Lima 23.10 / CAPITALINOS, DAMITAS Y SEÑORONES

 Un texto de ELOY JÁUREGUI

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1.

El limeño Ismael Carrera no existe. No es una persona, es un personaje. Pertenece a la ficción por eso es más protagónico en lo real que en la realidad. Ismael Carrera es uno de los protagónicos –el otro es el empresario piurano Felícito Yanaqué— de “El héroe discreto”, última novela de Mario Vargas Llosa que se estrena en septiembre. Lima es parte del escenario del libro. Reculo, más que Lima, los limeños y limeñas. Igual sucede con “La venganza del silencio” de Alonso Cueto. Aquí su historia ocurre en una casona del Olivar de San Isidro. Lima es el decorado no el decoroso protagónico. No obstante, bien por Lima –que es blandengue para las historias literarias– que nuevamente sirva de fondo, como el mejor estudio que conozco, Nueva York, para el cine. Es cierto, no son relatos de la ciudad, sí de sus interiores, sus familias, sus padres e hijos, sus señoritas y sus fantasmas. Acaso el Julius de Bryce no es un espectro en una residencia de la Lima aburguesada. Ahora sí, que está cada vez más viejo.

Y Alfredo Bryce Echenique llegó pálido al Canal N en Santa Beatriz hace unas noches. Parecía que había visto al diablo calato, dijo el guachimán que lo aguardaba impaciente en la vereda. Milagros Leiva, la conductora del programa “No Culpes a la Noche” estaba también más que impaciente, al borde de un soponcio. Recién a las 11 y 10 minutos, Bryce bajó apurado del carro que lo trajo y así no más apareció sentado en el estudio. Tomó aire y comenzó la entrevista. Al principio fría, pero luego del primer corte comercial, el diálogo se entonó. A Bryce le gusta el vodka en las rocas y un  enorme vaso whisquero apareció de pronto en su mano izquierda, con los hielos abrazando aquel aguardiente linfático. Había llegado para hablar de su libro que presentará este lunes, su nueva novela “Dándole pena a la tristeza” (Grupo Editorial Peisa), pero terminó contando de sus achaques y de cuando conoció al flaco Alan García “mangueando” en el metro de París. Luego habló de su puntualidad. Y sobre la puntualidad cuántas veces hemos conversado.

Una vez en Acho, Bryce me dijo que él era torero con los relojes. Y los toreros son una manga de desconsiderados con los pobres toritos que hasta le cortan las orejas y la pata y las criadillas, pero eso sí, con la hora no se juegan. Porque a las 3 y 30 toca el clarín para el paseíllo y los limeños saben que se puede llegar tarde a la misa pero a los toros, jamás. Y decía Bryce que aquello es una de las mejores costumbres de los naturales de este valle del Señor. Y que la puntualidad también la heredó de su padre y de su abuelo y de su bisabuelo, el que fuera el peor presidente peruano solo comparable al primer Alan García. Cierto, don José Rufino Echenique Benavente, Presidente Constitucional de la República del Perú entre 1851 y 1855, un fiasco.

 

2.

Puntual debo recordar, también a otro ser sin tacha en los horarios, Julio Ramón Ribeyro. Que más que limeño fue miraflorino del bus acerado y azul de la ruta Tacna-Trípoli y asientos rojos de cuero y que era el cantor de los acantilados y la neblina de la bahía de Lima. Que sabía de puntualidad como cuando recordaba de su ciudad, de sus gentes, de los libros, de la cultura combi, de su barrio de Miraflores, del cebiche, del valse, del Señor de los Milagros, de la democracia, de Vargas Llosa, del terrorismo, del  hambre y hasta de Dios. Yo que lo intimé luego de que ganara el “Juan Rulfo” en 1994, supe de sus tres aficiones, los amigos, los boleros y la conversa, en ese orden. Y sus amigos eran esos seres que se reclaman siempre ser los íntimos del escritor y que solían proclamar el copyright sobre su delicada memoria. Limeño Ribeyro, era ese hombre de secretos escritos y misterios a voces. Era él la paradoja en pie. Un escéptico en la elegancia discreta de la desesperación. Delgado, muy delgado y tímido. Fue el notable cuentista perdurable, de miles y fraternas páginas, de cientos de personajes inolvidables. Aquel de los hechos cotidianos convertidos en la real ficción del lenguaje sencillo sobre el soporte de un estilo transparente y una mirada recorriendo el alma de las cosas, de cada uno, de cada quien. Pero era el enigma también y la soledad más deslumbrante y de una “limeñeidad” imperturbable. (¡Qué huachafo, yo!).

Sin duda, sé es limeño, no se nace limeño. Al fin y al cabo, uno es de donde su madre le dio de mamar. La ‘matria’, qué de cosas. Eso contradice esa máxima que uno es como su lugar de origen. Porque al clima amariconado de Lima, fuerza en los cojones de los limeños, y telúrico rubor de las limeñas. Como Chabuca Granda que era limeña nacida en Andahuaylas, y Maricucha, y Jesús Vásquez, que fue chola del Cuartel Primero, barrio de Monserrate. Y Alicia Maguiña, más acomodada pero que le gustaba los negros, como a muchas y se casó con el gran maestro de la guitarra, don Carlos Hayre, que era zambo con patente inglesa.  Y limeños fueron Ricardo Palma –el mejor cronista de todos los tiempos– y mis padrinos Adán Felipe Mejía “El corregidor” y don Félix Arias Schereiber “Al alimón”. Maestrazos, de los de quilates. Que hablaban fino y escribían mejor, con enjundia y salero y picardía y ortografía.

Pero los de Lima no son políticamente correctos sino políticamente infelices. Vaya ciudad de mientras. Desordenada y adiposa. Ingobernable y quejumbrosa. Cielo color panza de burro y ‘ocacayada’ nostalgia. Trazos de una estética del caos y la elegancia de lo grotesco. ¿Y limeños de pura cepa? Ya no hay. Hoy dominan el ejido los gamarristas que es nueva clase social. No está Sofocleto ni Zeñó Manué. Y se murió el negro “Cañería” y el popular “Mil quinientos” y el Dr. Pepe Durand, que cantaba amorfinos y panalivios. Y solo los escritores como Bryce, Antonio Cisneros, Abelardo Sánchez León, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, Guillermo Niño de Guzmán  y Jorge Pimentel. Limeños, con langa, apuntalan la memoria, como resaca de “Capitán”, aquel trago de pisco y vermout, para tomar desde la matinal.

 

3.

Y en estos días regresó a su casa un limeño ilustre. Don Héctor Velarde Bergmann. El arquitecto y escritor, retornó a la Universidad de Lima, su universidad. Y tremend0 recuerdo con homenaje el que le hicimos. Y está bien porque este peruano ilustre se lo merece. Y ahí está la exposición “Héctor Velarde, arquitecto y humanista” en el Hall del Edificio V. Y se ofrecieron conferencias y se habló de este hombre de mundo que escribía como las propias rosas. A sus textos de carácter docente habría que sumar los diversos libros de difusión sobre temas de arte y arquitectura y los innumerables artículos escritos en diarios, revistas, y publicaciones diversas, siempre sobre arte y arquitectura, principalmente peruano. Velarde fue integral, y como buen limeño, sabía de todo. Y con fina ironía y con humor. Yo lo leía en el Dominical cuando ese era un suplemento decente. Ya no, y lo extraño. Lo leí en las ediciones de Juan Mejía Baca y luego en la colección de Populibros que dejara el gran Manuel Scorza. Gran narrador, mejor poeta, notable “perromuertero”, limeño a secas, como sus deudas.

Y limeño dícese de aquel que es memorioso, conversador y pendenciero. No es otra cosa que un estado de ánimo. Un modo de vivir con solemnidad y ciertas apariencias. Aunque ya no existe “Monos y monadas” de Nicolás Yerovi, sé es limeño no se vive como limeño. Y a las desgracias, humor.  Y batidera. Ingenioso y socarrón, quejoso y crítico, el de Lima. Creído y huachafo, así, elegante pero misio.  Y entonces uno revisa “Ellos & ellas” y ya no es lo mismo, y la revista “Cosas”, e igual. Junto a la pituquería están los del ‘emprendedurismo’ y junto a las tías del Regatas aparecen las cholas empoderadas. Entonces, “Eisha” está junto al Mega Plaza de Los Olivos y los conos se raspan con La Molina, y Monterrico con el C.C. Lima Plaza Sur. La Herradura existe como la playa de Ancón pero está Ventanilla, lumpen-progresista, y Villa El Salvador, autogestionaria y sórdida, junto a Punta Hermosa, de tablistas y dillers.

Hoy comprobamos que el “limeño mazamorrero” solo es un busto sin cabeza. Que la capital del Perú ya no produce esos señorones de novelas como “Duque” o el Julius de Bryce. Lima engulle  tres nuevas estructuras sensuales para asumir la sobrevivencia. La megalópolis se atraganta con el bolo desperdicio. La cultura funda su imaginario en los subsuelos del erario pasional. La norma se hace licencia. El desorden se respeta y genera la psiquis vitaminizada. La ciudad abriga a sus hijos. El paisaje limeño en un daguerrotipo de melancolías. Un agua fuerte de infracciones la infecta colorida. Y así se florece, jode el tráfico y el Fin el Mundo. Pero las limeñas existen para consolarnos. Las malcriadas y culisueltas, no son iguales, son mejores, y Lima cada vez, se acerca más a Miami y al cierre de esta edición, ya limita por el norte con Ecuador.

 

(Fragmento del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS que se publicará en julio del 2013.)

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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