Épicos / CON PLATÓN EN CERRO AZUL

Cerro Azul

 

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

En el puerto de Cerro Azul la semana tiene nueve días. Uno más para “curar” el cuerpo y remendar el alma. Otro, para revolcarse en el terral apasionado de las ambrosía prohibidas. Después, hay que trabajar duro y parejo  y fornicar con todas las carnes del gozo. Luego, comer con toditos los dientes y desesperadamente rastrear el sexo con la linterna de Dios o con las mismas pupilas del Diablo.

 1.

 El sexo es fresco aromático y marino, a manotazos entre las algas, la arena y las piedras negras. En el puerto de Cerro Azul los hombres tienen arriba de los cincuenta años y trajinan en las riberas de las frutas verdes y las comisuras de las maduras. Las niñas son altas como el guarango estrellando sus líquidos con estrépito contra las cascadas de sus leches  y la miel.

 La luz es espléndida mejor en la cinta asfáltica de la carretera como cuerda de guitarra ahorcando la madrugada. Y la llanura es un relámpago sin testigos debajo de las  ruedas del ómnibus deslizándose en las escamas del vértigo mientras uno se aproxima a esas sus playas. Amanece y el asfalto conduce el hachazo del cazador burlado y su cuerpo de insecto disecado. Enamorado en cuclillas cual maniquí frente a la gala ebria, difuminándose tras las flores innobles y amarillas (Del cuaderno de viajes o de viejos).

En Cerro Azul el cine es tan antiguo que aquellas películas son mudas, sordas y ciegas. Cierto, hace años que ha dejado de funcionar porque aquí se cancelaron los sueños y toditas las ilusiones, y su tómbola y tiovivos hacen girar los caballitos más cansados y borrachos del planeta. Tres niños gozan en las gradas de la pérgola de la plaza principal, están felices, sonríen observando la cámara, sonríen hasta donde pueden, no ven que simplemente están de fiesta. Es un jueves 16 de agosto de 1990 hasta las 12 de la noche, en este puerto que ahora es un pueblo empachado de hostales, homosexuales foráneos y donde los perros muerden a cristianos sólo hasta las nueve de la mañana. Hay desfile cívico con autoridades y payasos. Una banda del Colegio Nacional hace llegar sus resentidas notas hasta el lugar exacto donde revienta la quinta ola y las muchachas vírgenes y chaposas sudan sedosas sus calzones de yute y suspirando por las cicatrices del último verano.

Al mediodía, cruzando la Calle Derecha que corre de espaldas y paralela a la playa y que los lugareños aman tanto como a la Avenida Larco, don Marcos Lara duerme correctamente sentado  en la puerta de sus casa abrazado a su matamoscas. Tiene más de 100 años como su rancho de quincha con vista al muelle. Despachurra más de 100 años mirando correr las gordas gaviotas del olvido. Y es el más anciano de la comarca, hombre difícil con el saludo y las reverencias y pobre de aquel que se atreva a derogar su ensueño, clavado quedará en la quilla más alta y añosa de este puerto.

«Ese Marcos era un bandido», dice doña Rufina Quispe Zavala Vda. de Ponce, a quien se conocen como «La chismosa del valle». Yo que tengo 84 años, sé de sus hazañas, en el mar en las chacras y en las camas. Ese Marcos era un pendenciero. Mire, mi marido murió hace 16 años con todas las de la ley, y ese Marcos todavía le miraba el que te dije. Tengo 7 hijos vivos y otros 18 antes. Ahora estoy medio coja porque cuando fui a cobrar mi jubilación me caí con mi sobrina. Esta vida es una vaina y ahora sólo me entrego con mi matecito de huamanrripa.

En la «Bodega Show» del señor Víctor Pineda, alias «El Rey del Mambo», las voces asordinadas de Vicentico Valdés y Bienvenido Granda se quiere escapar por el túnel del casete. En mayo cumplió 77 años y está enterito. No le importa el bancomatic, los dividendos y el tanto por ciento, pero sí la amistad.

«Aquí nací, pero también trabajé en el Callao y Bajo el Puente. ¿Qué más iba a ser? Estibador de barcos, de toda bandera. Aquí hace muchísimos años cargábamos algodón, después caña de azúcar. Por este puerto llegaban los inmigrantes de toda calaña, negros, chinos, sacalaguas. A los japoneses cuando bajaban, los marcaban como reses con un número en tinta china, hasta el mismo papá del presidente Fujimori…»

–¿Pero usted también fue agricultor?

–Y de los buenos. Tenía mi chacra por el Iguanco. Un día nos cayó un huaico y nos fuimos a la mierda. Yo me iba a regar a las dos de la mañana y a las 5 ya estaba laborando a bordo, en el primer muelle que fue construido en 1924 por un alemán que le decían  Mr. Penni. Era otra cosa. Además jugaba mi pelota. Yo estuve en el equipo de «Lolo» y de Agapito Perales. Figúrese que «Lolín» me quiso llevar a jugar a la Argentina.

Ese don Víctor Pineda no deja de hablar y vende botellas de anisado «Diablos Azules» mientras ahora Julio Jaramillo está cantando un pasillo con vaselina. Ha ingresado una mujer a su recinto musical a rematarle 2 pollos chinchanos por medio palo. «No me gusta el pollo», responde cantarino ese don Víctor. Él está acostumbrado al lenguado, a la corvina, a la chita. Adicto del Charquicán el plato que inflama los clítoris más resecos y chúcaros del valle de Cañete y que se prepara a base de raya recontra seca y unas hierbas que crecen debajo de los catres rendidos por los coletazos de sirenas con zapatos de taco. Y desde las leñosas cocina, un ruiseñor entona: «Catando quiero decirte, lo que me gusta de ti…», por supuesto, en ritmo de bolero.

«Nosotros algunas veces subíamos a los salones de los cruceros del amor. Una noche conocí a Ana Bertha Lepe, la mexicana, por mi madre que era un pescadazo. Los que me conocían de figurín gritaban: «¡Que baile Pineda!» En eso, la orquesta se soltó con un rumba y yo agarré viaje. ¡Pum! Que le digo: Señorita, con todo respeto, me permite esta pieza, y ella que atraca, y un pasito para aquí y otro para allá. Bailamos toda la noche y hasta le agarré el poto…»

Ese don Víctor Pineda no deja de hablar. que dice que tenía su pintaza y un «cacharro» envidiable y una vez cuando llegaron «Las Aguilas Humanas» casi se va de trapecista y domador de dobermanes. Y que tocaba el melodio en la iglesia, y las muchachas iban a misa en masa y no precisamente a rezar, en todo caso a pecar y mojarse oyendo aquellos salmos celestialmente infernales.

El anisado Corona es aquel que más le gusta por las tardes a don Santiago Augusto Pinto Velásquez, natural de una calleja pulida y prodigiosa de Cerro Azul, estirada entre la rumorosa campiña y la resaca marina. «Don Augusto» (guarda con las comillas) estaba durmiendo la siesta cuando aparecimos con Carlitos Salazar Pasache y Denis Zegarra –porteños alquímicos y maestros en la educación sentimental–. Estaba siestando, dijo, pero ahí mismo se puso en guardia, presentó a doña Clelia Francia Gonzales, la señora de la casa, de su casa con tres puertas (una para que ingresen los amigos y las otras dos para que entre y salgan al toque los enemigos), y raudo mandó por la vertiginosa botella Corona de los siete volantines.

 –Aquí la gente es sana pero la brisa de setiembre la corrompe –dice enarbolando la copa intensiva–. El resto del tiempo somos buenazos y humanitarios que ni a misa vamos. Figúrese que la mayoría nos acostamos con la puerta abierta y uno duerme calato y hasta amanece vestido.

Don Augusto es hijo de Claudio Pinto Vilchez que llegó a este puerto desde el barrio de Miraflores ¡Guardia! pero Miraflores de Arequipa. Y es institución en estos pagos porque militó en el club Alianza Lima en el 47, reemplazando incluso al «Feo» Salinas (¡Qué se habrán creído!) y fue estibador, lanchero, carrero, mollano, motorista y achicador (¡No faltaba más!). Y es grande y brillante como un letrero de carretera porque fue el notable inventor del «Encebollado de camote», un descomunal portento de la imaginación culinaria de Cerro Azul que al más pintado lo revuelca en la epilepsia de sus tahurerías.

–Antes nadie vivía de la pesca y menos de la chacra. Yo que conocí a don Adolfo Mesones, uno de los primeros administradores del muelle, se lo puedo asegurar. Nosotros intercambiábamos anisado contra carne  y solamente fumábamos cigarrillos «Virginia», esos importados que venían en lata. Pero en 1971 cerraron el puerto y nos jodimos todos.

Y en eso, desde el fondo de la casa, aparece enojada doña Clelia con una cabeza de un bicho raro sin plumas: «¡Augusto mira! Ese gato pendejo ya se tiró al pato». Y entonces agarramos pena y más que pena, tristeza culinaria, que se dice. El pato de marras, ahora decapitado por las fauces de un gato techero más que felino y tablista, escrito –e inscrito– estaba para la cena de esa memorable noche. Imaginado con su arroz graneado y camuflado al culantro. Asentado con una enésima botella de anisado y Corona. Entonces, Con Salazar Pasache y Zegarra nos fuimos retirando escuchando todavía a «Don Augusto» contar que aquella vez que lo nombraron regidor de pesas y medidas del municipio, le colocó una multaza a su propio papá –así lo dijo– porque su tractor levantaba mucho polvo. Contar que a sus cumpleaños sólo se asistía con tarjeta. Rememorar que doña Clelia se enamoró de él cuando lo vio hacer un gol de «caracol», y que se parecía a un mono horrible pero que, antes, mucho antes, las mujeres hacían cola ¡Sí señor! por verlo con su traje de chaqué color leche de burra en la plaza de armas.

 2.

Desde el bar «El botecito», la Plaza de Armas es un cabaret calduriento, ardiente y sediento por qué no. Ahí las paredes hablan de “El Pinguino”, el más fanfa de los pescadores, que ahoga a los tiburones con el sobaco y llora cuando ve telenovelas, especialmente aquella, “Los ricos también lloran”, porque el también dice que es rico y, que griten a los cuatro vientos los maricones: “La Caty”, “La Susy”, “La Titi”, “La Pinchón”. Y porque un personaje de ojos de cripta  que prefirió el anonimato me contó: “En Cerro Azul están los cabros más ricos del Perú”. [¡Agarren esa flor!] Amen de los famosos campeonatos de vóley en la playa, torneo donde todos los puntos salen con “mate”.

Y cuando se esfuma el sol por las verijas del océano, frente a la comisaria del pueblo apenas resguardada por el huachimán suicida, cruza el pequeño bus que nos lleva a San Vicente de Cañete y canta en tiempo de bolero Rómulo Varilla: «Feo, dicen que soy feo …». Cómo es posible que estando tan cerca uno no vaya a visitar al poeta Enrique Verástegui. Aquellos jirones parecían  las apacibles calles de San Isidro pero sin dobermanes. Ahí estaba don Enrique atornillado a su biblioteca como un Pío Baroja joven un tanto bronceado. Ahora dejó sobre su escritorio un voluminoso libro de Platón, el autor de más de 30 diálogos filosóficos, aquellos memorables pitagóricos, de la existencia de las formas incorpóreas de las cosas humildes, de las ideas eternas supracelestes, del alma encerrada en la cárcel de nuestros cuerpos y su reencarnación.

–Dígame maestro ¿Platón o Chumpitaz ? — pregunté apurando al primer Cuba Libre de nuestra primera media res del ron inmisericorde. De esa noche quiero decir.– ¿O usted no cree que ambos son representantes de la aristocracia ateniense?

–Sin duda ambos — respondió mirando el corazón de su rodaja de limón apachurrada al fondo de su vaso–. Ambos comprendieron brillantemente la trascendencia de la división del trabajo, sobre todo Chumpitaz que era un back centro -agregó no sin antes alargar su rulo cual resorte de somier del sur chico-. Ambos bregaron insomnes por la formación del Estado-ciudad. Y nos e olvide mi querido amigo que para ellos, primero estaban los filósofos, luego los gobernantes, después los guerreros, y al final, claro está, como base los artesanos.

–¡Brindemos por ese gustazo, carajo! –chillé  como un bendito imitando el último graznido del pato de “don Augusto” inmolado en mala lid justo antes del crepúsculo turco de Cerro Azul. Y en la cantina de frente, no obstante, se escuchaba desde Lima y hasta Lunahuaná, a un locutor bronco gimiendo en el micrófono el yerro de un penalty -así se escribe Lalo Archimbaud – ejecutado con mala leche por otro poeta, esta vez zurdo por su padre y madre, el poeta Cesar Cueto de las sedes del Alianza Lima, para variar.

 

3.

 Don Luis Zegarra Torrefiel, «Don Luchón», me dice «soy un pensionado por la muerte». Y esta ubicado en su correcta banca forrada con piel de chivato  flojo, ahí en la casa de su hija «La Chava», negra hermosa que estos ojos jamás vieron. Ellos son de San Luis, el punto equidistante entre Cerro Azul y San Vicente. «Don Luchón» con su piel azabachada, su barba hirsuta y sus ojos bermejos a demonio miope que mira para adentro, era el trompetista de la famosa banda de San Luis que amenizaba cualquier evento sicosocial, desde los cortapelos de sacristán hasta los velorios de chinos herejes pasando por las solemnes procesiones del Rabino de Praga. Tiene más de ochenta años y una chalina negra que lo acompaña desde su Primera Comunión. Es cierto, hasta hoy no desmaya en sus enemas judiciales para que le paguen su jubilación y le entreguen un pedazo de tierra que bien se lo merece. ¡Y qué huevadas! Que es un poseso y tiene cojones para no desmayar en su utopía tardía.

–A mí, mi madre me daba a todo pasto leche de burra negra  –que era bien jodido conseguir—y decía que era muy buena para los pulmones, los riñones y la huasamandrapa. Y ya va usted. Aquí estoy vivito y coleando. Tengo 154 nietos y todavía me gusta la carne blanca.

–¿Y a usted quién le enseño a tocar la trompeta? –lo hinco fino.

–La corneta y otros artefactos, mi papá que se llama Pelagio Zegarra. Sí pues, el que construyó la balanza del  muelle nuevo, allá en Cerro Azul. El también era solicitado para todo lo que era bueno y dormía boca abajo, en bolas y siempre sobre pellejo.

 (Texto tomado del libro USTED ES LA CULPABLE. Editorial Norma. Lima 2004).

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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