Gato / LA VIRGEN Y UN PLATO AL MÁS ALLÁ

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

GATO 2

Para Augusto Thorndike

 1.

La virgen es negra como el mismo negro. Y Caitro Soto es negro y tiene la fe albeada de pureza. Blanco sus ojos, negra su piel. Blancos sus dientes, negros sus bolsillos. Azabache y con brillo la dermis de la santa; oscuro de solemnidad ese pasado que tienen ambos desde el fondo de los tiempos. Y Caitro es devoto de Santa Efigenia, la única virgen de piel oscura que mora en los reinos del país y en la penumbra de su pequeña capilla, en el mismo corazón del villorrio La Quebrada –un anexo del distrito de San Luis en la provincia de Cañete al sur de Lima–, Santa Efigenia, Caitro, las creencias, los cajones, su música y los gourmets del «curruñao» –gato en cristiano–, celebran la vida y hasta un muerto de seis meses tiene ese mismo sábado ocasión para el júbilo. Hay que adorar a la virgen aunque nos cueste la vida –dicen que dice.

Y viene a La Quebrada porque aquí me dijeron que vivía mi padre. Decían que era alto como el único ficus de la alameda Progreso, la principal y con bancas y vientecillo ahí. Que era hombre de palabra y que bramaba lisura por los expedientes del corazón. Eso me dijeron y hasta que cantaba a medianoche como un heraldo del goce entre enaguas y crisantemos. Y La Quebrada se halla a la vera de un río disoluto, unos terrenos herejes y la mala maña de sus gentiles que se conoce de Cerro Azul puerto y hasta las lomas de Calango pasando por los manglares de Lapondé. Que ahí el que no era pariente tenía los mismo ojos de almíbar y el que era tentado por los fastos de la lujuria o se moría de viejo o vestía luto por siempre hasta en cumpleaños.  Eso me dijeron y cuando llegamos, era cierto, entonces encontré a Caitro.

Y este negro sí es de aquí. Carlos Soto de la Colina, Caitro, ha llegado a La Quebrada como invitado especial. Ahora camina lerdo como perdonando el tiempo pero, antes que cajonero o cantante, es devoto. Y es fiesta de la virgen y él ahora cree que los hombres se van al cielo aunque sean negros o se apelliden Talaviña. Y él está preparado para ascender hasta donde diosito porque allí dice que vive su mamita, doña Chabuca Granda que fue su santa y que le dijo que había que ser del lado de los buenos que sólo para eso vino el hombre a estos predios. Caitro nació en San Luis, unos kilómetros más abajo y se sorprende que haya tanto periodista y tanto alboroto que eso no le gusta a la virgen pero que sabe respetar, que por eso su tío abuelo, don Fridolino, le enseñó a zapatear a pata calata y que gracias a la buenamoza Caridad, una noche en Chincha se escondió en un baúl para escuchar el canto de esos negros diablos que adoraban a la Ochún y la Beatita de Humay y que eran medios brujos y entonaban panalivios en un idioma extraño.

 

2.

Y La Quebrada desde el día anterior se ha llenado de extraños, gente de la prensa que le dicen. Porque cuando el negro Sabino Cañas Angulo, el caporal de las festividades de Santa Efigenia, que es el 21 de setiembre, llamó a los periodistas como en  aquel 1997  y les contó que se había organizado un festival nacional de «comegatos» en homenaje a la virgen, los férreos defensores de los animales y las mascotas, pegaron el maullido al cielo y la convocatoria fue un fracaso. Se opuso el alcalde de San Luis y el subprefecto y el obispo. Entonces el banquete fue entre gatos y medianoche. Y ahora, este Sabino, que es un sabido pero que también quiere a su villorrio, otra vez suelta la noticia que con ocasión de la fiesta de Santa Efigenia anuncia que este año y una vez más, se prepararan qué de manjares a base de la carne de los meninos, potajes inéditos para pasar a la inmortalidad y además que el asunto sale con festejo y harto cu-cu y pisco acholado y cachina y bajamar y hasta con revolcada con harina de chuño para esos cojudos que son víctimas de los diablos azules, que algo estarán pagando.

Y ahora Caitro, aprovechando la trampa del off side, está declarando para un curtido reportero de Televisa que fue él, aquel que le vendió su cajón al guitarrista flamenco Paco de Lucía [me pide que lo repita, Vr. Gr.: Cajón: Dícese del instrumento musical creado en el Perú. Caja paralelepípeda de madera que posee en su cara posterior un orificio circular llamado «boca», que se tañe percutiendo con ambas manos y que es el único aparato de música donde el interprete deposita su poto sobre su tapa a manera de carne de resonancia]. El cajón, decía Caitro, se lo llevó De Lucía y no me pagó un centavo ni un carajo y ahora por ahí andan diciendo que el aparato es andaluz o que es chicano y hasta la agitanada Jennifer López, rompe los esfínteres de la razón con un movimiento de pelvis y caderas y gracias al cajón y  ¡Ay que rico!, Pero Caitro está molesto porque él es sobrino de Ángel Donaire y de Ufo Manso, sí señor, y la virgen será de Angola pero el cajón era suyo porque con ese instrumento hizo bailar a su mamá Benedicta, la emperatriz del «manchapecho» y que de las tripas del chancho hacía bisté de faisán.

 

3.

Y era sábado en las orejas de ese burro. Y La Quebrada estaba de fiesta. Cierto, la comarca alberga a descendientes, primero de chinos, después de negros y luego de japoneses y hasta cholos sin negar a los sacalaguas. Entonces ahí viven empiernados al pasado y qué de hijos no recibieron del mismo taita Dios, y que no los frieguen con eso que eran esclavos del presidente Leguía y luego de la familia Rizo Patrón. Y hubo misa con banda y bombardas contra el cielo perplejo. Y qué de morenas se habían vestido de princesas del Congo y sus zapatos color champan. Qué de negros fichos se habían bañado en aquel río que va a dar a la mar que es el vivir en el goce y se habían remojado en aguita de colonia y bendita además. Y qué de chinos no miraban asustados, de corbatitas angostas, detrás de su mampara, y cuánto, uno que otro nikkei, ora con terno y los pies calludos, observaban la algazara desde sus remordimientos. Entonces nos dicen que el muerto está llamando y hasta allá vamos.

Y cierto, en las que fueron las casas de los capataces de la hacienda, ahora vive la familia Oriundo. Y doña Maura, hija de Juan Graciano Oriundo, han organizado la misa de difunto de una de sus hijas. Y misa de muertos es para el disfrute de los que quedamos aún con vida. Y en La Quebrada, el oficio religioso es para todo el pueblo y la jarana también. Entonces, doña Margarita Borja ha preparado una espasmódica sopa seca con carne de pavo y desde Acarí ha llegado doña Maximina Sánchez viuda de Rivadeneyra para hacerse cargo de los tallarines con carne de chivo y tomate italiano. Y cierto, ahora aparece Sandro Torres que por algún lado es familia de la difunta y ha llegado con su 4X4 desde Lunahuaná con sus barriles de cachina, que es un vino joven pero que no respeta a los viejos. No lo voy a negar, lo que admira es que le sirven a uno tremendos platos y a cualquier cristiano que se arrime por esa casa llena de alegría funeraria, y que la palomilla ha borrado el número sobre la puerta para dejar estampada con sangre de hembra falsaria la palabra «amen», seguro que lo hacen pariente porque todos somos hijos de Santa Efigenia.

Y una china-chola me pasa otra jarra de un pisco macerado en ropa interior  y me pregunta mi signo y llega Augusto Thorndike, de Panamericana, y me salva de la tentación de la carne pero me lleva a la fascinación de la sensualidad que se llama Rebeca y que le dice «La Chichi» y que tiene en su foja de catre, tres muertos y un invalido y tengo que parar la mano porque ya apareció el primer potaje de la fiesta: Gato Wroster [«oiga que así no se escribe pero que me importa si tengo harta plata»] en salsa de maní, y no pasa nada porque Jaime Rojas «El Rule», que le hace una crítica destructiva al plato, nos confiesa que hace un ratito ha dejado en salmuera su Gato al sillau, que será la sensación de los festejos porque aunque es negro y diseñador gráfico, su abuelo era alemán y dice que llegó del viejo continente en submarino para mejorar la raza. Y ya está cayendo la noche de cansada y se arranca el landó y el festejo y la gente se alborota porque la cachina llega en un burro-tanque.

Y cuando la penumbra se quita el refajo, doña Luzmila Navarro, negra viuda de 84 años que estaba sentada sobre una silla de hechura japonesa, apacible y calmada mirando la tierra rodar, que pega el grito porque ha visto entre los danzantes de aquel aquelarre en torno al felino en adobo, a su Pablo Navarro, su marido muerto en 1994 de ataque dudoso, y todos corren a socorrerla y darle pisco y más cachina. En La Quebrada no sólo se aparecen los de la otra vida sino los gentiles que habitan el interregno de la eternidad a plazos. Sólo «El Rule» mira el alboroto con ‘calmada acción’. Y yo le digo si no le da pena el susto de la viuda. Y que cosa quieres –me responde canchero—, si ese negro comía gato, por eso tiene siete vidas y ocho viudas. Y «El Rule», así se perdió en la noche y maullando. Y uno como uno, supone que ya adquirió el pasaje para la inmortalidad. Brinda por los muertos, una vez más por la inmortalidad del gato y la asistencia de Santa Efigenia, otra por la tierna entrepierna de la negra «La chichi» y otra más para poder regresar.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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