Lolo Fernández / SÍ HASTA SE PARECÍA A VALLEJO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

U-LOLO

Para Alberto “Cholín” Escalante.

1.

Por momentos desespera y pierde la razón, el que fuera el último símbolo deportivo del país, Lolo Fernández, de origen campesino y que un día confesara que el secreto de aquella potencia de su patada se debía fundamentalmente a su homogénea dieta infantil a base de camotes. Ahora está aislado en una habitación de una clínica detrás del Palacio de Justicia, atacado por un racimo de males y por un cuadro de demencia senil, “desconectado de su medio ambiente”, como reza su hoja clínica, lejos del rugido de la multitud que aclamaba sus goles. Pongo esa vida ante ustedes, léala quien pueda.

Lolo Fernández, distanciado de los innumerables cheques en blanco que le ofrecieron los zares del fútbol para que emigre a tierras extrañas y amase fortuna, aislado del rescoldo tibio de los amores sin ventura yace entre sábanas blancas, moribundo. Este ídolo popular, sufre a la peruana, en los fastos del olvido y parte de esa vida, con escrúpulos, es suficiente motivos para describirlos. La lenta marcha al ocaso del ídolo, inolvidable e incomprendido.

Detrás de la puerta del 203 de la Clínica Maison de Sante, una mujer entrada en años vigila el ingreso. Por enésima vez nos ha dicho: Está loco, está loco, y moviendo en círculo el dedo índice derecho se ha tocado la frente. La enfermera gorda dice: “Es su esposa y es bien brava”. Detrás de la puerta está “Lolo” hablando de guerras y desembarcos de bucaneros.

Tiene 76 años cumplidos en mayo y a patadones se convirtió en el alma del pueblo. Se le ha caído el cabello de esa testa pétrea que cabecea las frustraciones nacionales y ahora lo alimentan por una gruesa sonda. Está desconectado de esa perversa realidad, recostado en su catre de campaña, seguramente recordando añosas gestas, seguramente mordiendo desaforados delirios. Ahora, en innumerables análisis le han descubierto que tiene una afección pulmonar, una infección urinaria, un cuadro crítico de arteriosclerosis, que todos sus huesos están descalcificados, que la demencia es irreversible y que neurólogo y siquiatras han decretado su aislamiento. Y esa habitación 203 ideal para velar la noche de todas las noches.
El fotógrafo Carlos Domínguez como nunca está triste. Se sirve otro vaso de cerveza y cuenta: «Estuve haciéndole la guardia desde las ocho de la mañana del viernes. El cuarto 203 permanecía cerrado y sólo un médico ingresaba de rato en rato. Por momentos la señora que dice ser la esposa de “Lolo”, se paraba desafiante en la puerta y me observaba con cara de pocos amigos. Más tarde llegaron dos sujetos y la relevaron en el cuidado de esa habitación. Al primer descuido ingresé rápidamente. Mi cámara “Nikon” había permanecido oculta debajo de mi casaca marrón. Ahí estaba el hombre con un piyama que seguramente fue verde cuando recién la compraron y que ahora luce triste y casi irreconocible, como el hombre que lo porta y que está intentando caminar sostenido por un armatoste de fierro.
Quise tomarle la foto pero el aspecto de este hombre me rompió el corazón. Estaba demacrado con unas sondas que le ingresaban por las fosas nasales. Ya casi no tenía cabellos y su rostro tenía un color cenizo. Me miró con la vista perdida, balbuceó algo incoherente y volteó la cara. Quedé petrificado en el preciso momento en que los vigilantes ingresaron raudos para expulsarme cuando yo les iba explicando que no entendía cómo aquel ídolo nacional se encontraba en el tal estado. Salí o mejor dicho me sacaron. Afuera, los médicos de la clínica y su esposa ofrecían una conferencia de prensa para anunciar que “Lolo” era un flamante socio del “Club de la salud”.

2.

Pero ya, hace muchos años, Campolo Alcalde de cachetada se la colocaba a media altura como a él le gustaba y “Lolo” llegaba franco, perfilado y felino a ese contacto de su pierna derecha en la ecuación más perfecta del planeta y aplicarle sus diez mil Hp, al esférico de cuero de chivato y pichina de reglamento, y venía, y venía, y venía, el zapato, seco, acerado y tenaz, y la pelota a la velocidad de la luz, partía para desmayarse al fondo de las redes, a través del filtro de un aullido bicolor.

Don Tomás Fernández fue un hijo de andaluz legítimo e hizo familia con doña Raymunda Meyzán, hermosa cañetana, afincándose en la hacienda Hualcará, a unos palmos de San Vicente, al sur de Lima. Como buen sevillano, don Tomás quiso tener hijos de trabajo y de bien, por eso, aunque humilde, obligó a sus muchachos a estudiar y hacerse de profesión con dignidad.

“Lolo” fue hijo de don Tomás. El más apacible, el que más se esforzaba, por ayudar a la vieja. Desde niño, ya “Lolo” trabajaba en las faenas del campo y sabía lo que era ganarse un jornal, sabía lo que era llegar con el cuerpo cansado, sabía cuán difícil era mantener el pellejo limpio de polvo y paja. Estudiaba y trabajaba y aprendía a ser recto en los usos de la vida. En esos predios, polvorientos y bucólicos, el tiempo vio crecer un hombrecito de carácter y ya maltón, a un tipo trejo y de vasto corazón.

En Lima comprendió eso de las clases sociales; eso de las desigualdades, eso que debía a los pobres y los ricos. Y siguió estudiando en la “Residencia de estudiantes”, un colegio de baja estofa pero que quedaba muy cerca a la Av. Salaverry.
Para los deportes fue un superdotado por que le entraba franco a cualquier jugada y en números tenía sus secretos, ciertas fórmulas para despejar entuertos. Lima era ya una ciudad caldurienta, forjando dolores para aquel parto social incontenible. “Lolo” asimiló las esencias de ese amanecer.

Arturo, su hermano mayor, ya era famoso zaguero salido del Ciclista Lima y fue contratado por Universitario de Deportes. El club estudiantil coqueteaba con el profesionalismo porque era la institución de los blancos, de los de arriba, de la enclenque burguesía nacional, que sea dicho de paso, no consideraba al fútbol su deporte por eso de juntar sudores con tanto cholo y tanto zambo. Para eso estaba el cricket o el tenis. ¡Fo! exclamaban las limeñas cuando un infeliz decía que era futbolista.

Por algo existía el Alianza Lima, club de media mampara, redil de la mazamorra racial y los desposeídos de la tierra, cumbre del obrerismo de viejo cuño. “Lolo” debió ser un aliancista químicamente puro. Pero fue Arturo, quien ya se pituqueaba en salones y confiterías, amigote de los Galindo, los Astengo, los Denegri, fue Arturo el que llevó a “Lolo” a la “U” para que desde esa vez tiñera su corazón de crema.

Pero el fútbol no era todo en la vida de ese joven cañetano. “Lolo” dejó el colegio y tuvo que trabajar. Primero de vendedor de botica, después de mecánico, luego en fresas y tornos. Con lo que se ganaba se hacía presente en la casa de don Tomás, el resto era para los libros, siempre quiso saber cómo se construían los radios, sobre todo aquél que entonaba la polka: “Joselito, José Gómez se llamaba…”. La “U” le brindó la casa de la Av. Arequipa donde se tenía que madrugar para entrenar y “Lolo” entendió, que mantener ese status era una cuestión más de guapeza que de habilidad con la pelota.

3.

Entonces llegaron los primeros goles, y lo tuvieron que correr al centro porque de puntero derecho hacía temblar a los tranvías que cruzaban el Paseo de la República. “Qué patadón, qué molleja” suspiraba la fanaticada y “Lolo” picaba como una centella, corría todas las pelotas y le daba con los dos pies a la triste pelota que con las justas terminaba los partidos con vida.

En el viejo Estadio Nacional, la tribuna norte se convirtió en patrimonio de la barra de la “U”, conforme “Lolo” le pegaba y le pegaba, y gritaba y gritaban los goles de ese hombre hecho de extraña mezcla de jebe, roble y acero. Hombre que usaba una redecilla para sujetar el cabello y conservar la línea. Hombre que portaba suspensor hasta el pecho y que cuando le iba a dar a la pelota hacía pegar la punta de su botín “Mayurí” varias veces contra el piso y ¡cataplún!” venía el misil.

En Arequipa, un oscuro comandante, Luis M. Sánchez Cerro, se había sublevado al cabo de once años de dictadura civil de don Augusto B. Leguía, y en el Wall Street, “el crack” había fracturado la economía norteamericana. Se iniciaba la década del treinta con muchedumbres saqueando la residencia de Leguía, quien no alcanzó llegar a Panamá a bordo del “Grau” por un problema de riñones y devuelto a Lima, fue a parar a un hospital de donde jamás pudo salir. La “U” se coronaba otra vez campeón y “Lolo” ya era todo un ídolo nacional.

En el Callao aparecía un equipito con una extraña vestimenta rosada, era el Sport Boys de los hermanos Alcalde, de Chapell, Pardo y “perico” Rodríguez. AL primer año que ingresaron al torneo de Lima, campeonaron creando desde esos años la rivalidad entre chalacos y limeños. Prisco alcalde contemporáneo de “Lolo” confiesa que aquellos muchachos porteños en su mayoría eran obreros, que entrenaban con velas para no estrellarse durante sus ejercicios de la madrugada, y que no bebían licor.

En 1933, “Lolo” ya conocía la Europa pre nazi porque gracias al “combinado del Pacífico” -un colectivo de peruanos y chilenos- viajaron por el viejo continente jugando en cada ciudad desde Liverpool, pasando por Berlín hasta París. Ese viaje duró como un año y los peruanos otros mundos y otras contradicciones. “Lolo” retornó al callao a bordo del vapor “Virgilio” con un abrigo inglés, con un sombrero alemán y una colonia de 100 francos el pomo… No hubo hombre más elegante.

Y dice que cuando llegó, lo primero que hizo fue correr al mercado de La Aurora, comprarse tres bonitos y prepararse una paila de cebiche con harto rocoto y bajarlo con una “Coca Chalaca” en tiempo de esquimal. Remató la faena con unos pallares de Cachiche rociados de aceite de oliva y un semejante seco de toro viejo. Era, pues, famoso “Lolo” por esa costumbre de engordar la tripa entrándole parejo a la cuchara de palo.
Tiempo después viajó reforzando a Alianza Lima en gira por todo Chile. Los estadios sureños se tuvieron que doblegar ante la inclemencia del artillero que era todo un espectáculo cada vez que tocaba con la punta el piso y lanzaba el zapatazo. Otra vez, de regreso a la patria, ya el nuevo gobierno de Oscar R. Benavides sentía la presión social de un país desgarrado, el Apra en la clandestinidad y la población no salía del estupor, ante el asesinato de Antonio Miró Quesada y su esposa en la puerta del cine Colón.

4.

La delegación más numerosa que recuerde su historia fue aquella que viajó a las Olimpiadas de Berlín de 1936. Se hicieron grandes colectas públicas para uniformes, viáticos, para pagar al vapor “Orazio”, un viejo barco en el que los nacionales corrían como galgos para no perder el físico. En Alemania, Hitler vociferaba a favor de su raza aria y en el Perú, Benavides buscaba un ario expiatorio para calmar la tensión social.

Y el destino estuvo a favor del general, los organizadores olímpicos invalidaron un triunfo de la selección de fútbol contra los austriacos que era como decir los mismos alemanes, y Benavides, que tenía un slogan de “Orden, paz y trabajo”, mandó un cable obligando a retomar inmediatamente a nuestra delegación porque aquella afrenta era imperdonable y manchaba la dignidad peruana. “Lolo” se molestó, él quería seguir haciendo goles. En dos partidos ya había marcado seis tantos. “¡Ahhh, maldita política!” se dijo para sus adentros, y se vino.

Los olímpicos fueron recibidos como héroes, a cada uno le entregaron cien soles y un puesto de trabajo en la municipalidad de Lima. De pronto “Lolo” ya estaba trabajando en la oficina de catastro con unas mangas especiales de cuerina para no ensuciar los puños almidonados de su camisa blanca comprada en Panamá. Días más tarde vinieron más sudamericanos, bolivarianos, giras a Chile y Ecuador donde también era ídolo. Días más tarde también el presidente del club chileno Colo Colo le puso sobre la mesa un cheque para que “Lolo” estampe la cifra. La respuesta fue un: “No, gracias”.

Otros clubes le ofrecieron jugosas ofertas para irse a Argentina, a México, a Brasil. “Lolo” siguió manteniendo el “no” rotundo y seguía viviendo modestamente en su casa de la Av. Guzmán Blanco, donde ya tenía su mujercita, sus dos hijos y un receptor de radio “Punto Azul” para escuchar polkas y corridos mexicanos. Nadie comprendía cómo aquel hombre en la flor de la vida desaprovechaba la oportunidad de un contrato millonario. “Lolo seguía llegando puntual a l casa, su pan con relleno y su jarro de té, a la cama y escuchar radio hasta el otro día.

5.

Y ahora Prisco Alcalde deja la botella de ron Cartavio y nos está contando mientras observa un retrato de Lolo: “Le habían cometido una falta a Pachequito muy cerca a nuestra área y la pelota se fue hasta el fondo de la cancha. Yo intenté formar la barrera pero un recogebolas, seguramente hincha de la “U”, le pasó rápido la pelota a “Lolo” que estaba con unas ganas locas de hacerle un gol a mi Boys querido. Cuando me quise colocar en la barrera, el cañetano ya estaba punteando el grass, de pronto cuando volteo ya “Lolo” había pateado y sólo vi una sombra que llegaba a mí, bajé la cabeza y ¡pum! la pelota me pegó en plena cabeza. Como pude me fui a un costado y me derrumbé como un muñeco.

Después me contaron que mi papá había dejado la cancha y con su bastón correteó a “Lolo” hasta fuera del estadio. A mí me llevaron al hospital y estuve cuatro días, sin conocimiento. Mi recuperación en total duró seis meses, aunque “Lolo” me visitaba todas las semanas junto con Daniel Carpio que ya había regresado al país lleno de fama.
La segunda vez tuve la mala suerte de aparecer contra la “U”. Ahí estaba otra vez “Lolo”. Yo me acerqué, nos dimos las manos para las fotos y comenzó el partido. Por la mitad del primer tiempo vino un centro a nuestro arco, quise saltar para despejar y detrás mío saltó “Lolo” con tanta fuerza que en lugar de cabecear la pelota me cabeceó la nuca. Ya no me acuerdo más, otra vez estaba privado. “Lolo” me enviaba al hospital. Por supuesto mi papá lo quería matar. Ahí sí que estuve de para hasta un año. “Lolo” lloró cuando llegó a mi lecho. “Perdóname Prisco, perdóname”. El era mi compadre y a pesar de los golpes nunca le guardé rencor. “Lolo” era lo máximo».

Es cierto, “Lolo” desmayaba arqueros, rompía postes y redes, era fuerte como las piedras y hacía goles desde la media cancha. Es cierto, “Lolo” bailaba tango y una sola vez se le recuerda habérsele visto borracho, cuando “Manguera” Villanueva le quiso mostrar cómo tomaban los hombres. “Lolo” dijo: “La primera y la última”, y nunca más le aceptó un consejo al negro. Es cierto, “Lolo” jugó hasta los 40 años y se despidió goleando al Alianza Lima.

Después pasó a trabajar a la aduana, se jubiló con un sueldito regular cuando el Apra ya había firmado la convivencia y ahora está ahí, en el cuarto 203, estrictamente vigilado, con el cuerpo en la ruina, saliendo de ese vago sueño de pronto, hablando de bucaneros, cargando ganado en Jamaica, pidiendo la pelota, sí hombre, pidiendo la pelota y alejándose de nosotros sin subterfugios, tan modestamente como cuando llegó de Hualcará y a donde, también, jamás regresará. A pesar de todo, a pesar de lo que dice su segunda esposa, te queremos. “Lolo” y que ninguna pesadilla te arrebate. Si hasta te pareces a César Vallejo.

(Texto tomado del libro USTED ES LA CULPABLE. Editorial Norma. Lima 2004).

Anuncios

Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
Esta entrada fue publicada en Cangrejo Negro / Eloy Jaúregui. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Lolo Fernández / SÍ HASTA SE PARECÍA A VALLEJO

  1. Pingback: (ELOY JÁUREGUI) Lolo Fernández / SÍ HASTA SE PARECÍA A VALLEJO | GarraCrema.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s