Dr. Lamborghini / EL HOMBRE QUE NO SENTÍA DOLOR

Un relato de ELOY JÁUREGUI

 Lamborguini

 Para Tito Barreda

 

1.

Apareció una mañana en medio del gentío bajopoblano y variopinto del Parque Universitario. Vestía un traje cruzado de un azul bengala. La corbata añil desprecio y un pañuelo chino chillón le brotaba a la altura del corazón. Pero eran los zapatos a cocodrilo sonrojado aquel detalle que explicaba que ese hombre de estatura compleja no era de estos pagos. Es más, apenas pronunció un adverbio estreñido, caímos en cuenta que el tipo bien podía ser de Estambul, Odessa o Ankara. Luego supimos que se hacía llamar el doctor Lamborghini (al menos, así rezaba su tarjeta esmeralda con grafías escarlatas) y que su madre lo había parido con inclemente esfuerzo en Chio Piccolo, una caleta al sur de Palermo, en Sicilia, y que conocía los siete mares amen de dominar trece idiomas.

El parque Universitario era en ese entonces centro de compadraje aromoso provinciano antes de la aparición del segmento E, punto para ocultar la gallarda desocupación del primer gobierno de Belaunde y el rotundo fracaso de la Alianza para el Progreso, y lugar para ser víctimas perplejas de los sortilegios de extramares, las maromas del otro lado del mundo y el asombro de las ciencias ocultas de los presofistas del ilusionismo y las hechicerías a lontananza. Los boquiabiertos paisanos circulaban así en torno a rijosas gitanas de cartas mugrosas, de sebosos faquires aconchabados, de recios ilusionistas amanerados y de magos con cuyes ventrílocuos y vidriosas serpientes con maletas con su misma piel.

En ese enjambre de maromeros y «charlas» –aquellos ilustrados charlatanes del sebo de culebra—destacaba, por cierto, el doctor Lamborghini. Colocado fuera del círculo del espectáculo, una mirada suya bastaba para que el ilusionista de turno cambie de número, que el show se alargue o se dramatice y de inmediato se arranque con la venta de jabones que cicatrizaban las heridas del alma o los amuletos que espantaba al diablo calato o los talismanes que limpiaba la tinta seca de los males del amor.

Era el mismo Lamborghini quien dirigía el cuerpo de faquires que tenían como estrella a Yamal, un sujeto de ojos turbios y voz atempestada que se tragaba una espada de de metro y medio, se comía diez focos de 100 por función y, de cachete a cachete, cruzando por la lengua, se traspasaba una inmensa aguja de tejer, entre puteadas, carajeadas y otras frases de grueso calibre.

Cierto, en aquel tiempo, de no haber existido los magos, el destino nos hubiera obligado a inventarlos, porque como decía el doctor Lamborghini: «el ser humano necesita tanto del pan, el agua, el aire como de la ilusión, porque ése que no cree, lo descreen». Y los magos aparecieron en la negra noche de los tiempos.  Homero con los ojos habla de ellos y la densa filosofía griega  advierte que son el alimento de la razón. Sé, sin temor a equivocarme, que George Meliés es el primer mago con brevete de celuloide. El primer mago –repito ventrílocuo—de la razón, es decir, del cine, que no es más que el salón de la magia en 35 mm donde uno se traga sapos y gazapos. Cierto también, que hasta ese entonces, babiecas de entrecasa, mi mago favorito era Mandrake, ilusionista de abolengo y frac porque hasta esclavos tenía: una gitana  de  sobacos ladillosos y el impiadoso Lotario. Y si uno revisa la mitología universal de soslayo, muchos de sus más ilustres personajes son magos y no otra cosa. Que la magia es la vitamina de la fe, y los mismo magos, los sacerdotes de la eternidad.

 

2.

Desde la revolución industrial, fueron los magos quienes pusieron a andar las máquinas y no la clase obrera soñando irse al paraíso. Yo guardo la imagen de Leroy Mark Wilson cortando a una rubia dama como un pollito a la brasa y a Lance Burton cortando un pollo como a una rubia a la brasa. Andrés Caicedo, nuestro recordado y entrañable cronista cínico colombiano contaba que en tiempos del cine mudo un mago-actor en pleno acto desapareció como por arte de magia y jamás reapareció en vida ante cámaras y nadie fue capaz de borrar el grito. «Fue un acto al más allá», juraba Caicedo. Otros magos famosos fueron a su tiempo Sigfried & Roy y Douglas Henning y que al fallar en su intento de convertir una cebra en un caballo blanco, se pasó el resto de sus días pintando rayas a cuanto animal pasaba por su lado.

Cuentan las crónicas que el primer mago de la era moderna fue Robert Houdin. Su viuda juraba que era un artista redomado en la tarima y también entre sábanas color uva, pero más que mago era un ilusionista de dimensiones inconmensurables. Fue de este prestidigitador de quien el llamado El Gran Houdini parafraseo y parodió su arte y su nombre. Houdini, más que realizar el acto, era él mismo espectacular. Creador de la megamagia, desafía las leyes de la naturaleza para dejarlas en ridículo. Quizá donde no pudo aplicar su magia fue en su vida misma y en su corazón, quien les puso las pruebas más terribles que su arte no pudo desencadenar. Su último espectáculo fue su deceso, que hasta cuando murió nadie le quiso creer.

Pero el mago más envidiado fue sin duda ya hasta hace unos años David Copperfield.  ¡Qué tal hijo de la guayaba! No sólo desaparecía transatlánticos y montañas del Himalaya sino que se hizo él solito bestialmente bello para uso exclusivo de la top model Claudia Schiffer quien creyó ver en David a su verdadero Goliat, es decir, una chupada de mango de Coyungo, una clavada de colmillos a lo vampiro Tom Cruise, una verdadera bajada de reyes del mambo cuando cantan canciones de amor. La ondina y náyade Schiffer ha confesado en sus memorias orales que en brazos del mago, éste ora la convertía en leona rijosa, ora en mami matrera de burdel turco. Ventrílocuo, aventajado y descomunal, David hizo de Claudia la ninfómana incontinente de las pasarelas hasta aquella noche que le falló el truco y la modelo descubrió al verdadero Pulgarcito Copperfiel. El hombre era pura fufulla.

 

3.

El Perú con chamanes, brujos, maleros y amarristas siempre fue tierra de magos. De otra manera no se explican ni la Líneas de Nazca, ni Machu Picchu ni cómo sobreviven tantos nacionales de a pie sin RUC. Existió El Mago Valdivieso debajo de los tres palos como también Blakamán, un mago que hizo de Cuchita Salazar su coneja de la suerte. Es conocido también el caso del chinito Jorge Lam, que de mago con título a nombre de la Nación, terminó de cocinero en el canal del Estado e intoxicando a los ayayeros del gobierno de Fujimori. Lam no sólo era corrupto con el siyao y los palitos, sino, incluso con el kalú wantán. Una mención especial merece Cucharita, excéntrico malamaña que visitaba los bares del Centro de Lima, capaz de seducir a la mujer barbuda para clavarle una prestobarba y quien, a falta de cimitarra, practicaba la magia combi en las cantinas limeñas produciendo con su arte en los más recios parroquianos una sed espasmódica.

Y hasta el doctor Lamborghini tuvo su hora de gloria. De pronto había alquilado un amplio establecimiento en el mismo Jirón de la Unión junto al diario La Prensa. Fue allí donde organizó el Primer Festival Mundial de Faquires. El evento fue todo un acontecimiento. Entonces llegó Sandokán, el Imán de Sudán, Sir Francis Drake y por cierto, Yamal, representando la divisa nacional, entre otros faquires de cabotaje. Estos mercachifles del dolor dormían sobre una cama de púas, se clavaban  dagas en el pescuezo y se cocían el pellejo con agujas de arriero. El público se encrespaba, las damitas ajustaban y yo, un infante de 10 años, temblaba como una hoja de níspero ante el dolor ajeno. El doctor Lamborghini, en tanto, se llenaba de plata.

Al año siguiente y confiando en las sales del Mar Muerto y en el mercurio de Collahuanca, el doctor Lamborghini presentó el espectáculo «El fantástico Hombre Bestia». El establecimiento del Jirón de la Unión se convirtió en un apretado teatrín. El escenario era apenas un habitáculo con una reja como puerta. Hasta ahí ingresaba un sujeto en mallas negras bañado por un juego de luces. Lamborghini que fungía de animador: «Oiga, vea, shisss, no se me distraiga, joven…» llamaba en cada función a una persona del público para que eche llave a la reja y se asegure que la bestia no escape, aquello sería una tragedia. Sin embargo, esa vez, Lamborghini me escogió a mí, que me encontraba en primera fila. Temeroso, le di doble vuelta a la llave y éste nos pidió serenidad que iba a empezar el espectáculo.

En efecto, al hombre de las mallas, aún no la bestia, de pronto le fue apareciendo hirsutos pelos, colmillos afilados, uñas filosas. De pronto también, echó a pegar aullidos y a zarandear las rejas con tal fuerza y rabia que ésta vez se vino abajo, cayendo «El fantástico Hombre Bestia» sobre el público ocasionando una estampida de los mil demonios y provocando caídas y atropellos. El resultado fue más de 20 heridos, la mayoría, que al querer ganar la calle, fueron arrollados  por los Oldsmobil, los Packart y los Studebaker que en esos años circulaban por el Jirón de la Unión. El tabloide sensacionalista Ultima Hora tituló al día siguiente así: «Hombre Bestia deja 20 cholos semifríos». Y añadía en la bajada: «empresario turco huye con toda la taquilla. Policía asegura que lo tiene cercado».

Desde ese mediodía limeño no volví a ver al doctor Lamborghini. Treinta años más tarde y mientas buscaba  un restaurante secreto que decían había inaugurado El Cholo Sotil en La Parada, de pronto, y del grupo de alcohólicos que yacían tirados sobre la vereda infecta de la avenida Aviación, escuché esa voz inconfundible a timbre de pirata de Macao y que sólo podía proferir una persona. Era él, el mismo doctor Lamborghini. Cierto, estaba irreconocible, era apenas una sombra de aquel personaje que era mezcla de hechicero, prestidigitador y dandy. «Doctor Lamborghini, ¿qué hace usted acá?» –le pregunté asombrado y casi entre sollozos— Él me miró, apuró otro trago y me respondió: «Por su culpa, porque usted no supo echarle llave al Hombre Bestia».

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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