Abraham Valdelomar / ARISTÓCRATA, ÁCRATA, ACRÓBATA

Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 Valdelomar

1.

Existió Valdelomar zambo y fue blanco de la envidia y el recelo. Era mestizo y se hizo de sangre más que de tinta azul mientras escribía amarcigado. Fue tan cholo y más mulato malató que le hubieran dicho ahora zambo a secas y su lustre credo de puro  periodista pasaría al magma de ilustre dinamitero. Como razia racial se dijo de este hijo pigmentoso, cabeceado en su momento, que  no había publicado todo lo que había escrito y no había escrito –a gusto—todo lo que había publicado. Sí, Valdelomar, descaradamente moderno y atemporal y profético, en una máquina de escribir, fue una máquina de crear, de inventar, de informar, de modificar, de ensamblar, de revisar, de desmitificar, de observar; quiero decir, de mirar «eso» que los otros apenas podían ver. Valdelomar nació antes, nosotros después.

Nació Valdelomar en Ica y fue limeño por provinciano. Dramático nacional excéntrico, el afuerino migrante en Lima que fue él, se disfrazó de cosmopolita que fue el otro que vivía en él. Cómo –de otra manera– vencer ese estigma del que no es de aquí siendo de allá, no del más allá. Valdelomar habla. Dice que la cultura es la curiosidad por lo ajeno y no la celebración enfermiza de lo propio. Lo cultural es lo que ofrecemos a los demás y lo que buscamos en ellos. Así, Valdelomar hizo la diferencia y supo distinguir a los buscadores de lo universal de aquellos beatificadores de lo propio.

Vivió Valdelomar y en su destilado estilo, alambicó el soporte teórico de lo que se ha llamado la diversidad cultural.  Aquella que retoma José María Arguedas y su convivencia armoniosa en espinas de «todas las sangres». La misma que más tarde ensambla Antonio Cornejo Polar para suponer el horizonte virtual de su llamada «totalidad sin conflictos». Finalmente, esa que es empresa ambiciosa y que desarrolla Alberto Flores Galindo en Buscando un Inca. Identidad y utopía en los Andes. Es decir, el universo andino como encuentro de una línea de continuidad entre el pasado y el presente, ese elemento fundante en la identidad nacional peruana. Es pues un Valdelomar más vivo que redivivo en la valoración de lo sospechoso nacional andino; el reconocimiento de ser diferente y la importancia de lo utópico para un modelo de consolidación de un país para inventar [1].

Sintió Valdelomar el reclamo de las «identidades múltiples» [la frase es de Manuel Miguel de Priego]. Entre asombros y remilgos, era indio enhiesto, costeño criollo, culturoso occidental, peruano del Perú de inicios del siglo XX. No era su tiempo, cierto y picaba. Su interculturalidad fregaba tanto o más que su concepto de lo glocal [la frase es mía]. No era sintético, acaso una cápsula de luz intelectual. No. Era múltiple, lúdico, amplio, generoso, incontinente, opuesto diametral, cóncavo visceral, convexo universal. Así, fue nacional por su forma, cosmopolita por su contenido.

Recibió Valdelomar la agresión montonera de sus pares, de sus impares y de sus críticos impopulares y siguió. Nuestro entrañable Luis Loayza, resbala más que patina cuando dice que Valdelomar era un arribista. Ya lo quiero a ver a Loayza de zambo citando a Bataille en ayunas. Ya lo quiero ver al gran ensayista Loayza de escarpines y quevedos dando clases, charlas, causeries [así llamaba Valdelomar a sus conferencias] con dejo francés a lo Baudelaire y derrapando en italiano sobre el hombre concreto a lo Gabriel  D’Annunzio. No don Luis. Ya lo sé. Usted no tiene la culpa, Valdelomar está vivo porque como quiso él, ha vuelto a nacer [2].  Aunque muerto, en 1919, ocho décadas más tarde, el Estado Peruano, [ver los estudios de Ricardo Silva Santisteban y de Manuel Miguel de Priego, en el Fondo Editorial del Congreso de la República] por ser de justicia, desentierra a Valdelomar y lo encuentra vivo. Conde de Lemos o Conde Drácula, qué más da. Su sepultura fue su vida misma.

Murió Valdelomar mas sus críticos, utilizando las frases de Miguel Ángel Huamán, lo marchitaron con la «Critica del susto» y la «tradición del ninguneo». Antes, ni los hijos del formalismo ruso, luego los entenados del estructuralismo, después los ahijados del semiota Greimas, pudieron descifrar la Galaxia Valdelomar. Unos por capitalinos, otros por indigenistas, otros más por descentralistas, unos menos por integrados, quisieron echarse tremendo muerto encima. Escritor por explosivo inclasificable, Valdelomar hoy hace a la crítica tiritar de frío mortal con su candela seminal. Qué diría Estuardo Núñez si comparara su estudio de Eguren, qué Luis Jaime Cisneros y Alberto Escobar y Tomás Escajadillo. Valdelomar choleado, zambeado y zaherido de huachafo por los alanos de la oligarquía, sólo su obra completa –nacida con él muerto– lo redime del panteón ilustre de la deuda nacional.

Descomunal Valdelomar obliga a Flores Galindo [3] a perseverar más que aseverar que: «El periodismo de entonces fue una especie de grieta en el monopolio cultural ejercido por la oligarquía, y por ese resquicio ingresaron muchos jóvenes de procedencia mesocrática [clase media ilustrada, digo yo] y actitud radical. Inicialmente, la crónica periodística pretendió vincularse con la creación literaria: antes fue el proyecto de Yerovi, luego Valdelomar y también se apunta Juan Croniqueur [el seudónimo crónico del joven Mariátegui]. Cierto, después acabó acoplándose con el ensayo social. En ambos casos, el periodismo peruano alcanzó una calidad intelectual, una exigencia en el estilo, en la información, en la cultura de los redactores, difícil de imaginar ahora».

Iconoclasta Valdelomar lo supuso desde un principio. Y en el principio fue el estilo, luego la práctica, la costumbre, la moda: El uso. El uso y/o estilo periodístico de Valdelomar infectó más que contagió de manera paroxística a los eruditos de procedencia universitaria: frases cortas, precisión acompañada por una adjetivación sobria, ideas en contrapunto, semas en disputa; espejos reflexivos, refracción honda, fricción profunda. Así,  también fue el estilo que iría desarrollando el Mariátegui post-edad de piedra, el Basadre pre-edad de la memoria, el Porras Barrenechea intramuscular.

Fue así un escritor periodista Valdelomar por profuso y se convirtió en un universo de sentidos, discursos, textos y giros. En apenas diez años construyó un plano expresivo, una plataforma estilística donde se erigió como creador, agitador y poeta. Con intensidad, desbordándose hasta el delirio, atropellándose de genialidades; seminal, bañó con su talento la razón virgen del país oligárquica y su pestífera manera de entenderse peruano. Fue periodista antes que todo y a un siglo de su voraginosa aparición, alábese su existencia.

2.

Interdisciplinario Valdelomar funda el género escritural. Su vista se ha fijado en las crónicas de Andrés Avelino Aramburú, en las «Impresiones» de José María de la Jara y Ureta, en los «Ecos» de Luis Fernán Cisneros. Pisa el soporte –la frase corta–de Azorín. Se apuntala en el eje pictórico de Valle Inclán. De esta manera, patenta el periodismo de autor. El estilo es él. Sé escribe como se respira, sé frasea como quien ama, sé investiga como ese que atrapa el halo de un suspiro, sé narra como quien observa una vida, sé cuenta como quien labra su destino, sé escribe como quien pierda la existencia. Y existe como el mejor testigo-retratista de un país confuso empachado de bulimia institucional.  Porque escribió todo y de todo pero fue en el comentario político donde erigió el texto patrón con las licencias más intrincadas del genio y del ingenio en un Perú a caballo entre la anémica aristocracia y la turba de la modernidad.

Aristócrata Valdelomar subió a los cielos y estos eran de oropel. Por eso la clerecía –Colónida club– del Conde de Lemos no fue aristócrata sanguínea. Genéticamente eran más jóvenes imberbes que peruanos de abolengo. Él mismo fue de estirpe rancia pero aprehendida. Mucho ojo, su dandismo, decadentismo, sensualismo, era el pretexto del texto. La belle epoque criolla su pose. Huachafo de conciencia, supo que la Lima de su estancia sólo podía reaccionar ante el berrido de una provocación. Así probó que los calzones coloniales apestaban a berrinche y que la Ciudad Jardín era un mural de rostros cetrinos y angustiados cubiertos por el manto acocayado de una tapada. Entonces lo suyo fue el esnobismo aculturado. Las formas y modales como moda inclemente de la colombina y los pierrots de utilería. El buen gusto nacional fue tras gozosa elaboración, el caché chinchano, la etiqueta del frejol colado, el chart atamalado.

Poeta Valdelomar, apenas imaginó un libro. Sin embargo vivía en poeta. Escribía como tal y sentía como tal. De aquello supo Mariátegui y vamos que lo acompaño. El conde, mientras, se enfrentaba a la institución Ventura García Calderón y Riva-Agüero. Junto a Federico More y los «colónidos» bregó contra el escepticismo de Clemente Palma quien dudaba sobre la posibilidad de poetizar o recrear artísticamente la vida de los habitantes del antiguo imperio incaico. La explicación del escepticismo de Palma se halla en el prólogo que escribe para la edición póstuma de los Cuentos incaicos de Valdelomar donde afloran flatulentos sus prejuicios racistas contra los peruanos andinos. Dice Palma aunque usted no lo crea: « […] El viejo y tradicional contubernio de los hombres [incas], con los piojos, el primitivismo de sus alimentos y bebidas –la coca, el choclo, la papa y la chicha– me han hecho dudar sobre la existencia de una mentalidad poética entre los habitantes del imperio incaico y, por consiguiente, de la posible poetización de ese período de nuestra vida histórica».

Periodista Valdelomar; periodista profesional quiero decir y como se estila ahora –recuérdese que fue el primero en reclamar el oficio periodístico como profesión desde que en la revista Contemporáneos [Lima 1909], publicara su primeras crónicas–, maduró y creció con una exigencia y una reivindicación enérgica del oficio. Que el periodismo es un trabajo, que el proceso periodístico genera ganancias y que éstas se insertan en el mercado. Que los diarios y revistas se venden y por lo tanto hay un consumo. Que el periodista debe ser bien remunerado, que la libertad de prensa vale en moneda feble, que la rutina cansa, que inventar un universo en una aldea como Lima cuesta. Valdelomar lo sabía, los propietarios de los medios no. Como hasta ahora, colegas.

Enigmático Valdelomar por profuso, sólo supimos mal de él por su Caballero Carmelo. Texto para escolares casi como el Coquito de la educación más que inicial, sentimental. Por eso merece elogio el trabajo de Luis Alberto Sánchez [4], los estudios de Willy Pinto Gamboa e Ismael Pinto Vargas y sobre todo y gracias a todo, apenas una única y gran crónica en el mejor estilo de Valdelomar del poeta oculto [en Costa Rica], Víctor Hurtado Oviedo, aquella intitulada: ¡Manos tan bellas! publicado en el suplemento Caballo Rojo y republicado con fecha 1988 en su libro Pago de Letras [5].  Tito Hurtado aseguraba, sin imaginar la existencia de la obra completa del Conde pero intuyéndola, que Valdelomar es incontinente, que no todo merece los fastos de la memoria célebre –el periodismo es más mortal que moral–, que en poesía está la diáspora  elemental del modernismo, que en sus cuentos se observa la pereza displicente del fin de siglo europeo con sus dosis de cansancio dannunziano, que al escritor eterno hay que buscarlo en otras partes. Lo cito aquí: «No en su teatro decoroso, sino en su prosa narrativa y en sus admirables escritos para diarios y revistas. Curiosamente, aquí, entre los apurones del día, Valdelomar tensa su talento, usa sus armas y vence. […] Se ha hablado mucho de la narrativa propiamente «literaria» del Conde de Lemos. Empero, casi nada se ha dicho de ese falso «arte menor» que es la crónica periodística trabajada por las manos de un maestro». Cierto, Hurtado, no lo conocía, no tenía por qué.

3.

Practico Valdelomar, provocó una sensación de rigor de vida escrita. Así, hizo creer que los periodistas aprendían en la práctica y generalmente eran personas que habían estudiado alguna otra carrera de letras; que chocoloteban bien el idioma y que poseían una inquietud por la investigación casi detectivesca. Cierto, el periodismo –y los envueltos por él–, era relativamente nuevo. Los que confeccionaban noticias eran enrolados de otras prácticas: la literatura cuando no, la escritura siempre así. Es verdad también que en aquel tiempo nadie es su sano juicio pensaba vivir de él, del [santo] oficio, quiero decir, por no verse convertido en ofidio. El interregno fue propicio para la marca de Valdelomar, de Vallejo, antes Mariátegui después Federico More. Entonces el Conde de Lemos domó ese cíclope de la información. La crónica en el interregno entre el periodismo y la literatura, esos dos universos asimétricos complementarios, con relaciones intersecadas, más inclusivas que exclusivas, Valdelomar en su cresta lo sabía [6].

Escritor Valdelomar existe más allá de la erudición. [Lima, abril de 1916]. Aquel hombre que camina erguido de agujas, lleva gabán de media estación, luce sombrero de fieltro, porta escarpines victorianos y apunta su quijada contra el naciente. Es Valdelomar a las 5 de la tarde. Su hora energética, maestril, aconchabada. Ha salido de la pensión en el 436 del jirón Cailloma o Calle de la Puerta Falsa. Ahora recorre sus 250 metros vespertinos hasta el cruce de la Calle de Baquíjano y la Calle de Minería. En el epicentro del jirón de la Unión, cuadra siete. Saluda tocándose el sombrero con el anular y mientras se acomoda los quevedos, lanza como un eructo melodioso el venablo de su genio: La modernidad no es nueva ni es reciente pues ya dura cerca como quinientos años. « ¿No fueron acaso el descubrimiento y la conquista de América, empresas iniciadas no sólo por la razón victoriosa y expansiva de la reconquista, sino, en gran medida, por la naciente burguesía europea y sus innovaciones bancarias y financieras? Así, yo soy universal». Nos dice y brinda por lo mismo.

Acrata Valdelomar, supo que las claves de la crónica no eran estrictamente documentales y como toda escritura creativa se fugaba de las mazmorras de la cruda realidad. Supo también que más allá de su interés coyuntural [contar con grafías lo que no pudo escribirse en la hojas impresa del diario], la literatura de la no ficción bien podía reclamarse para sí numerosas rupturas formales. Su recurso del método era el anti método. Él, metódico, querelló el gusto retardatario de los enemigos de lo nuevo y de lo novedoso desde abajo.

Aristócrata a más no poder, El Conde de Lemos, era el Tom Wolfe en ese arranque enervado del siglo XX. Es decir, se enfrentaba a los críticos que no entendían la ruptura del canon y mucho menos, a los «elegantes salvajes colonidos» que llegaban a retozar a los verdes y calmos prados de Ventura García Calderón [acaso una jauría de chanchos de raza en un perfecto campo de cricket] como Tom Wolfe invadió en su momento –70 años luego—las praderas de Bellow, Roth y Updike. Ora, que no era literatura, ora que tampoco periodismo. Los académicos gritaron que era huachafo, que ruin, que pestífero. Valdelomar continuo, asas  subversivo, complotero de galeras, vitaminizando la verdad con el irrenunciable afán de alterarla. Así, hizo crónica como género berrinchoso en los albores de la centuria pasada. Literatura de la información, la estética de la noticia. Cierto, después se llamó «El nuevo periodismo».

Acróbata Valdelomar sintió que toda aquello llamado novedad [no sólo lo nuevo] tiene una larga historia [no sólo lo viejo]. El mexicano Juan Villoro dice que podemos leer la Biblia como un caso trascendental de nuevo periodismo. La conquista del Nuevo Mundo como la dominación textual lograda por sus cronistas. Y la obra de Daniel Defoe como la refundación simultánea de la novela [Robinson Crusoe] y la novela de la no ficción [El año de la peste] Fin de la cita. De esta y no de otra manera la crónica es el ornitorrinco de la prosa. Su simbiosis se remonta a tiempos remotos y perturba al ocupar nuevos paisajes. El híbrido de literatura y periodismo hizo que los guardianes o doctores de las letras sintieran la punta de un zapato en el bajo vientre. La norma había sido violada ¡Ay norma! El ornitorrinco nadaba en su piscina.

Criollo Valdelomar, su estancia en Roma vigorizó su ojeo [perplejidad y asombro] de caza. De safari, Valdelomar se internó en la jungla del lenguaje prohibido en pos de un corpus más que sexual, textual. Un discurso intruso, más que recurso, un curso de redacción. La crónica valdelomarina era periodística orgiástica pero negaba su registro genético. Así, fue pulpa escrita no perecible contra lo que dicta el supremo. Que el matutino y robusto texto periodístico debe morir una vez muerto el día para dar paso a la noticia una vez entrada la noche. Para la Sagrada Academia, el nuevo periodismo tiene un pedigrí incierto y suele ser relegado al club de la neurosis; se trata de «literatura bajo presión», la harina de los desesperados que no paran de fumar y necesitan reunir diez mil palabras para pagar la luz, el agua, el teléfono, la renta del departamento. Aún así, vence los rigores de la muerte, el deceso factual y se hace eterno relincho actual.

Hereje Valdelomar –polimorfo y/o perverso– citaba la tradición de nuestra crónica, que parte en el nudo de un quipu y se hace fiero garabato en Garcilaso, Guamán Poma y Blas Valera, llega torva a la emancipación y se hace mazomorrera en la república. Gonzales Prada pega el grito. Valdelomar abrasado de aullidos funda el género y observa que el térmico crónica se origina en el griego biblia [libro]. Entonces, la hace su religión como el hombre de fe más devoto que acólito, formal primado en la propia misa de sus sentidos. Pero la crónica, aparte de organizar la historia en el orden de los tiempos, aparte de ser un artículo periodístico en que se comenta algún tema de actualidad, aparte de ser el envío de un corresponsal sobre un hecho que él observa e interpreta; crónica – digo yo–, dícese de una enfermedad larga, de una dolencia habitual, de un vicio inveterado, de un mal que viene de atrás. Valdelomar vivía con el virus y el diablo en el cuerpo, esa era su virtud. Esta su crónica.

Notas

[1]     Raúl Bueno. Modernidad alternativa y debate cultural en el Perú y América Latina [Hanover, N.H., abril/julio de 1999]

[2]    Abraham Valdelomar. Obras Completas, Ediciones COPE. Petroperú, Lima 2000, 4 tomos].

[3]    Alberto Flores Galindo, La agonía de Mariátegui.  4º edición. Editorial Revolución, Madrid, 1991.

[4]    Valdelomar o la Belle epoque, Impropesa, Lima 1987.

[5]     Pago de Letras. El Caballo Rojo Ediciones, Lima 1998.

[6]    Abraham Valdelomar: Obras. Edubanco [Banco Continental del Perú], Lima, 1988, Dos Volúmenes.

(Texto tomado del libro USTED ES LA CULPABLE. Editorial Norma. Lima 2004)

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Cronista, poeta y profesor universitario
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