vida…

Y a uno se le va la vida cuando la dejó, casi sobre las adormiladas olas, enorme, desgarrando a todo pulmón «Miénteme» de Frank Domínguez. Es un monumento fugaz, entrevisto y oído en la madrugada. El ardor indestructible de la desabrochada arrogancia del amor.

Y ahí se queda, tronando de pasión y uno piensa que la gloria eres tú, señora, perturbadora de las brasas del bolero. «Ebria canción de amargura que murmura el mar».

(Fragmento de una crónica que pertenece al libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS que se publicará en julio 2013.)

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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