Aguas azules / EL BAR DE LOS BEE GEES

Un relato de ELOY JÁUREGUI

roxola

Para Miguelito Burga, el último romántico del Puente Trompeta

Era la cantina más horrenda del planeta. Junto a la puerta lucía orondo y petulante un latón a manera de pizarra de Bidú Kola. Allí se leía: “Menú, Sopa de la Casa, Segundo, pan o té. Un Sol veinte”. No recuerdo precio más miserable, el más barato de la costa del Pacífico. El antro estaba ubicado a tiro de piedra de la todavía ostentosa vía La Colmena (y nada que ver con la de Camilo José Cela) en el Centro de Lima en tiempos del dictador Morales Bermúdez.

Eran siete mesas raquíticas y hediondas, harto aserrín, una galonera de plástico con flores amarillas de ruda, un mozo patizambo y un frontispicio más que barra pestífera atiborradas de Ron Pomalca, Pasteurinas y un Corazón de Jesús desbaratado de pecados. El dueño era un ser obeso e hirsuto de mirada turbia con ‘bivirí’ abaleado, asaz vigilante mortal con las cuentas y el efecto ‘perro muerto’. Los parroquianos llegaban, se sentaban, pedían su menú, comían ensimismados como los perros chuscos, eructaban, lanzaban un colectivos de flatulencias, pagaban hipnotizados y se largaban. Era –ya lo dije—la pocilga más horrenda del planeta.

Sin embargo tenía su lujo: la rockola. Ese fue su visa para quedar en la historia. Su galería de discos estaba dedicada a la música telúrica, una que otra ranchera, dos pasillos y ¡sorpresa!, la más alucinante discografía completísima del grupo angloaustraliano, los Bee Gees. No sé, ni sabré como llegaron hasta allí, salvo que el orgullo ilustrado del propietario huancaíno haya confiscado de algún cliente morosamente angustiado un lote de 45 rpm. Entonces, nosotros formábamos una banda, no musical, no de bandidos, más bien de amigos, poetas o locos o músicos o místicos o al revés que es lo mismo pero distinto, enamorados de las emociones duras, de las ideas ultra fuertes, de la conversa sobre la influencia de Toto Terry en la filosofía postmoderna, admiradores de la película “La pandilla salvaje” del cineasta Sam Pekinpah y de las hazañas del patriarca Carlos Dogny sobre una tabla hawaiana de madera en las playas de Waikiki.

 La fonda pulpería fue descubierta por Miguel Burga, el último romántico del Puente Trompeta y el Valle Sharón. Una tarde de mayo me citó por teléfono. Dijo que era cuestión de vida o muerte. De mi presencia dependía su existencia. Cuando llegué estaba sentado más solo que un sacristán en un desierto y apabullado de sombras junto a la rockola. Lo primero que imaginé era que se le había muerto su cajero –en ese tiempo Burga había instalado el primer establecimiento de comida chatarra en la bahía de Lima–. No, el asunto era más grave, Miguel Burga estaba en trance, nervioso y peripatético. Apenas plantó su mirada desahuciada en la mía, se puso de pie, avanzó hacía la máquina de la música, depositó varias monedas y disparó los discos. Antes de sentarse exigió una ‘res’ de Pomalca rubio con limones y pare de contar. Luego se dejó caer en la silla aplastado por la pasión más punzocortante y contrariada y sólo atinó a balbucear: “escucha”.

Entonces, del aparato salió majestuosa la balada “New York mining disaster 1941”. Eran los Bee Gees ¡Qué cosa! Aquel grupo nacido en 1967, que hasta esa fecha habían vendido más de 100 millones de discos y que ya habían cosechado siete premios Grammy. Y no fue un tema, al contrario, la jornada pasó a ser todo un recital. Luego, Burga dispuso luego una especie de popurrí con: “For whome the bell tolls” y “I started a joke”, dos temas ya famosos. Y yo, seguía preguntándome qué hago aquí, con los tres hermanos Gibb –Barry y los mellizos Maurice y Robin–. Burga sufría de amores ¿Quién no se enamora como un imbécil ilustrado? ¿Quién no, cual fundamentalista del corazón alguna vez en su vida? ¿Y quién era yo para oponerme?

Pero Burga era extremista, un fans fanático. Para esto ya se había acabado el Pomalca y amenazaba el siguiente. Cuando de pronto, el oferente, lucido de pasión pero derrotado amante gritó: “póngame “Our love” o (“Dont throw it all Hawai”, para los caídos del catre”. Cierto, lo dijo en un pésimo inglés, más por las consecuencias de su accidentado paso por el ICPNA que por su mirada de soslayo a la obra de Tolkin o los efectos en su lengua ya atrofiada fruto del maldito ron y el frenillo genético que lo ahorcaba silente.

El Tema lo cantaba Andy, el menor de los Gibb, muerto desde hace una década, a los 32 años, casi por las misma causa, estupidizado por el amor fracturado. Andy, por supuesto, jamás imaginó que en un antro del Centro de Lima, un enamorado sin demarcar y lleno de impases subsistentes, psicólogo del quebranto anunciado, técnico del trastornamiento romántico desdichado, lo escuchaba junto a su amigo, tarareando borracho de celos más que de amor, de valor, en aquel lugar sin límites, a través de esa máquina de los himnos del frenesí de la adoración: la rockola de los Bee Gees. Allí, en su derrota irreversible y en medio del infierno terrenal de aquella infecta cantina hedionda pero apropiada para olvidar, Burga también jamás imaginó que esa máquina que él tanto usó para la ilustre melancolía ahora le servía para su amordio.

Hace unos días visite aquella chingana. Está tapiada. Un vecino me contó que el antro fue clausurado desde aquella vez que encontraron al dueño estrangulado por su propio ‘bivirí’ aferrado a los discos de los Bee Gees con una boleta en su pecho donde se leía: “más que el escorpión, el amor dos veces” y que él la había guardado desde esa vez y que ahora, entre sollozos me la enseñaba. Cuando me retiraba pude observar pintado, en lo que fue la puerta, un corazón con un texto que apenas se distinguía. Pero no había duda, era la letra de Burga. Al contrario, ahí pude leer: “más que el amor, el escorpión, dos veces”.

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Acerca de cangrejo negro

Cronista, poeta y profesor universitario
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