Sara Montiel / PECHOS TURGENTES EN LA OSCURIDAD

 Una crónica de ELOY JÁUREGUI.

Sara 2

Aun en la platea del cine Primavera de Surquillo fui un auténtico niño de pecho. De esos que se engolosinan a más no poder, de aquellos que no suelta la teta. Feliz, Sara Montiel fue mi mamá de segundo pecho. La conocí junto a mi madre entre las butacas de la sala y a oscuras. Al principio las confundía. Sara en la pantalla toda tetas. Mi madre en la butaca todo amor. Sara lasciva hablando con su voz ronquita de noche trajinada en “El último cuplé”, película española musical dirigida por Juan de Orduña en 1957.

Si no fue el primer culebrón que me conmocionaba se parecía. El argumento era más torcido que retorcido. Sara Montiel es María Luján. Vieja gloria de la canción aunque aún con cargamento cárnico de fibra tumefacta para un bistec sanguinolento. Sara o María cantan en un cabaret dark de Barcelona solo visitado por faites y malasmaña. Ahí conoce a Juan Contreras, el actor Armando Calvo. Calvo pierde los pelos y la recupera. La hace suya y la hace ajena. Gracias a una dieta de garbanzos le devuelve la talla, el talle y el tollo. María así alcanza a ser la reina del cuplé en toda España. Dícese del ‘cuplé’, aire musical, ligero y popular, que a veces puede resultar algo grosero y picante. Sara, picaba, pero era de un ardor delicioso.

“El último cuplé” fue el primero. Sara mi segunda mamá. La película agarra melodrama. Ella se enamora de un joven relojero, el tal Cándido, quien es empujado a robar para llevarse a la Sara. Termina preso y Sara se erige en estrella y viaja en aromas de fama. Se instala en París es cortejada por un aristócrata ruso, el maestro Alfredo Mayo. De regreso a Madrid, se enamora de un joven torero, que fallece en la plaza de una cornada en el bajo vientre. Sara no se recupera, hay heridas en otros que hacen más daño en uno. Deprimida le queda su siempre compañero Juan Contreras. Sara está hasta su perno. Antes de morir y en brazos del maduro Contreras y solo por llevarle la contra, le dice: “He gozado, he sentido, me voy completa”. Y muere casi de verdad. Aunque sus pechos se resisten a la escena. Cierto, los pechos de Sara tenía vida aparte.

Al año siguiente yo ya caminaba, con un dejo a Robert Mitchum, pero caminaba. En el mismo cine y en la misma función, mi madre me arrastró tomado de mi manita. Esta vez era “La violetera”. La misma Sara aunque en casa ya le decían Sarita. La misma Sarita, los mis mismos pechos turgentes. En casa, mis hermanas sospechaban que Sarita era una sacerdotisa de los amores contrariados. Había una dosis de pócima de malas hierbas. Un novio de Rosalie, mi hermana que había sacado un aire a la española, dejó un disco donde Sarita originalmente lucía un ramo de flores en el pecho. Detrás, sus tetas abiertas hasta la cintura como yo no había visto otras fue obra de la censura. Alguien le había pegado una calcomanía, lo que acentuaba la condición de ‘prohibido’ que debía lucir esta dama de los benditos cuplés. En mis sueños, no obstante, Sarita siempre se me aparecía desnuda, cantando en susurros y como grifo de leche materna.

Sara Montiel fue más que sus pechos. Llegó a ser la primera española en triunfar en Hollywood, sino un auténtico mito del cine y la canción gracias a su arrolladora personalidad y su innegable talento. La prensa basura la bautizó como ‘Saritísima’ y gracias a su filme “El último cuplé” logró participar en cerca de 60 películas. Fue diosa en España y reina en y Estados Unidos donde trabajó junto a artistas de la talla de Gary Cooper, Burt Lancaster, Joan Fontaine, Mario Lanza, Vincent Price y Charles Bronson. En la meca del cine americano firmó contratos millonarios para Warner Bross y United Artits, trabajó con directores como Anthony Mann -su primer marido- y dejó como perros babosos a galanes como Cooper, Lancaster o y el duro Bronson.

De su treintena de discos se dice poco más de lo que deja su historia. Así se convirtió en todo un mito erótico, una artista que interpretaba seductoras canciones a la estela de un puro: “Fumando espero”, “Bésame mucho”, “La violetera” o “Amado mío”. Su azarosa vida sentimental incluye cuatro maridos. Tras su matrimonio en 1957 con el director estadounidense Anthony Mann, del que se separó en 1961 y obtuvo la nulidad en 1963, en 1964 se casó con el productor José Vicente Ramírez Olalla y en 1979, tras nueve años de convivencia, con el industrial mallorquín Pepe Tous. Éste último que fue, según la propia Sara, “el amor de su vida”, falleció en 1992 y con el que adoptó dos hijos: Thais y Zeus. En 1993 se volvió a casar con Tony Hernández, un cubano de entonces 39 años –un pájaro vividor–declarado admirador de la artista y de dudosa reputación, de quien se separó en 2003. Sarita, sin embargo era mujer de solo algunos hombres. Entre sus amores “inconfesables”, la “reina del cuplé” siempre citaba a cinco hombres: el premio Nobel de Medicina Severo Ochoa, al poeta León Felipe, al dramaturgo Miguel Mihura, al cineasta Mario Camus y el mismo Ernest Hemingway.

Sara Montiel fue una excepción al puritanismo franquista. Su voluptuosidad, sus escotes, la lentitud provocadora con que abría los labios cantando cuplés o boleros subió la temperatura de un país que padecía una sensualidad precaria. Mujer de carácter acumuló amantes desde Picasso a mequetrefes del sexo. Y vamos que triunfó en aquella España autárquica del dictador Francisco Franco a finales de los cincuenta, cuando ‘El último cuplé’ la lanzó a un estrellato que hizo “que no pudiera siquiera salir a la calle”. Aquel fue, según lo calificaba “un éxito tremendo personal”. Y lo remataba asegurando: “Menos mal que yo estaba preparada para el éxito y la fama. Porque si no me vuelvo loca”. Para cucho su amor de toda la vida fue el pintor Picasso. Con él siempre tenía una nueva historia y explicaba que nunca pudo conocerlo en persona. Que cada año recibía una invitación del secretario personal del artista para acudir a sus fiestas de cumpleaños. Pero que el “generalísimo” Franco le prohibía ir. “No me quejo de mi época en España porque hice todas las películas con Franco. Pero no entendí por qué no me había dejado ir a conocer a Picasso. Y hablé con Pablo por teléfono y se lo dije, que no podía ir porque no me lo permitía Franco”, contaba Montiel.

En mi caso, no sé como apareció la portada de una revista como afiche en mi dormitorio. Lo curioso que al costado se lucía la Virgen de Guadalupe. Hoy que recuerdo ese dormitorio de mi pubertad, Sarita Montiel goza del prestigio de una santa. Fue su mirada, sus puros y esos enormes pechos que le dieron a mi vida una doble infancia, la de las butacas del Cine Primavera y lo que fuese mi cuna aún aromada por las leches de mi pasado de cínico, un amante del cine.

(Texto del libro “El más vil de los ofidios”, publicado para julio 2013)

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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