Maestros 1 / CLASE Y TINO DE CONSTANTINO

 Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Constantino-Carvallo 2

Para Jorge Eslava

 

1.

La última vez que lo vi fue la primera. Lucía molesto y medio triste. ¡Ah Alianza Lima, allá al fondo de la tabla! Y Constantino Carvallo que buscaba explicaciones que no había en los libros y todos los manuales que guardaba en la inmensidad de su ternura. No sé si eso o lo otro le estranguló el corazón la madrugada del lunes 18 de agosto del 2008 y se murió en la Clínica Americana pidiendo a los gritos silenciosos, justicia, equidad y otro órgano cardiaco porque no tenía todo el tiempo del mundo para hacer tanto por la educación –y todo los que nos falta y/o nos sale mal– en el Perú.

El pasado domingo, Jorge Eslava, mi compañero de trabajo, publicó en El Dominical un texto recordando a Carvallo: “El timonel mayor”. Soy injusto, más que recordarlo hay que trabajar con él, digo yo. Y por supuesto que citaba los tres libros del maestro que fueron compilados precisamente por Eslava. Diario Educar (2005), Séptima Luna (2011) y Dónde Habita la Moral (2011). Todos publicados bajo el sello de Aguilar Santillana. Eslava en otra parte ha escribió: A principios de los ochenta, cuando lo conocí, era un Cristo: melenudo, barbado y comprometido por hacer el bien. Un predestinado a cuidar el alma del prójimo, a facilitar el encuentro de nuestras vidas múltiples y darles sentido. Por eso fundó el Colegio Los Reyes Rojos, inspirado en un verso de Eguren, ese poeta profundo y bueno. Qué tiempos difíciles significaron levantar una escuela innovadora -a contracorriente de los dictados del ministerio-, que concibiera la educación como una comunidad humanísima, sin odios ni discriminaciones. Constantino fue la lucidez y también el nervio para que -junto a un puñado de profesores entrañables- Los Reyes Rojos se constituyera en el lugar deseado para crecer. Cientos de adultos agradecemos al cielo la existencia de Constantino y de su colegio; nos devolvió la confianza en la bondad. Miles de chicas y chicos están orgullosos de haber estudiado en ese colegio barranquino; de haber abrazado a su director”.

Volvamos al pasado que fue ayer. Constantino Andrés Carvallo Rey nace en Lima en 1953. Estudia en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Eso, lo que se ama. La  Educación y La Filosofía (sí con mayúsculas) y cuanta ciencia existe sobre la conciencia de ser decente. Y es desde siempre al hallazgo de un conector, esa suerte de enchufe entre la sabiduría y lo ignoto. Por eso vale –no como otros dicen que valía–. Por esto que me perdone la gramática que utilizo el presente, aunque suene a futuro.

Carvallo es pedagogo desde sus entrañas. Habla con tilde al asombro porque sabe. Y enseña porque domina la seducción, ese clavel esplendoroso para domeñar la ignorancia. Esto lo hace único en un país donde muy pocos leen. Entonces tiene enjundia y duende. Por eso cuando funda y dirige el colegio Los Reyes Rojos en 1978 en la calle Cajamarca en Barranco, le cayó el orden y la disciplina castrense. Yo soy su vecino. A dos casas más, vivo en los predios amorosos de Raúl Gallegos y Nené Herrera. Dos amigos propios de los personajes de José María Eguren.

Y cuando su colegio es cuestionado por innovar o revolucionar en este espacio tan sublime y al mismo tiempo dictador, como es la educación en el Perú de hace un tiempo, salta hasta el cielo. Hablo con él por mi cercanía geográfica y porque soy amigo de la esposa del poeta Enrique Sánchez Hernani, quien trabaja en el colegio y converso con Constantino hasta ayer. Yo como periodista, él como sabio. Le digo que no friegue con su ‘revolución educativa’, que se tira encima a la sociedad con su peso a elefante dormido. No, dice, hay que cambiar no solo para ser mejor sino par que todos mejoremos.

Carvallo termina su maestría en filosofía. Gana el primer puesto del concurso que organiza el IDL, la PUCP y la Universidad Nacional de Huamanga. Carvallo escribe un ensayo: “Los ojos de los cuervos” –supongo que supone que le cae la quincha—y queda su prosapia y prosodia como registro de una nueva manera de entender que lo cognitivo es básico pero sin piel, sin espíritu, sin alma y corazón, esa sabiduría es fofa, gelatinosa e inocua.

2.

Rafo León tiene un problema parecido y lo cuenta en la revista “Caretas” respecto al estilo de Carvallo. Lo cito en mi sitio: “En gran medida la transparencia del alma de mis hijos data de los diez años que pasaron en el colegio barranquino, tutelados por Constantino para que guardaran siempre la alegría de vivir pero sin ignorar que nuestro mundo generalmente es espantoso, que hay cosas que se pueden cambiar y hay que hacerlo, pero existen otras en nuestra naturaleza que son inmutables. Tenemos la obligación de domeñarlas: la crueldad, la envidia, el deseo del mal a los otros, la mezquindad. Más áreas negras que blancas llevamos dentro los seres humanos, y eso, con tino y respeto, componía el mensaje pedagógico de Constantino a sus discípulos. Nuestra condición existencial. (…) Por ese tema tuve con Carvallo una fuerte discusión alguna vez, una bronca que nos distanció. Una diferencia infantil e inmadura que el tiempo limó y también determinó que yo aceptara que quien tuvo la razón fue él y no yo”.

Vamos que Constantino, que estás de agujas. Un samurai en plena revolución digital. Un quijote postmoderno contra el imperio del Estado burdo y rupestre. La idea que maneja Constantino está en la yema de los dedos. A flor de piel. Nadie se da cuenta. Carvallo apuesta por una educación integral –en estructuras modulares, en cápsulas de entendimiento–. Eso que hace que, el saber es más que el conocer, es querer. Y uno que quiere todo aquello que lo ilumina desde su imaginación sorprendente de niño. Ahí está su sencillo pero descomunal secreto. Sabe que está ante el engranaje de una educación principista de dominio. Un profesor es un gerente. Un maestro, un dictador (de clases). Por eso le quita la venda a su legión de profesores en el colegio Los Reyes Rojos y proclama que, educar no es la mecánica repetición, la dictadura del dictado. Todo lo contrario, su prédica está en el conector directo y libre con el alumno, esa libertad contra cualquier dogmatismo y sin acracias.

Hace unos días, el Ministerio de Educación le entregó las Palmas Magisteriales. Oportuno homenaje para la política. Jamás para la ternura que contiene el ser profesor. Constantino no merece de esos homenaje porque, como uno, sabe que sus mejores alumnos son lo DJs que están de moda. Los chef que sigue a Gastón Acurio. Los cantantes de rock y hasta los ‘emos’ que se le cae la baba con gracia y coquetería. Constantino aternurado los ama porque como dice en su libro “Diario educar” (Aguilar, Santillana, Lima 2005), hay que tener una mirada al dolor y a las dificultades que enfrenta el maestro, pero también ahí está el manifiesto de una esperanza en la educación en nuestro país. Así, ofrece en este imprescindible texto “los retazos de su experiencia como fundador y director del colegio Los Reyes Rojos, en una galería de prosas iluminadoras e inquietantes que arden en el fuego sin llamas de la sabiduría”.

Ya en activo militante del Consejo Nacional de Educación, Carvallo enfrenta a la visión retrógrada del impertir aquel ‘apartheid’, miserable y de aislamiento individualista que se articula sobre todo en escuela privada. La maestra Mónica Delgado ha escrito que para Constantino: “el alumno no tiene nada que descubrir porque la verdad la posee el maestro. Ese tipo de relación autoritaria inculca en la población la esperanza mesiánica de que existe una persona, un movimiento, o un credo que los va a sacar de su condición”.

3.

Su tarea titánica no sólo se limita a la creación de Los Reyes Rojos. Carvallo tiene amen una visión optimista sobre la educación en el Perú. Sabe que sus valores se gastaron con el tiempo y cuanta reforma se implanta por aquí y por allá. Su esfuerzo entonces está en focalizar ese eterno problema de concebir una escuela pública de mala calidad y también darle un ejercicio de excelencia y calidad.

Amplio en sus conceptos, filósofo en extremo, cree que esa forja de valores está vinculado a la imaginación de los alumnos. Por ese tiene una fe ciega en escuchar, en dialogar, en enseñar con el ejemplo. Fascinado por el cine y por el fútbol, es aquel hombre que, lúdico, sabe que su discurso inflama la creatividad y la originalidad de lo que le escuchamos. Por eso es un ser irremplazable en un país enturbiado pero genéticamente iluminado. Y vamos que tiene toda la razón.

El era un año mayor. Yo lo quiero como a un padre y un amigo entrañable. Constantino Carvallo se me ha muerto hace una semana de un infarto prolongado. Lo operaron esa madrugada y hoy, repito, está muerto y yo que no aguanto la pena. Constantino Carvallo no estaba para la cirugía sino para las medicinas en la educación.

Una semana antes que nos dejara hablamos por el celular. Lo llamé porque necesitaba su sabiduría. Yo estaba perdido. Él sabe todo. Hace dos años presentamos el libro de Phillips Butters: “Muerte súbita”, la primera novela sobre la jaqueca nacional: el fútbol, escrita por el gran gordo barranquino. Antes fuimos a “El Cantarrana”, con Mercedes Gonzáles y Mayte Mujica de Santillana nos quisimos más. Almorzamos cebiches y parihuelas y nos tomamos nuestras chelas. Sabio, como siempre, Carvallo dijo que el libro era un texto justiciero. Yo le dije que la justicia era cosa de injustos con el bien común poco justo. Él me abrazó. Lo velamos desde esa tarde y por el resto de nuestros días. Su preocupación por la eterna sabiduría fue tan grande que incluso, se nos adelantó para descubrir que hay en el más allá.

(Fragmento de un texto del libro EL MÁS VID DE LOS OFICIOS que será publicado en julio del 2013).

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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