Lima 21.15 horas / JIRÓN DE LA UNIÓN, LA AORTA Y EL TAJO

Un texto de ELOY JÁUREGUI

Jr. de la Unión.

1.

La calle no tiene edad precisa aunque todos saben cómo se llama. Y no es calle, ni pasaje, ni avenida, ni calzada, ni carrera, ni niño muerto. Es jirón. Y jirón es término bien peruano que se le chanta a la vía urbana compuesta de varias calles o tramos entre esquinas. El Jirón de la Unión es calle emblemática de Lima, la más fachosa. Los  ‘limeñólogos’ –que son pocos—insisten en que fue Francisco Pizarro su fundador. Ni tanto. El jirón lo fundó el paso ligero del español matrero, el pie delicado de dama rijosa, la chapana de serrano cachazudo. Así que no tiene 400 ni más ni menos años. Las calles tienen el tiempo del viento y la época de querencia de sus habitantes. El Jirón de la Unión fue aristocrático en los noventa. Hoy es un ornitorrinco vial, aorta de aldea apretujada, tajo de urbe posapocalíptica. Así vive vigoroso, no como La Colmena, ni el Cementerio El Ángel, avenida y campo santo tragados por los tiempos muertos.

Y está observaciones es lujo del pobre todavía. Sus once cuadras tenían hasta 1982 un nombre por cada una. La cuadra uno, se llamaba de Puente Piedra, la tres, del Portal de Escribanos, la cuatro, de Mercaderes, la cinco, de Espaderos y así, hasta la undécima legua. Con acequia al medio de reglamento, gallinazos y gentiles, la arteria se hizo importante porque comunicaba La Plaza Mayor de Lima con los extramuros del sur y las estribaciones del rebaño mercachifle. Hoy, los melancólicos apuestan por la defensa del Palais Concert, aquel antro de la pituquería ociosa de principios del siglo pasado. Y supongo que por alguna razón. Me gusta Valdelomar, su poesía y sus cuentos. Luego es espeso por huachafo. Prefiero una tienda por departamentos, Ripley, por ejemplo, a la majada memoria de los pasadistas.

Me gusta el jirón apenas por los recuerdos del diario La Prensa que se ubicaba en la cuadra 7, la llamada de Baquíjano. Y era así porque ahí quedaba la casa de don Juan Bautista de Baquíjano y Urigoen. Un jijuna, natural de Vizcaya y que llegó a estas playas en 1730. La Prensa generó mi afición por los bares, “El hueco en la pared”, uno de ellos, el más trajinado, ahora derruido. Y luego, el “Dominó”, cuando se inauguró “Las galerías Boza”, la primera en contar con escalera eléctrica. Don César Miró, que fue poeta y escribiente y compositor y hasta galán de cine mudo, me contaba que ubicaba, cuando mozuelo, en uno de los cafés al maestro Luis Alberto Sánchez, aprista y literato y que es raro encontrar hogaño. Sánchez no lo conocía hasta que se enteró que el joven se apellidaba Miro Quesada. De los Miro Quesada de El Comercio. Sánchez zorro zalamero, desde esa vez se alzaba el sombrero para saludarle, adulón. Y así era la bohemia de esa Lima de antes del desborde popular de Matos Mar. Aldehuela de chismosos y faramallas. Villa de lenguaraces y placeros.

2.

Yo conocí el jirón de niño. Y fue más deslumbramiento que hallazgo. La foto no miente. Mis padres lucen elegantes en una tarde soleada. No están yendo a una fiesta. No, es que para caminar por el Jirón de la Unión había que ir de traje y vestido sastre. Y sombrero si es posible. De aquella vez es las primeras tiendas por departamentos, “Scala”, “Tía”, a la vuelta, “Oeschle”. Y si antes fue refugio de familias de abolengo y pataletas, luego la vía fue un mercado persa, solo que con olor a lavanda. Existían café y restaurantes, librerías, boticas, tiendas de artefactos eléctricos. Existía todo los que uno se podía imaginar. Cierto, pocos en relación a la cybercultura. Y los cines, el “Excélsior”, el “Bijou”, el “Biarritz” que se lo llevó la ampliación del Jirón Cusco.

Y uno se hizo fanático de Los Beatles cuando en 1964 se estrenó en el cine “Excélsior el film del británico Richard Lester, “A Hard Day´s Night”. La cinta era la primera del grupo de Lennon, McCartney, Harrison y Starr y fue, según sus realizadores, un documental ficticio, que describe un par de días en la vida del grupo. Aquel invierno de 1964, en el cine que ocupaba la cuadra 7, se originó una de las manifestaciones de histeria popular tan fuerte o más como la que ocasionó la llegada del mambo de Pérez Prado en 1957 y no estábamos en dictadura. Pero  acaso era tan buena la película. No creo. Fue exitosa por la sintonía del cuarteto con un público juvenil que recién se podías expresar. Y eso sí, fue un éxito tanto financieramente como en la crítica. La revista Time la calificaba como una de las 100 mejores películas de todos los tiempos. Y no era para tanto,  cierto, pero uno estaba ahí.

 

3.

El Jirón de la Unión era en ese entonces centro de compadraje aromoso provinciano antes de la aparición del segmento E. Punto para ocultar la gallarda desocupación del primer gobierno de Belaunde y el rotundo fracaso de la Alianza para el Progreso, y lugar para ser víctimas perplejas de los sortilegios y el asombro ante las ciencias ocultas de los faquires, los presofistas del ilusionismo y las hechicerías lontanas. Recuerdo la hora de gloria del doctor Lamborghini quien como buen empresario, había alquilado un amplio establecimiento en el mismo Jirón de la Unión junto a La Prensa. Fue allí donde organizó el Primer Festival Mundial de Faquires. El evento fue todo un acontecimiento. Entonces llegó Sandokán, el Imán de Sudán, Sir Francis Drake y por cierto, Yamal, representando la divisa nacional, entre otros faquires de cabotaje. Estos mercachifles del dolor dormían sobre una cama de púas, se clavaban  dagas en el pescuezo y se cocían el pellejo con agujas de arriero. El público se encrespaba, las damitas ajustaban y yo, un infante de 10 años, temblaba como una hoja de níspero ante el dolor ajeno. El doctor Lamborghini, en tanto, se llenaba de plata.

Al año siguiente y confiando en las sales del Mar Muerto y en el mercurio de Collahuanca, el doctor Lamborghini presentó el espectáculo “El fantástico Hombre Bestia”. El establecimiento del Jirón de la Unión se convirtió en un apretado teatrín. El escenario era apenas un habitáculo con una reja como puerta. Hasta ahí ingresaba un sujeto en mallas negras bañado por un juego de luces. Lamborghini que fungía de animador: “Oiga, vea, shisss, no se me distraiga, joven…” llamaba en cada función a una persona del público para que eche llave a la reja y se asegure que la bestia no escape, aquello sería una tragedia. Sin embargo, esa vez, Lamborghini me escogió a mí, que me encontraba en primera fila. Temeroso, le di doble vuelta a la llave y éste nos pidió serenidad que iba a empezar el espectáculo.

En efecto, al hombre de las mallas, aún no la bestia, de pronto le fue apareciendo hirsutos pelos, colmillos afilados, uñas filosas. De pronto también, echó a pegar aullidos y a zarandear las rejas con tal fuerza y rabia que ésta vez se vino abajo, cayendo “El fantástico Hombre Bestia” sobre el público ocasionando una estampida de los mil demonios y provocando caídas y atropellos. El resultado fue más de 20 heridos, la mayoría, que al querer ganar la calle, fueron arrollados  por los Oldsmobil, los Packart y los Studebaker que en esos años circulaban por el Jirón de la Unión. El tabloide sensacionalista “Ultima Hora” tituló al día siguiente así: “Hombre Bestia deja 20 cholos fríos”. Y añadía en la bajada: “empresario turco huye con toda la taquilla. Policía asegura que lo tiene cercado”.  Así era, así será. El Jirón de la Unión, ese tajo que todos los limeños llevamos en el corazón.

(Fragmento de un texto sobre Lima que pertenece al libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS  que se publicará en julio del 2013.)

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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