Mariachis / POR CULPA DE PEDRO INFANTE Y GRACIAS A MARÍA FÉLIX

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Pedro Infante

1.

La primera vez que vi a Pedro Infante fue de a oídas. Seguro que mi padre había marcado el disco Flor sin retoño, en la rockola de aquel restaurante de la avenida Balta en Chiclayo. Supongo también que él le decía cosas bonitas a mi madre que ocupa la silla de junto con sus ralos bigotes agamuzando el pallar de la oreja de mamá. Cierto, aquello de: «esa flor ya no retoña, tiene muerto el corazón» que entonaba Infante no iba con la ocasión. Pero esa noche, imagino, no valían ni las letras, todo era corazón, poesía de enamorados, susurros de un Tenorio tonificado por la Emulsión de Scott.

Infante ya era un clásico, como se entienden a los clásicos –más latino que griego de busto–. Lo popular elevado a lo inmarcesible. Infante no sólo era cantante, también actor y por supuesto, macho, en el mejor sentido aristotélico del término medio. Infante le había ganado al tiempo y al colectivo de cuasi charros postrevolucionarios, a Jorge Negrete, Pedro Armendáriz  y a Luis Aguilar.

El mito latinoamericano –Infante era de Mazatlán–, nació en 1917 impregnado aún por el olor a pólvora quemada de la Revolución Mexicana. Era Pedrito el segundo de los 9 hijos de don Delfino Infante y de doña Refugio Cruz –Refugio o Doña Cuca, o la mama resultó a la postre su primer y última trinchera–. Su padre, músico de funeral, intentó infectarlo con el violín. Pedro le dijo que no. Cuando aún no cumplía los 10 años, ya en Guamúchil, Pedro no lo niega y se hace cantor.

Pero aquella vez en Chiclayo, la noche antes que fresca era líquida. Yo un nonato en baño e’ María,  berrinchoso en mis jugos maternos y cómplice contumaz con pataditas en el vientre de mamá. Luego dormido, apagué la música incluso antes de nacer. Desperté un lustro más tarde. En ese entonces, para ser tomado en cuenta en la casa y en el barrio, había que oler a sobaco de tranviario, decir lo justo, callar para siempre, mirar para adentro, espiar por la ventana del baño, gritar no quiero.

El tiempo corría distinto en Surquillo. El barrio era lagar de operarios, cantantes, guaguacoseros, percusioneros, faites, sargentos, boxeadores, peloteros, matronas, marocas  y marchantas. Al barrio le decían la Perla del Mal a secas en medio de la lozana piel limeña de los chalecitos clasemedieros del acomodo de Miraflores y San Isidro. Uno crecía con harto mambo, boleros, valses negros y maniquís de voz guarapera. No existían babosos ni palomillas de ventana. No se hablaba del unisex ni del tips. Sus diosas vecinas calzaban taco aguja, falda al tubo y rouge de sangre de gata virgen. El dictador Manuel A. Odría, se había marchado con el rabo entre las piernas –suerte de sátrapas, todos acaban igual– y un señorón gobernaba el país de la jaqueca agroexportadora y el interregno del fin de las certezas.

Infante era pescador, boxeador, peluquero, carpintero, director de orquesta y hasta silbador en una radio. No tenía bigote y ya le nació una hija, Lupita. La primera de sus 14 vástagos y otros que le aparecieron diez meses después de muerto. En el DF debuta en cabarets. Era un robacorazones y María Luisa León tira la toalla higiénica. Lo caza. En 1940 Infante se hace al cine. Pedro contaría que a lo largo de 14 años hizo 65 películas. Un récord: casi 5 cintas por año y aunque usted no lo crea, sin sacarla.

 

2.

El nuestro fue un barrio de tres iglesias y las cinco comisarias se conectaban a los doce burdeles y el cementerio donde el mármol de Churín no dejaba escapar los gloriosos fantasmas de las páginas amarillas de la patria. Pero los surquillanos vivían orgullosos con sus cinco cines cual lujo del pobre. El ‘Primavera’ era el mejor, de estreno y chocolateros. El Leoncio Prado y el ‘Maximil’, ambos de 5 tenedores eran para el «lunes femenino». En el tercer escalafón se ubicaba el cine teatro Miraflores y uno muy ingenioso: el Surquillo; con la platea en la cazuela y la cazuela en la platea. Tres botes trasladaban al respetable cerca al ecran y sus perladas cortinas.

En el ‘Primavera’ se supo de Infante mucho antes de haberse inventado el hilo negro. El cine mexicano llegaba al Perú como una invasión de marcianos con mariachis a lo H.G. Wells. Mi tío Leoncio, el jijuna, contaba que lo mejor que vio en su tiempo fue Algo flota en el agua, un clásico con Arturo de Córdova –el mismo de Que Dios se lo pague—y Elsa Aguirre. No existía las telenovelas y el suave veneno venía con el nuevo concepto cárnico de las rumberas y los bigotones rijosos. De pronto aterrizó Pedro Infante. El jovenazo era la materialización espiritual de los sueños del pueblo latinoamericano. Un ángel en el chongo de la hombría.

Eran ya célebres sus pares: Irma Dorantes, Blanca Estela Pavón, la misma Elsa Aguirre, Silvia Derbez, Evita Muñoz «Chachita» y ese bello demonio con jaqueca, María Félix. Su saga fílmica no tuvo pierde. Nosotros los pobres, Ustedes los ricos,  La oveja negra, No desearás a la mujer de tu hijo, Arriba las mujeres, Cuando habla el corazón, Pepe el toro y Tizoc –joyita del cine indigenista—eran sus títulos notables, aunque mi favorita por razones de espinillas y pelos en la verija fue después,  Por ellas aunque mal paguen.

 

3.

Infante era completo.  Ora era un sacerdote atormentado, ora un boxeador malandrín. En 1943 graba para el sello Peerles: Amorcito corazón, Eufemia y por supuesto Flor sin retoño. Profuso, Infante tuvo un catálogo con más de 50 álbumes. Era pues un ícono mediático como les dicen ahora. Lo imitaban, incluso en su forma de escupir. Fue el creador del bolero ranchero, un género que robusteció los celos gracias a Javier Solís, luego Luis Miguel o Alejandro Fernández. En todo caso fue el mayor vendedor de discos de la época y después de Cantinflas, el más taquillero en Latinoamérica y agréguese a Gardel.

Yo iba para seminarista pasando por un bachillerato en crochet. Era sobón y responsable hasta el hartazgo. Acusete higiénico,  de altas evoluciones morales y tozudo creyente del cataplasma. En una foto luzco cachetes rozagantes, listón de bolitas y atrapo entre mis manitas un osito de piel de chivo. Mis tías me enseñaban el punto cruz y mi padre de reojo insistía que diga ni mi nombre como hombre y sin pollitos. Cuentan mis hermanas que aún niño de pecho esperaba de hinojos –público y ambulante– las procesiones ahí, precisamente entre Calle Luna y Calle Sol. Y cierto, yo no había leído todavía ¿Sueñan los androides con oveja eléctricas? de Philip K. Dick pero tenía mis primeras pesadillas con la extraterrestre Ana Bertha Lepe, tremendo mujerón de carnes sin hueso o sin seso.

Un jueves al mediodía el murmullo de mis oraciones se acalló. El anuncio llegó  por radio La Crónica. El extraordinario actor y notable cantante del cine mexicano Pedro Infante llega a Lima, dijo el locutor entre jadeos mariposones y añadió que se presentaría en algunos cines de la capital, entre ellos, el ‘Primavera’ de Surquillo. Un aullido denso por no decir sordo me llegó desde el gallinero. Todas las que usaban calzón en mi casa gritaron, algunas lloraban y otras se prendían bien de su frasco de Agua de Azahar. Era chilla más que frenesí. A la hora de la cena mi padre estadista dijo que se dejaran de cojudeses y que no se hable más del asunto. No obstante, desde aquella vez y gracias a Infante, mi casa obtuvo un brillo a cabaret primoroso, mis hermanas reían quisquillosas, en los baños se oía cuchicheos y un fantasma sonoro recorría pasadizos rozando los fustanes.

 

4.

El nombre hecho hombre, Infante, ya vivía en nosotros hasta la noche en que mi padre, después de un par de  damajuanas de vino de Chorunga –donación del colectivo femenino de la cuadra–, aceptó vencido y babeante que el mexicano lo había derrotado; sólo así soltó la plata para los boletos. Infante ya era de la familia. Desde esa vez, la peregrinación frente a la ventanilla del cine se convirtió en una cuestión de honor. Mi padre en la cola, su silla plegable y un termo de té con pisco y así todas la noches antes del debut, la espera del astro, la nueva feligresía, aquellas amistades nocturnas, esos personajes de villorrio consagrados a los gozos masivos, todos, carnes de estrellas.

Entonces todo hablaba de amorcito corazón, No volveré, Te odio y te quiero. Incluyendo a Radio Reloj, Infante cantaba en todas las emisoras hasta la afonía. En la cola, y a una semana de debut, mi padre que iba por seis entradas se hizo de amigos, enemigos, compadres, amantes y hasta le pusieron un mote: Suegro diablo, apelativo que hasta hoy no logro descifrar.

Una noche antes que Infante debute en Surquillo, el viejo, con la erisipela del pisco traidor, no pudo más y ordenó el relevo. En casa, yo, el otro infante, era minoría. Entonces lo decidieron rápido. Así, cambié mi pijama de ratoncitos eclécticos y de pronto me vi embutido en la fila, con bufanda y poncho prestado.

Cierto, jamás olvidaré ese momento. Mezclado con la fauna más rancia del barrio: pamperas, pederastas, proxenetas y diáconos del mal, aprendí filosofía, chamanismo y aplicación de inyectables. Era un mocoso literal y la palabra sexo sonaba a salvoconducto con bolsa de viaje al mismo infierno. Me sobraba inocencia contra esa conversa lujuriosa de mis vecinos y vecinas. La técnica zahorí de Perico Infame, uno a quien le pegaron ese mote porque tenía la mirada del mexicano aunque bizqueaba del derecho, me colocaban frente al mismísimo Satán. Así pasé la noche y desperté abrazado a la pierna gorda de una dama triste de la vida alegre.

Infante triunfó aquella noche en Surquillo y todas mis hermanas quedaron embarazadas con su recuerdo. Desde aquella vez la casa fue distinta. Infante murió a los meses. Un 15 de abril de 1957 –lunes de Semana Santa–, piloteando su avioneta y sin ninguna explicación. No sé, cada vez que lo recuerdo, tanto o mejor que a James Dean o Jim Morrison –quienes se mataron en la cúspide de su dolorosa fama –, le digo: don Pedro, aparte de su gomina y sus bigotes, cuánto vida nos enseñó aquella noche de transfiguraciones. Yo no asistí al debut en el ‘Primavera’, pero mejor, lo escucho sordo en el burdel de la imaginación más rijosa que tuve en el arranque de mi existencia. Lo repito, yo iba para seminarista, usted evitó mi hábito.

(Fragmento de un texto del libro USTED ES LA CULPABLE, Editorial Norma. Lima 2004)

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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