James Bond / EL ESPÍA CON ERISIPELA

 Una crónica de ELOY JÁUREGUI

Bond

Para Blanca Rosales

1.

“Marlon Brando”, le dije apenas lo descubrí apoltronado en una elegante perezosa de pieles en la desértica playa frente al esplendido mar del Caribe. El movió la cabeza de este a oeste y me pegó la mirada. “¿Richard Burton?”, le espeté más que le pregunté con mi dedo filudo mientras lo apuntaba. Él respondió en perfecto castellano: “No, señor” y miró la bahía celeste. Insistí: “Ah, ya sé, Robert DeNiro”, le repliqué. “Hombre, que no”, me contestó, fingiéndose molesto y finalizó el interrogatorio: “Bond, James Bond, su servidor”. En efecto, era Thomas Sean Connery, hijo de la pobreza de un barrio pobre de Edimburgo, Escocia, y luego gran actor, famoso más por el conocido Agente 007 que por su generosa vena histórica ahora frente a la arteria de mi sorpresa.

Yo supe que era Connery, y él supo que no era argentino, como le dije apenas me invitó a sentarme junto a él, sus sombrillas, un gringo mulato y mudo que hacía las veces de sirviente y guardaespaldas y “un alguien” –luego supe que era Micheline Roquebrune, la esposa– tirado como un fardo y envuelto en toallas blancas. Cada 10 minutos, Bond o Connery exigía una crema contra tu piel como yo un trago de The Singleton Scotch Malt Whisky. “El sol me hace daño pero me gusta”, dijo. Yo le respondí que igual me sucedía con los tragos, pero que no existía crema alguna que me curara, a no ser el sudor de negra antes de las 12.

Yo, por ratos era periodista luego turista y de pronto alquimista. Fue una larga tarde apasionante donde hablamos del misterioso Cusco y los amargos goles de Cubillas y hasta la erudición de Bond sobre Hemingway y Umberto Eco –estaba descontento con su actuación en El nombre de la Rosa – entre carta de vinos, cremas subcutáneas, el horror por la erisipela y el fervor mío por los dos escoceses, el whisky y mi interlocutor con licencia para matar. Entonces pensaba que el periodismo es la vacuna del vicio. Cura, desinfecta, empobrece y hasta informa. Los periodistas, desde tiempos de Noé, han sobrevivido gracias a la fe y al Nescafé. Uno, que tiene pedigrí, se aburguesa, quema sus neuronas, malgasta las feromonas y termina como empezó: nervioso y rabioso. Pero el oficio tiene a veces sus premios. La sacrificada honradez alcanza para ser digno y para que lo saluden a uno desde la nacional angustia de las combis.

Entonces estar frente a Bond sin anestesia era casi un milagro, allá en el Caribe y por pura casualidad. Porque Bond es casi un jabón, resbaladizo y picarón. Y no todos los actores dieron la talla para hacer masticable a este personaje que construyera el todavía periodista británico Ian Fleming. Yo recuerdo a ocho sujetos que fueron objetos de sus secretos. Barry Nelson que fue Bond en una producción televisiva de “Casino Royale” que es de 1954.  Connery que hizo seis versiones. David Niven en la parodia del también “Casino Royale” en 1967, George Lazenby con una película, la más mala. El fondista Roger Moore con siete filmes. Timothy Dalton con dos versiones, Pierce Brosnan que dejó para el olvido cuatro cintas y el aguado Daniel Craig, que ha engrosado la soga de la saga. De todos, el mejor sigue siendo Connery, Sir Bond.

2.

Este cronista fue premiado hace un tiempo –era editor de un diario bueno, bonito y barato – con 7 días en el Caribe gracias a una compañía aérea holandesa. Es cierto, la invitación era para un gerente bronceado del coxis para arriba, pero el hombre andaba en un safari erótico en alguna isla de la Polinesia, y yo fui el escogido. Una madrugada de junio, sonó el teléfono de mi departamento en San Felipe. Era otro gerente ardiente. Dijo que debía estar en el aeropuerto a las 6 de la mañana, que no olvide mi bloqueador y mi hilo dental. No dijo más.

No era el único. Con otros periodistas peruanos especializados en viajes y turismo fuimos ubicados en el segundo piso del gigantesco Jumbo que salía de Lima con destino a Ámsterdam y con pascana en las Antillas Holandesas. Estaba, como se dice, coronando el nivel más alto del universo VIP. Esa vez, junto a una culifruncida caterva de damas del sector de ‘agencias de viajes’, sobrevolábamos, ya pasado el mediodía, las azules aguas del triangulo de las Bermudas. Era el viaje que cualquier mortal se hubiera imaginado para su luna de miel con ‘la otra’, la fuga final de la década podrida, o el disfrute de la apertura de una cuenta cifrada después de una heroica trayectoria en un cargo público patriótico y bien peruano. Y así, entre tragos y metidas de mano aterrizamos al mediodía en el aeropuerto Queen Beatriz de Aruba.

El turné era un monada. Playas de maravilla, mujeres maravillosas, cholos maravillados. Pero todo estaba planificado. Desayuno 8:30 en Hyatt Regency Beach Resort & Casino. A las 9:30, visita a los museos de historia y arqueología de Aruba, con traslado a las Rocas de Casibari, el puente natural Ayo y las ruinas de oro de Balashi. Almuerzo a la una de la tarde con el ministro de Asuntos Económicos y Turismo, el gerente de RRPP de la Dirección de Turismo y el presidente de la Asociación de Hoteles y Casinos. A las 14:00, visita guiada a la petrolera de San Nicholas y el sitio de la defensa aliada en la Segunda Guerra Mundial. El turné era un primor, pero, ya lo dije, no existían emociones fuertes – yo había planteado a las azafatas del Jumbo que venía como precursor del “turismo erótico” y me creyeron gozosas –mientras quitaban mis manos de sus partes– en el milimétrico programa que había inventado.

Fue la primera noche que planifiqué la fuga. No soy un hijo del azar a pesar de mi azaroso pasado. Mi padre, como García Márquez, tenía los polvos contados. No me gustaba el juego, sí la bebida y mejor, la vida, pero no podía vivir una hora en Las Vegas así me entregue a la mismísima Demi Moore. Observando cómo mordían las calzones en el casino del Holiday Inn Aruba Beach Resort, decidí abandonar el grupo antes de medianoche.

Un yate de maravilla, el Seaport Fantasy, partía a la madrugada a la isla de Bonaire y hacia escala en Curazao. Fue una noche tormentosa. El mar estaba agitado y yo mucho mas abrazado a unas gringas piernas de rubicundas holandesas, coloradas norteamericanas y pecosas alemanas. Esa era mi salsa y hasta que salió el sol no paré.

Curazao es la isla más grande del grupo de Antillas Holandesas, pero la menos explotada por el turismo chatarra de estos días. Antes, fue paraíso de piratas, y un peruano que no se precie de tal no es buen peruano. Cuando desperté aquella mañana en un hotel de mala muerte frente al puerto, me sentí un rijoso marinero producto de la pluma salobre del buen Conrad o un grumete arrecho a la manera de Melville. Salí de la posada, y solo recordaba que con un Bloody Mary en ayunas figuraba como piedra angular del menú preparado por mi psiquiatra.

En un bar en los bajos de la Casa León apure dos notables copas de denso brebaje a base de tomate, pimienta y vodka, y exigí que me conectaran con una botillería para tercermundistas. Cierto, había cientos de ellas. Todos los mozos, gasfiteros y testaferros de esa parte del Caribe son sudamericanos y la mayoría han nacido o en Cañete o en Chongoyape. Compré dos rotundas botellas de Jack Daniels, el         whiskey de Tennessee que erecta el corazón, y avancé en una 4×4 de Hertz hacia la zona más espectacular del planeta, las playas de Bachelor’s Beach, tal como me había recordado el capitán del Seaport Fantasy, un hindú con pinta de caficho de ojos turbios.

3.

Si aquello no era el paraíso, bien se le parecía. Cabañas blancas sobre un premonitorio, luego la arena blanquísima también y ahí el mar, esmeralda, transparente y tranquilo como uno. Y mientras caminaba filosofando en bermudas, polo, zapatillas y una bolsa con mi preciosa carga más una estampita de la Cruz de Chalpón, descubrí a Bond. Cierto, yo ya no fui el mismo luego de tamaño encuentro, con la sencillez del viejo Connery con un peruano curioso –jamás le dije que era periodista, le advertí que trabajaba en publicidad y que escribía cartas de amor–, a quien invitó como si lo conociera de años y la paciencia para aguantar el sol hasta el anochecer, para soportar mi fundamentalismo surquillano y para soplarse mis boleros desafinados.

Con Bond o Connery hablamos del creador. No de Dios, del creador  del personaje, Ian Fleming.  El viejo Fleming, periodista para variar también, se nutrió de su propia experiencia como asistente en los servicios secretos británicos para captar la atmósfera que destilan sus novelas de espionaje, 14 en total sobre Bond. Hoy que recuerdo esa jornada de espías, en la arena del Caribe, veo que ya pasaron 60 años del génesis de Bond. La novela “Casino Royale” fue la cuna de toda esta historia. Como dice Manuel Lucena Giraldo, que fue una mañana al inicio de la década del cinucneta cuando aquel periodista británico de mediana edad y residente en Jamaica, que bebía una botella de ginebra y fumaba setenta cigarrillos diarios, empezó a escribir su primera novela.

Cito sin luz a Lucena: “Era un caso de libro, nunca mejor dicho, de «bloqueo del escritor». Su nombre era Ian Fleming. A pesar de que había intentado convertirse en militar o diplomático, como estaba predestinado por la elevada posición social de su familia, hasta que no se dedicó al periodismo no halló su destino. Arrogante, políglota, melancólico y seductor, fue corresponsal en Moscú y banquero en Londres antes de servir como oficial naval y espía durante la Segunda Guerra Mundial. Ampliamente dotado para la fabulación, se especializó en operaciones de engaño, dos de ellas vinculadas a España. La exitosa «Carne picada» alejó a los alemanes de Sicilia, donde tendría lugar el desembarco aliado, mediante el «hallazgo» en Huelva de un cadáver con supuestos planes secretos. La prevista pero nunca ejecutada «Ojo dorado» estaba preparada para el caso de que Franco optara por la entrada en el conflicto a favor del Eje y la comunicación con Gibraltar quedara interrumpida”.

Al filósofo español Fernando Savater Bond le viene bien. No es cualquier héroe del espionaje, no. Bond supuso una notable revolución moral entre los protagonistas aventureros: es obediente con los superiores y cínico con todos los demás, brutal bajo su refinamiento, promiscuo y sin perplejidades éticas. Un héroe envidiable pero antirromántico, despreocupadamente inmoral y con todo simpático. Su única cualidad positiva es la eficacia y su capacidad de sobreponerse a las dificultades más angustiosas, gracias a su entrenamiento físico y a la ayuda que le prestan artilugios tecnológicos exclusivos (hoy cualquiera de nosotros los puede comprar mejores en la tienda de la esquina). LO  malo, dirían los argentinos es que Bond es británico. Pero los espectadores que lo admiran, se identifican con él –muchas de mis compañeras de universidad– por sus ventajas (fuerza, seducción, dinero, paisajes, máquinas y más) pero no por sus virtudes, salvo que sea virtud arreglárselas siempre y como sea para triunfar. Con los años, ese James Bond, siempre intranquilo, parece que agarró introspección, suele pasar con uno, y entonces creo que hemos llegado a la hora de su indeseable jubilación.

Es verdad, almorzamos bebimos, y, en su momento, nos zambullimos en las perladas aguas. Ebrios nos despedimos cuando cayó la noche, y después que Micheline se descubrió entre las toallas como quien aparece de pronto de un pionono gigante y uno se da cuenta de que parecía la abuelita del Agente 007 comparada con las chicas Bond. Al cabo de unos meses, un cable llegó a la redacción del diario: a Connery lo habían internado en una clínica de Londres aquejado por un gravísimo problema a la piel. Yo seguía herido, lo mío era erisipela de cantina, pero nadie podrá quitarme mis fotos y el gusto de haberme emborrachado con mi héroe y desde esa vez yo también tuve “licencia para matar”. Cierto, pero solo mis malos recuerdos.

Texto tomado del libro EL MÁS VIL DE LOS OFIDIOS que se publicará en julio del 2013.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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