Chino Domínguez / EL ATAUD MÁS BELLO DEL PLANETA

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

cHINO

1.

Carlos Chino Domínguez está atento. La señora Martha Hildebrandt siempre lo sorprendía mirando los libros de su biblioteca cada vez que la iba a entrevistar. “Hay Domínguez, usted no cambia”, le dijo esta vez. Y Domínguez le replicó: “Para qué, sí así somos felices”. El fotógrafo sabía muy bien de qué se hablaba con las damas –con las mujeres peruanas del Perú–, con la lingüista, la luchadora social, la poeta, la vedette. Las mujeres de El Chino. Por ello, hoy vuelvo –no frieguen, siempre vuelvo– a ese libro póstumo, “Las Peruanas”. Fondo Editorial de la Universidad Alas Peruanas. Lima 2012. Libro que hace justicia a un gran capítulo del trabajo de Domínguez. La edición, además de las notables fotografías de este periodista peruano, trae consigo un hermoso poema de Jorge Pimentel “Parsimonia de la luz susurrada” y texto formidables de Guillermo Thorndike, Alfredo Bryce, Pablo Macera, Tulio Mora, Fernando Obregón y el editor Omar Aramayo.

De esa mañana en casa de Martha Hildebrandt no me olvido del pisco ni la mandada a la mierda que pegó la marcial doctora. Llegamos a la hora y sedientos. Domínguez le había prometido una botella de pisco Tres Cruces y el líquido póntico llegó en su maletín de doble fondo. Primer huaracazo en ayunas y todo se puso de colores. La conversación navegaba entre los amores, la política, las quimeras y las brumas. Entonces yo pregunté qué cuándo fue sus primeras “nupcias”. La lingüista volteó el cuello, me horadó con su mirada, preguntó ¿“nupcias”? Sí, dije yo y me cayó la quincha: “No sea usted huachafo, que es eso de nupcias y porque no se va usted a la mierda”. Me quedé como eso mismo mientras Domínguez se revolcaba de risa.

Cuando en febrero del 2011 murió el Chino, yo le escribí estás líneas: “Me abruma. Carajo, que este señor que se llama Carlos Domínguez Hernández (Lima, 1933-2011) se tome la libertad de morirse en pleno verano. Y con este sol y con esta calor y con esta eterna sed. Señor Don Chino –como le decía Guillermo Thorndike—, está bien. Es su decisión. Conste que de tanta vida uno se muera también en el Perú. Y yo, y tú, y él, y ella. Las 5 zambas, las 4 chinas, las 3 en una, la matalascallando, la coja pasión, y el panzón, y el tombo, y la fiscal y la del vestido rojo, y la de la pensión y la de la pasión. Y el magistrado y la ministra y la abogada y la “chuchumeca” y la “amiquechucha”, se inmortalicen. Pero tú, Carlos Domínguez, no.

Porque tú eres mi padre poeta y no te mueres porque aquí frente mío está tu foto. Esa que me tomaste en la Plaza San Martín, con palomas, con el viento en contra, con la quinta maña, con la tos convulsiva. Y me dejaste solo, como huevo en cebiche. Y hasta ahora no se me calma la huasamandrapa, ni con la Negra Norma ni la Chola Caderona que me han velado en la pose del loto y sin catafalco, y sin esdrújulas porque tengo seco mi abecedario que una lágrima enjuaga ese pitecántropos que me pone duro.

Y mientras te escribo esta primera misiva con sello celestial, te estoy abrazando como a mi papá que se murió de júbilo frente a la playa de La Herradura. Y franco, franco, estoy escuchando a nuestro maestro Dámaso Pérez Prado en su “Mambo en Sax” que tanto nos gusta: Que para eso íbamos donde Vallejo a comprarnos esas tabas en blanco y negro, esas de pachucos pendejos para terminar donde La Valentina y meter mano, y meter lengua, y meterla toda y la alquimia, y la metafísica y el kilo de lomo, y la guardia vieja, y la nueva trova, y el Seco de Gato y el Jugo de Tablón donde Abraham Falcón. Pero había el mitin, y la huelga de hambre, y los brazos caídos, y Celia Cruz y dale a esa buenamoza, y tómate un pisco en ayunas como Toto Terry, y luego nos vamos donde Betty Di Roma a chequear si la celulitis le quemó las nalgas. Y que se espere Pablo Macera que vive al frente, porque la historia la registras tú. Y nos cantamos un valse de Pablo Casas Padilla y luego otro huaracazo entre pecho y espalda.

Señor Chino. Que entre todos los ataúdes, el tuyo es el más bello. Y ahí estás tomándole fotos a la asfixia, a los gladiolos de tus riñones. Y ahí estás haciéndole foco a la eternidad. Ahí estás para cerrar la función y para que tus hijos te señalen con su corazón en ristre. Para que los poetas de Hora Zero sepan que eras un bello testarudo que hiciste de tu vida la mejor fotografía. Esa que iluminará mi casa porque hombres como tú no se mueren, solo se quedan encantados”.

 

2.

Domínguez fue y es mi amigo. Tengo ese lujo. Lo conocí de antiguo, a él y a su familia. Nos unía los tufos de mi barrio, Surquillo. Domínguez hizo sus pinitos en el estudio Noguchi, a tiro de piedra de la casa donde nací. Era la esquina más poética del mundo: Avenida Primavera y Jirón Dante, mi hogar alto con sus 7 ventanas. Desde antes de 1980 lo admiraba y quería trabajar con él. Esa suerte de algunos periodistas hizo que un lustro después nos uniera la profesión.

Como dueto de dos, debutamos en el diario El Nacional. Una vez llegó Celia Cruz a cantar de gratis en el Paseo de la República. El Gringo Thorndike era el director. “¿Hasta qué hora los tengo que esperar?”, nos dijo. Yo repliqué que hasta las 9 de la noche de aquel domingo. “Que así sea” dijo el Gringo. Así, con esa sentencia nos fuimos al concierto. Yo hice una crónica de 69 cuartillas y “El Chino”, las 200 fotos. Desde esa vez que fuimos portada, siempre nos encargaban para desatar entuertos. Yo miro con su ojo y él mira con los míos. Los restos de Pérez Prado saben de lo que hablo y la caspa de Martha Hildebrandt sabe a qué me refiero.

Domínguez admiraba al fotógrafo neoyorquino Richard Avedon pero más a Henri Cartier-Bresson –en su estadía en México– y al gran Robert Capa. De alguna manera yo le alcancé los retratos de Sady González Moreno, el colombiano de Bogotá, las fotos de los mexicanos Héctor García y Manuel Álvarez Bravo y ese universal que fue don Juan Rulfo. Solo por Rulfo nos atacaba la terrible sed. Entonces nos íbamos a nuestro córner en la Plaza Bolognesi.

El restaurante había sido volado por Sendero Luminoso una vez de la Parada Militar. “Hay que reivindicarlo” decía Domínguez, y se pedía a raudales el “Capitán”, trago matrero pero de abolengo. Pisco, Vermouth Cinzano, Pasteurina, gotas de limón y hielo. Trago de cholos, de puna y para el frío y soroche. Entonces se aparecía Alberto Romero, del Callao y Juan Urcariegui y García, de Breña. Llegaban luego los tallarines verdes con su apanado y solo así se hablaba de poesía mientras don Juan se arrancaba con sus décimas de pie forzado.

Desde 1985, en el diario La Razón trabajé con Domínguez. Luego vendría El Nacional, Página Libre y Expreso. La época más prolífica fue en diario que dirigía Guillermo Thorndike. Crónicas a la vedette Betty Di Roma, a la cantante Tania Libertad, a la folclorista Victoria Santa Cruz, a la poeta Blanca Varela y a la doctora Hildebrandt sirvieron luego para mi antología que titulé “Usted es la culpable”. Norma 2004. Gracias a Domínguez, pude armar las tramas de estos textos mediante el desvelamiento y la verosimilitud del hecho periodístico. Aquel recurso estilístico de la transferencia de sentidos. La crónica es la poesía del periodismo.

Así, Hugo Neira decía de la metáfora en prensa: «el mar rugiente», es literalmente falso, el mar no ruge porque no es una fiera, pero es bueno insinuarlo. Y nadie está en la «flor de la edad» porque los seres humanos no somos plantas. La función metafórica permitió así la simultaneidad de sentidos. Eso tuvo Domínguez. Yo escribía y luego de ver sus fotos, corregía.  Así, en esas crónicas, todo se exponía e imponía, se evocaba y se tocaba. Mundo urbano: modas, sarro, cucarachas, racismo, rock, boleros. Para que se vinculen más allá del sentido común, muchas de las frases comienzan en la sociología urbana o en la antropología social y acaban inevitablemente en los predios literarios. Para ello, utilicé el hipérbaton y la analogía y otros efectos retóricos.

3.

Y si uno salía a trabajar con Domínguez había que ponerse a buen recaudo. Lo digo de otra manera, la “mirada del Perú”, como lo moteara el primer Alan García cuando presentó el libro “Los peruanos”, era muy jodido. Más que una aventura era una odisea a la manera del mismo Homero. Y hacía mucha sed. Entonces había que ponerse en guardia y a la primera, un huaracazo entre pecho y espalda. Usted me entiende, señora. Y a la primera de bastos, un ‘Capitán’, trago emblemático nacional: pisco y vermouth y limón, ahí en el Plaza Bolognesi, rematado con tallarines verdes y su sabana de apanado. “El Chino” fue cómplice de mi libro “Usted es la culpable”, un texto para leer bailando o mirar con la oreja. Por esto y aquello, señores, pido un aplauso para el maestro. Porque ser Domínguez en nuestro país eras ser más peruano que el hambre. Y lo dejo ahí, recordando su extrema calidad humana y su invalorable estilo personal.

La única vez que vi sollozar fue cuando regresó de una comisión frustrada. Habíamos planeado hacer una gran crónica de Lolo Fernández. Lolo agonizaba en la Clínica Maison de Sante. Así, yo casi había terminado el texto y a Domínguez le faltaba la foto. Esa foto que debía acompañar el homenaje. Entonces regresó conmovido, se sirvió otro vaso de cerveza y contó: “Estuve haciéndole la guardia desde las ocho de la mañana del viernes. El cuarto 203  permanecía cerrado y sólo un médico ingresaba de rato en rato. Por momentos la señora que decía ser la esposa de Lolo se paraba desafiante en la puerta y me observaba con cara de pocos amigos. Pero se descuidó e ingresé rápidamente. Mi cámara “Nikon” había permanecido oculta debajo de mi casaca marrón. Y ahí estaba el hombre con un piyama que seguramente fue verde cuando recién la compraron y que ahora lucía triste y casi irreconocible, como el hombre que lo portaba y que está intentando caminar sostenido por un armatoste de fierro. Quise tomarle la foto pero el aspecto de este hombre me rompió el corazón. Estaba demacrado con unas sondas que le ingresaban por las fosas nasales. Ya casi no tenía cabellos y su rostro tenía un color cenizo. Me miró con la vista perdida, balbuceó algo incoherente y volteó la cara. Quedé petrificado en el preciso momento en que los vigilantes ingresaron raudos para expulsarme cuando yo les iba explicando que no entendía cómo aquel ídolo nacional se encontraba en el tal estado. Salí o mejor dicho me sacaron. Afuera había una conferencia de prensa donde los médicos de la clínica y su esposa anunciaban que el gran Lolo Fernández  era un flamante socio del “Club de la salud”.

Y si no fuera por Domínguez no hubiese conocida a Betty di Roma  por dentro en un restaurant-gimnasio de la Av. Colonial. Domínguez, mambero sedentariamente sediento del barrio de Jesús María era su amigo casi íntimo. Fue así que retraté su anatomía feraz aunque inmarchitable y eternamente gloriosa, en aquella mirada de gema verde esperanza que desnudaban los vestigios sucumbidos en las antiguas desdichas. Fue así que confesó que no sabía vivir fuera de la música, ni lejos de los escenarios. Fue así que juró que el talento no se le quería ir porque ella era la misma música. “Yo sigo siendo La Reina del Mambo”, así me contó y así le creí.

 

4.

Domínguez, antes del primer arribo de Pérez Prado, ya se banqueteaban en el “Jardín Yolanda” de Jesús María con la banda de Benny Bustios. El grupo con formato de jazzband impuso no sólo una moda musical sino una elegancia en el vestir que no se ha vuelto a repetir. Domínguez  usaba traje de chaqué –saco cruzado y pantalón huatatiro– con grandes solapas, tirantes y zapatos de dos colores. Las damas lucían vestidos de satén con faldas al tubo, tacos altos y medias nylon -las primeras- con una raya divina que bajaba desde los muslos posteriores agarrando rabadillas y rematando en el delicioso talón.

Entonces, las damas, las del día y las de la noche, no eran parte del pecado. Pecado era no abordarlas. La vez que escuchábamos “Mambo en sax” del propio Pérez Prado, por ejemplo, descubrimos que aquel ritmo era la revolución misma de la música y la danza popular que amotinaba las caderas. Entonces salíamos de casa a la caza. Entonces Domínguez entraba en trance, como aquella vez del concierto de Celia Cruz en el Paseo de la República que nos permitió cerrar 12 páginas del diario El Nacional. Y luego terminamos en donde Norma Arteaga en el Callejón del Buque y recordamos a Valentina y a Lucha Reyes. Todas mujeres. Por ello nunca más justo este homenaje para ese fotógrafo que le faltaba una foto y que en este momento se la tomo. ¡Click!

 

(Texto tomado del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS, que será publicado en julio del 2013)

 

 

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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