El Quijote / MANGA, EL TREN ELÉCTRICO Y SU PERRO

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Quijote 2 

1.

Siempre subo a una combi con un libro. A una couster con dos. Por ello amo o detesto a cuanto personaje literario he descubierto en mis soporíferos viajes al trabajo. En un tiempo pensé que era poeta gracias al atascado tráfico público de Lima. En el viejo tranvía una vez mi padre me señaló a un señor que irradiaba una luz malva. Era el poeta Martín Adán de abrigo descuidado y sombrero quien viajaba colgado de unos pasamanos de cuero, me imagino, en el orgasmo de una metáfora. De escolar, mientras viajaba en el busing de la línea 59-B me enamoré de Lolita, la nínfula rijosa gracias a mi libro cuidadosamente forrado de Vladimir Nabokov. Si fuese santo confesaría que soy un traficante consagrado. Traficante de héroes y sobre todo de antihéroes literarios. Por ello soy amigo del cónsul ebrio Geoffrey Firmin de Malcolm Lowry, del monologuista Leopold Bloom y su esposa Molly de James Joyce, del jijuna de Huckleberry Finn de Mark Twain, de la ilógica Alicia de Lewis Carroll, del cocainómano Sherlock Holmes de Conan Doyle, del entrañable José Arcadio Buendía del ‘Gabo’ y hasta del gran Sandokán de Emilio Salgari.

Ahora que viajo en el tren eléctrico he vuelto a admirar a Alonso Quijano, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Cervantes. Qué tal viejo travieso. Toda su vida es una parodia, su lenguaje, una inmarchitable ironía, sus arranques de un inagotable humor. Cierto, su existencia plena de simbolismo, cada vez lo convierte en un ser vivencial e inmortal. Seguro que a don Alonso Quijano le hubiese gustado viajar en el tren eléctrico y en sin duda, al ver los cerros de basura de La Parada, creería que estaba enfrascado en una puja atorrante contra lo que serían los terribles molinos de viento, y más vivo que nunca, los atacaría junto a Sancho con su oxidada lanza.

Como informa en su blog Ángela Espinoza Hermoza, quien es experta de la cultura pop japonesa, El Quijote, al igual que otras obras de la literatura universal, ha llegado al Manga  –esas maravillosas historietas japonesas de un consumo masivo sorprendente en el mundo entero–. En enero de este año a través de Comic Bunch apareció la primera edición del Quijote bajo el título “Don Quijote Ureigao no Kishi sono ai” (El Caballero de la cara triste y el amor). El mangaka Yukito y el guionista Yushi Kawata son los responsables de esta singular adaptación del personaje de Cervantes. Advierte Espinoza que hay ciertas “diferencias” con la imagen que proyecta la obra original. Y digo yo que este El Quijote ahora es un joven pelucón, mezcla de Cristiano Ronaldo con Bratt Pitt, esbelto, andrógino y medio amariconado, cierto para agarrar la fibra de las masas, y la lujuria de la chibolada quienes admirará las hazañas de este viejo incansable que ha traspasado las llanuras del tiempo.

 

2.

Mi maestro Luis Jaime Cisneros, la vez que la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, como celebración del IV centenario del Quijote, presentaron en la Universidad Católica la Edición Extraordinaria de la obra de Cervantes, publicada por el Grupo Santillana bajo el sello Alfaguara, afirmaba que el Quijote habita entre nosotros. Cierto, era el 2004 y el maestro, algo afónico de sabidurías, aprovechó para pegar una conferencia magistral sobre Cervantes, el Quijote, Sancho Panza, la textualización infinita, el vuelo de la imaginación, los lenguajes excéntricos concéntricos, el genio alucinado de la lengua, la locura de la lectura encantada, en fin, dijo lo que había que decir (que no se había dicho) y habló lo que hay que hablar cuando de genios se habla. Luis Jaime Cisneros era el mismo Quijote galopando sobre los campos de Castilla y llegó al mar de Barcelona y pasó por Chincha y hasta se detuvo en Surquillo a pegarse unas copas en medio de unas coplas: «Bailan las gitanas/ mírales el rey; / la reina con celos, / mándalas prender…».

Dijo el maestro que la novela no estaba terminada porque cada lector la vuelve a inventar y rescribir. Cada lectura es una aventura, cada uno es un Quijote a su vez y revés. Entonces es fregado, a veces, lidiar con el castellano lejano pero vale la pena porque Cervantes habla de justicia, de poderosos, de humillados, de soberbios y de truhanes. Cuenta de amores y desdichas, de blasfemos y adulones. Y acaso así no es la vida. Y que lo diga Vargas Llosa, quien confesó que no a todo el mundo le puede resultar igual de fácil su lectura, que reconoció que no pudo con la obra la primera vez que intentó leerla en sus años de estudiante, que estaba en el último año de la secundaria cuando intentó leerlo otra vez y, simplemente, no pudo.

Ya en privado, Luis Jaime Cisneros me contó que en aquel tiempo, estando fresca todavía la tinta de impresión, hacia la primera mitad del año de 1605, viajaron desde la península para América los primeros ejemplares de la novela del Quijote a bordo del galeón “Espíritu Santo” y, según cuenta Irving Leonard, doscientos sesenta y dos libros tenían como destino la ciudad de México. La historia narra que en la nave “Nuestra Señora del Rosario” venía un encargo mayor. Eran sesenta fardos que un librero de Alcalá de Henares, un tal Juan de Sarriá, remitía a un socio que se había acuartelado en Lima. El valioso recado, que tenía como destino el puerto del Callao, llegó primero a Cartagena de Indias y, de allí, a lomo de mulas, pasó a Portobelo y luego a la ya traficada Panamá.

La historia oficial cuenta que de esta manera El Quijote comenzó sus aventuras por el Nuevo Mundo. Lo que no logró jamás Cervantes lo conseguía su criatura, dice. No obstante, nadie ha podido dar cuenta de qué pasó con los diez bultos que se perdieron en el camino. En realidad, 66 ejemplares se extraviaron, según ciertos monjes despistados de la orden jesuita, en la frondosidad de la selva centroamericana, producto de un hurto de pájaros sin colores de los que ya no hay más. Otro dato creo que exagera. Según una colectividad nativa –ya desaparecida por la ferocidad de los sicotrópicos duros–, esas moles de palabras atamaladas fueron consumidas por el fuego inexplicable que bajó como melaza de ron de piratas desde la copa de un guayabo, hoy convertido en un muñón sin ramas.

 

3.

Otra versión, la de José Antonio Roldán vendría cierta en aquel tiempo. Cuenta el descubridor de «El limbo de los perdidos», que recogió en la costa de Andros la historia de un sujeto prieto de ojos alucinados –sobreviviente de un naufragio excepcional—quien en sus estertores balbuceó más que habló atacado de eructos pestíferos: “Deciros a vuestra merced que he bebido en Calango del agua del clavelito y que, aunque parezca afrecho de bruja, no lo es, y ya he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser la naturaleza de los encantos”. Que un gaznápiro palurdo hable como la misma inflexión y acento que el mismo don Quijote no ha dejado dudas que los bultos que se extraviaron en el istmo llegaron primero al valle de Mala, frente a “Eisha”, antes que a las bodegas del socio del tal Juan de Sarriá.

No hay duda que gracias al relato de Cisneros, Don Quijote de la Mancha cabalgaba ya en Lima con tufo a camarones cañetanos como en Toledo o en Villanueva de los Infantes, a más velocidad que Rocinante y el rucio de Sancho, que ganaban piso a 31 kilómetros en días de verano y 22 en días de invierno como en Castilla. Por eso, su saber supino de tapadas y rosquetes, de cómicos y alcahuetes, de soplones y celestinas, de frailes y bandoleros que en aquel tiempo abundaban en exceso (¡Oh, grande el recuerdo de Melania Urbina en “La Perricholi”, estuvo y está buenaza!) en la Ciudad de los Reyes. Y ya pasaron cuatro siglos y don Quijote goza de buena salud y Lima, después de la revocatoria, bueno, sigue igual.

Finalmente, como no seguirá vivito y coleando El Quijote, que el gran escritor peruano Gregorio Martínez, escribió una crónica donde decía que de puro adefesiero y porque había leído que le echaban flores y le reventaban cuetes a la novísima versión inglesa de Don Quijote, traducción de la célebre Edith Grossman, con prólogo del pontífice de los estudios literarios, Harold Bloom, a don Alonso Quijano le habían inventado un perro. Ocurre que cuando Cervantes dice al inicio: “un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. La gesta de la gringa Edith Grossman –con numerosos premios por traducciones literarias que han acercado a los lectores de lengua inglesa a obras de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa– confirmaba que traducir es traicionar y confundió la función adjetival de la frase nominal ‘galgo corredor’, cualidad referida al caballo Rocinante, y, por arte de birlibirloque –un insólito pase mágico de adjetivo a sustantivo—acabó procreando un nuevo cuadrúpedo en la fauna quijotesca, un galgo de carrera. Así lo traduce: galgo de carrera/ “greyhound for racing”. Querido lector, ni lo dude, El Quijote sigue vivo y amén del perro, que muchos hasta lo han oído ladrar como un loco, cabalga por la Vía Expresa y hasta San Juan de Lurigancho pasando por Acho

 

(Texto tomado del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS, que se publicará en julio del 2013).

 

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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