Silvia Kristel / O CON EMMANUELLE EN EL BURDEL

 Una crónica de ELOY JÁUREGUI

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i.m. Silvia Kristel

1.

Si hay novelas para leerlas con una sola mano también hay películas para observarlas con cinco dedos de furia. Veamos, por esta vez empecemos por atrás. Yo era un muchacho místico a punto de ingresar al seminario. Puro, esa vez en el cine Lido, ensopado en la oscuridad de la sala casi mi dormitorio, conocí a Sylvia Kristel, la mujer que encarnó en el cine el mito erótico de Emmanuelle. Fue un deslumbramiento más que un alumbramiento diabólico. Ella pecadora y holandesa láctica había nacido para el sexo ecléctico. Yo berreando, existía solo para el reojo óptico. Cuando me tocó ver “Alicia o la Última Fuga” fui atrapado erecto. No era un film del montón. La cinta pertenecía a la firma del maestro Claude Chabrol. Film brillante, lascivo y lujurioso. Silvia así, fue la eternidad de la fugacidad y ahora que se ha muerto a sus 60 años con un cáncer en su garganta profunda, es la caducidad de la inmortalidad.

Pero la verdad fílmica comenzó en otra parte. El cine se llamaba Maximil y fue inaugurado cuando ya vivíamos en un edificio del barrio de Surquillo. Mi dormitorio quedó así, mientras yo dejaba de jugar con las canicas y me entretenía con otras bolas, exactamente detrás del ecram. Así que en mis noches de sueños húmedos me imaginaba la piel a mi costado izquierdo de cuanta actriz italiana se exhibía en esa sala de barrio y hasta escuchaba sus susurros en el pallar de mi oreja derecha. Ahí conocí a Sylvia Kristel –desde 1973 al 2010 actuó en 29 películas–  y cohabitamos tontos pero felices. Yo recuerdo su cuerpo largo de formas elásticas que luego diera carne al personaje “Emmanuelle”, también conocida como “la antivirgen”. Los críticos en ese entonces, cuando Just Jaeckin la convirtiera en película cuasi dura, decían: “Kristel llena con su figura la pantalla. Con ella se podía percibir el calor de su cuerpo descarnado, sus pechos túrgidos que cobraban más firmeza con la excitación, al ritmo de la melodía que para ella compusiera Pierre Bachelet y que después el mismísimo Francis Lai inmortalizara en notas que alcanzaron la cumbre de lo sublime”.

Kristel vivió con más ardor en la vida que en la cama. Cuando en septiembre de 2006 se publicó en Francia su autobiografía de “Nue” (Desnuda) escrita por un joven amante bandido, lo confesó todo. Los orgasmos auténticos mientras filmaba y en medio de las turbulencias de las drogas, alcohol, y una fijación: Encontrar la figura paterna que siempre la llevó a tener relaciones dolorosas con hombres mayores que ella. Sus verdades iban desde cuando era niña y mientras sus padres regentaban un hotel en Utrecht, Holanda, fue víctima de abusos sexuales cuando apenas tenía nueve años, hasta cuando tuvo de marido a Hugo Claus, un escritor belga 27 años mayor que ella, con quien tuvo un hijo y a quien dejó por el duro Ian McShane, diez años también mayor, a quien conoció en el rodaje de la película “El quinto mosquetero” y con quien escapó a Los Ángeles donde él la dejó por una mexicana. En resumen Kristel dijo: “Ian era encantador pero la nuestra fue una relación horrible. Cuando él me dejó yo me aferré a la cocaína”.

2.

El sexo fílmico y el literario, sobre todo, son el motivo mayor del arte y su fijeza. En la literatura peruana es de una infinitud singular. Desde que leí “Duque” de José Diez Canseco me supe falaz. El texto es el sexo, caleta pero sexo al fin. El novio con la novia. El novio con el padre de la novia. La prometida con el mejor amigo de su pretendiente. La madre con el mejor amigo del hijo. Un tejido rijoso pero perdonable por pituco. Otros, Oswaldo Reynoso figura como sanchopancesco y no lo es. El mismo Varga Llosa puso de moda la locación del burdel en las letras y letrinas. La Chunga en La casa verde, la “Pies dorados” en La ciudad y los perros o Angie Cepeda en la versión fílmica de Pantaleón y las visitadoras son prostituta con RUC y diplomado en decencia.

El prostíbulo tiene prosapia literaria. Hoy que acabo de terminar la formidable novela “Mañana en El Botecito” de Lorenzo Helguero (Editorial Mesa Redonda. Lima 2012) le doy la razón al autor matador. El chongo es la iniciación y el fin del hombre. Helguero nos cuenta del placer solitario, del debut pringado, de la gran afinidad que la función sexual tiene con la escritura. Antes, el maestro Gregorio Martínez, zambo diablo, zamarro entre zamarros nos deslumbró con su “cachística” en Canto de sirena y la presentación pública del gran Candelario Navarro, negro jijuna y salaz hasta no más. Martínez que luego perpetrara su tratado máximo del vicariato burdelero: en El Libro de los Espejos. 7 ensayos a filo de catre, chisguetea a diestra y siniestra. La Guía Lescano o el GPS de la libídine, uno de la mano del escritor llega al lecho con la ramera como Dante baja al infierno del gozo.

Y todos tienen su historia, la mía la conté en mi relato El hombre de la casaca verde y que decía así. “Era el único macho de mis siete hermanas. La erecta esperanza de mi padre en aquel barrio limeño de Surquillo donde a los homosexuales los aderezaban con piropos de un glamour primoroso. No obstante, en casa, muñecas y cosméticos contrastaban con mis dos pelotas. La de cuero de 32 paños y la de trapo, de medias de nylon de mis primas que yo confeccionaba con mis manitas de colegial bobalicón. En el colmo, mi madre, gerenciaba un salón de belleza y yo, acomedido, ordenaba los ruleros y peinetas. De premio, ella me obligaba a que la acompañase al cine “Primavera” a ver a Sarita Montiel, una española tetona que dejó un bodrio para el cine: “La violetera”. Un domingo mi padre, mientras se quejaba de su mala suerte, ebrio de pisco y cólera me apunto con su dedo y pegó el grito: “Solo falta que éste me salga marica”. Era una sentida sentencia que lejos del rubor hermafrodita, produjo a mis 13 años el primer erguimiento bajo ventral.

3.

Mi educación sentimental fue la de un semental. Pésimo en matemáticas, mi fuerte en el colegio Ricardo Palma fue mi palma. Lujo de la lujuria. Precoz onanista, medía la física y la metafísica con una sola mano. Si existía una poética por qué no una erótica, me decía. Y aquello fue mi fuerte, las revistas de artistas. “Ecram” era mi favorita. Carnívoro miope, fui devorado por el ojal encarnado de las actrices Ana Luisa Peluffo, Ana Bertha Lepe y Sonia Furió, en ese orden. A falta de una, tres hembras latinas esperaban por mi lengua todavía muerta. Sus tetas y muslos suplicaban mi hipotenusa erecta para su ángulo recto. Yo, Pitágoras, vivía en un calduriento teorema. Así, mi padre me sorprendió con un enigmático regalo. Una casaca verde con capucha que adquirió de contrabando en Bolivia. Para el clima amariconado de Lima, yo más parecía el abominable hombre de las nieves, incluso al mediodía. Mis tías decían que me quedaba regia y alguna vecina me susurraban babeantes: “ese, mi osito lechoso”.

La calle y la Escuela Fiscal 405 se llamaban La Rectora junto a la iglesia Santa Ana en el Cercado de Lima. En el libro de bautismos 74 de 1943, folio 121, está registrado como católico, Alberto Fujimori Fujimori. Fue ahí donde el hoy condenado ex presidente estudió la primaria. La arquitectura del sitio luce casas modestas de dos pisos que en aquel 1967 se había puesto de moda al concentrar una discreta zona rosa. Supongo que Fujimori había dejado la semilla de la corrupción en el barrio que, caída la tarde, se convierta en una rumorosa feria sexual junto a la escuela e iglesia. De esos días venía mi amistad con Obregón. Un compañero de carpeta que no solo era el mayor de la clase sino brigadier y capo. Él administraba los sobornos a los profesores y era caudillo cuando avanzábamos en turbas a darnos de alma contra otras secciones. Peleador, cierta vez me enseñó una navaja de matarife: “es para llevarle plata a la Ivón”, me explicó. Ivón trabajaban en uno de los siete burdeles de la calle La Rectora. Obregón no hizo mayor esfuerzo para que la conozca.

Una tarde me dijo: “ponte tu casaca verde para que parezcas hombre y vamos al paraíso”. Yo sudaba frío cuando llegamos. Subimos las gradas, pagamos y pasamos al único salón. Una veintena de mujeres maduras esperaban a sus clientes. La más joven era Ivón. “Te traigo a mi ahijado, tú serás su madrina” ordenó Obregón. Ella me llevó de la mano como a un ciego sexual. El cuarto, además de la cama tenía una palangana y una toalla sucia. Todavía recuerdo esa luz mientras ella me desnudaba. Luego pasó lo que tenía que pasar. Al regreso ya de medianoche, yo definitivamente era otro. Solo a los días descubrí que en esa primera vez me había olvidado la casaca verde en el cuarto de Ivón a quien nunca la volví a ver. Mi padre siempre preguntaba por qué no me ponía la bendita casaca hasta que una noche me obligó a que se la mostrara. “Podemos hablar de hombre a hombre”, le respondí de pie. Así, frente a mi madre y mis hermanas, miré los ojos de mi padre y expliqué con voz estentórea los detalles de mi hazaña con Ivón. Hubo un silencio eterno. Luego, mi padre se levantó, tiró la servilleta, apuró un trago de pisco y grito: “Es hombre, carajo, es hombre”. Yo no sé hasta hoy quién se quedó con mi casaca verde, si la fogosa Ivón o el sátrapa de Fujimori”.

(Texto tomado del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS que será publicado en julio del 2013).

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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