Manuel Morales / ALLÁ, AL OTRO LADO DEL MUNDO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Manuel Morales 2

Para José Carlos Rodríguez

1.

Belleza inmediata de un retazo en el tiempo. Y está en sentado en la cabecera de la mesa de la cantina El anzuelo en la cuadra tres del jirón Huancavelica en el Centro de Lima. Y se ha desabotonado la camisa y luce un bividí blanco impecable cuando se concentra en el destino de ese rodar de los dados desde su cubilete al que atrapa con fiereza. Y junta las cejas, frunce el ceño y enciende su mirada preparado a construir su próximo juego que sí abate el azar.  Y gana, como toda la noche pero no celebra. Sereno arrima sus palos de fósforo cerca de su vaso y nos mira. Luego pide: “no se asusten” y apenas ubica a Chontril, el mozo, y pide dos cervezas con los dedos, como ese viernes, como todos los viernes que lo hemos visto llegar desde Chiclayo a la casa-colectivo que está ahí no más, en el segundo piso y que regenta Jorge Pimentel.

Hoy ha llegado más temprano y ahora solitario, se ha ubicado en la misma mesa de todos los fines de semana y nos está esperando. Y cuando a las carreras preguntamos por él nos dicen que ya está abajo, con el cubilete, con la mesa perfecta y siempre las dos cervezas. Y bajamos a los trancos y lo abrazamos como al hermano mayor y nos pide que le contemos qué ha pasado. Y nada, que el país está revuelto, en pie de lucha, que apareció un gremio de pescadores fachos y sonríe tranquilo, que él sabe de ese asunto, que el es sociólogo medio tiempo y qué de huelgas y sindicatos no han pasado por su gabinete.

Que es detector de moñas y entuertos allá en al norte porque trabaja en Sinamos. Y se pega un ‘espich’ de coyuntura política y rápido saca un gancho de zurda: “¿han leído a Eluard?” Y más rápido todavía lo cita: “Pero yo vi los ojos más hermosos del mundo,/ Dioses de plata que tenían zafiros en sus manos. Y celebramos el júbilo de tener como amigo a ese hombre que llega desde el norte con su poesía y el cuajo de sus cinco dados, por verlo otra vez seduciendo toda la vida y a dentelladas toda la noche. Y dice que arriba, en su mochila hay un king kong de 2 kilos, que hay que dividirlo entre el  Juan Ramírez, el Zambo Verásteguí, Jorge y yo. Y le contamos que estamos preparando el I Congreso de Hora Zero para julio. Y vivimos intensamente aquel 1971 y Lima no es la ciudad que uno quiere, pero igual, la soporta y,  a los navajazos la poetiza porque existe una cultura del caos y hay que pegar en el lugar seguro y con actos rotundos y contundentes.

Cuando nos arrojan del bar, el hombre menta la madre, amenaza al dueño pero luego lo toma en brazos, le habla al oído y pegan la carcajada. Después, que cuídense mucho y, detiene un taxi, paga y nos despide hacia Miraflores a Jorge y a mi. El tiene en la casa-colectivo su cama intocable. Durante la semana nadie osa ni sentarse en ella. Hay un letrero en la pared junto a la cabecera: “Aquí duerme Manuel Morales. Sé libre, acuéstate en el suelo”. Cierto. Sus sábanas y manta de un material antialérgico lo hacen especial. Por eso también se lo respeta. “Es que a veces se le cierra el pecho y se pone como loco”, dice la señora que hace la limpieza. El hombre sufre de asma pero no habla del tema y maneja sus inhaladores como un cowboy taciturno pero de ira implacable.

Los sábados se levanta a mediodía. Lo primero que dice es: “No existe el poeta que marca tarjeta”. Y agrega: “A las cuatro voy a ver mis asuntos”. Cierto, pero antes nos vamos a El Peñón, de la avenida Luna Pizarro en La Victoria. Cebiches y parihuelas ahora con cerveza negra lo ponen más locuaz. Ya está con nosotros Mario Luna y como es de Chimbote, con él hacen otras migas. Se habla de Velasco, del proceso, de los militares, de la revolución sin partido. Pero alguien toca el Aullido de Ginsberg y el otro, los Cantares de Pound.

Entonces la poesía nos invade nuevamente. Y en este invierno limeño aparece el sol de la lucidez. Y a los gritos estamos a favor y en contra. Los versos: “Yo vi caminar por las calles de Lima hombres y mujeres carcomidos por la neurosis…” del poema Salmo del Zambo Verástegui, entra a tallar. Así somos. Podemos hablar de fútbol y la metáfora termina con una media verónica casi siempre de poesía. Repito, siempre de poesía. Y así se va la tarde. El hombre paga y se marcha rumbo a Santa Cruz, su barrio, en las orillas del Miraflores náutico. El eco de sus sentencias ha calado en mi memoria y cuando se va, las cuotas de sus sombras calaveras nos dejan alertas, agazapados y excitados.

2.

Sol sonámbulo que despierta sobresaltado. El movimiento Hora Zero a partir de 1970 crea bases en Chiclayo y Pucallpa. Pimentel, Ramírez Ruiz y Verásteguí habían publicado en el norte la primera revista de HZ donde se editó un compacto de poemas con otro aliento y talante y el primer manifiesto Palabras Urgentes: “Que se cojan entonces la segadoras, que se limpien los escombros (…) Si somos iracundos es porque esto tiene dimensión de tragedia. A nosotros se nos ha entregado una catástrofe para poetizarla. Se nos ha dado esta coyuntura histórica para culminar una etapa lamentable y para inaugurar otra más justa, más luminosa”.

Esa prédica y aquella poética había inflamado a los jóvenes poetas de aquel Centro de Lima que invadían los bares y cafés que se articulaban entre la Plaza San Martín y el Parque Universitario. Jóvenes poetas desconectados hasta ese entonces de una poesis o lampo, una teoría o estructura y de un espíritu o escritura, que fuese afín a sus vidas y utopías. A principios de los 70 del siglo pasado, la mayoría había llegado a Lima de provincias a estudiar a universidades públicas: San Marcos, Villarreal, La Cantuta.

En aquel tiempo se entendía que el escribir poesía era insertarse en un complejo proceso de asunción reflexiva intensa o arte de iniciados sólo para algunos seres privilegiados y ascéticos. La generación del 60 ya había intentado el irrenunciable camino de romper cabos anquilosados en un clasicismo poético conservador y sin originalidad. El país tenía grandes poetas que al publicar un libro, rotundos, negaban cualquier atisbo de subversión textual. Se escribía poesía como ordenaba el canon.

Y esa matriz que admiraba a la generación del 27 permitía la rebeldía con un volumen adecuado jamás más allá de lo intenso. Las matrices poéticas de Martín Adán, Alejandro Romualdo o Washington Delgado, cada uno a su manera y cada uno, padre de un estilo incomparable, eran sediciosas e insurrectas porque eso es la poesía, pero cargaban en su estro y ardor con la descomunal despensa de lo clásico. Y ese molde era su brillante espada pero también su ataúd expresivo. Por ello, los jóvenes poetas del 70, cada quien también a su manera, comenzamos a escribir conectando por primera vez el desnudo universo de nuestro anclaje a este mundo, tomando la praxis tajante de las corrientes vanguardistas del planeta e inyectando nuestro radical sello personal. No había tiempo para aquel apostolado vicario y de padrinazgos.

En ese clima revuelto de la revolución de Velasco, de la migración desarticulada tomando la capital del Perú y de los partidos de izquierda consolidándose en una impronta desordenada aunque más reflexiva luego del fracaso de los movimientos guerrilleristas, en ese Perú de los 70 es cuando aparece un nuevo poeta en el escenario –ya no parnaso—caótico de un país en trance. El orgasmo nacional y la revolución internacional marxista.

El hombre sabe de esto y de aquello. El hombre se llama Manuel Morales y ha muerto joven allá en su casa de Porto Alegre, al sur de su Brasil pintado en su camisa y clavado a su corazón y adonde se fue hace 35 años. Como cuenta Tulio Mora: “Se marchó en 1977 tras de su esposa, una preciosa brasileña que aún recuerdo hoy con un pañuelo verde en la cabeza y un monito tití en el hombro”. Manuel Morales que vio la luz de este mundo en Iquitos en 1943, ha muerto en ese hogar de colores y besos. El 2 de octubre del 2007 se fue quien fue el que fue. Un hombre insular al principio. Otro, aquel que nos consentía y nos pedía audacia y temple. El poeta que llegaba con encomiendas y talegas de cariño.

3.

La poesía en el gimnasio.  La última vez que lo  vi fue como la primera. Estaba como siempre en la cabecera de una de las mesas del Palermo,  y no hacía otra cosa que hablar de poesía. Tenía el rictus del maestro marginal petardista y tablajero pero vivía en ese espacio iluminado de la palabra prosódica y malmandada. El Palermo, debo decirlo, era el bar más grande que se recuerde en La Colmena, a unos metros de la Casona de la universidad de San Marcos. Y escribí: “Estoy solo como esa vez. Y llega Jorge Pimentel, serio, elegante y rotundo. Juan Ramírez Ruiz, risueño debajo de sus bigotes a lo Javier Solís, y Enrique Verástegui como un Jimmy Hendrix buscando su guitarra.

Todos esperamos a Manuel Morales que viene no se sabe de dónde.  Tengo 16 años y escribo poesía por empacho pero frente a grupo excelso, me amorato. Pero aparece Manuel Morales. En el fondo, él era el jefe. Y habló de la alta poesía italiana, la Loren,  la desventaja de Pasolini  y otra vez la poesía. Una cuchillada de ternura, esa noche contra los hachazos de sombras. Y Manuel Morales, hercúleo en esencia y dibujado en el dado donde rueda su palabra y su sexo y polifonías. Morales es de naturales y baja el toro así. Cuando está de mañana se erecta de sombras.

Por la tarde lee a Pratolini y escupe cupidos. Se enamora al anochecer del silencio de la luz. Y cuando se acuesta, agata a la presa y felicea. Su ayuno es descomunal por espumas y poemas. Así crea la recta retorcida y el semen del sema. Morales se fue Brasil y su ternura la envía con su loro. Está bronceado de ternuras y degüella las tristezas. Canta al Vinicius y corretea monjas, el maestro. Si supiera que lo amamos no se hubiese muerto. Si viera cómo lo extrañamos sería imperecedero. Si olvidara que lo vamos a recordar a morir, Morales estaría de hachazo y resondrándonos. Entonces en el cielo lo veo, con la cuenta.

Y cuánta desolación, maestro, yo que lo abracé como quien tiene un duelo con su padre. Como quien desafía la muerte. Como quien con la amistad se hace hermoso. Fogatas de amor, los hechos nuestros. En una última carta que le envía a Jorge Pimentel desde su terraza en Porto Alegre dice: “Ustedes dirán, Manuel Morales vivió lejos y nos olvidó. No es verdad. Siempre viví con mi conciencia transformada en un derrelicto. Y hallo que fue bien. Desde lejos vi a mi generación crecer. Tengo orgullo de ser un militante de Hora Zero, el movimiento que con mis hermanos ayudamos a erguir para que la poesía no sea una farsa y sí el resultado dialéctico de una generación que ansiaba la libertad contra todos los indicios del oficialismo (…) Soy, como ya dije a mi hermano Miguel Gutiérrez, un hombre libertino cuyo negocio ahora es enamorar. Vivo en el sur del Brasil. Un lugar muy interesante por sus mujeres lindas. Ya habrá oportunidad para que les cuente mi vida”. Y así quedó escrito.

(Fragmento de un texto tomado del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS que será publicado en julio del 2013).

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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Una respuesta a Manuel Morales / ALLÁ, AL OTRO LADO DEL MUNDO

  1. Roberto Duran dijo:

    Menuda forma de conocer a la legenda que fue Manuel Morales.

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